9/7/18

Aprendizaje del ajedrez

Entre los primeros pasos en el aprendizaje del juego de ajedrez, tengo grabado en mi memoria una noche tormentosa en el living de la casa en la que vivíamos con mis padres cuando yo era niño. Mientras el fuego ardía vivamente en la chimenea, jugábamos una partida con mi padre quien hacía poco me había enseñado los rudimentos del juego, y mi madre que tejía plácidamente, estaba sentada junto a nosotros mirando la partida.
Mi padre que era un jugador experimentado realizaba jugadas disparatadas para tratar de incentivar mi interés en el aprendizaje del juego y ponía al rey en desesperados e inútiles peligros, lo que provocaba comentarios graciosos de mi madre. 
 ― Nene, andá a ver por la ventana como está cayendo el granizo ―, me dijo de pronto mi madre. Es ese momento de la partida mi padre había provocado a propósito un error fatal y ella que se divertía enormemente, quiso constatar si yo estaba tan ensimismado en esa jugada definitoria, como para no haber advertido el ruido ensordecedor de la caída de granizo en medio de la tormenta.
― Claro que voy a ver, pero antes quiero darle ¡Jaque mate! a papá ―, le dije a mi madre sonriendo y moviendo implacablemente la dama, mientras observaba como la expresión actoral del rostro de mi padre iba pasando lentamente de la sorpresa a la tristeza.
― No te aflijas, querido ―, le dijo suavemente mi madre, le ganarás al chico en la próxima partida.
Entonces yo alcé vista con mi corazón latiendo de alegría y entusiasmo, y mientras soñaba con ser campeón de ajedrez, fui a ver por la ventana como caía el granizo del cielo en medio de la oscuridad de la noche, sin llegar a sospechar nada y sin comprender en aquel entonces, con mi inocencia infantil, la mirada de complicidad entre mis padres.
Hoy, después de tanto tiempo, esos recuerdos de mis primeras experiencias ajedrecísticas me llenan el alma de nostalgias, porque mis padres y aquella ingenuidad de mi niñez, ya se han ido, como se van las noches con sus sueños.

25/6/18

Enseñando a jugar al ajedrez

Cuando desapareció la humanidad, un robot inteligente construido por los hombres para enseñar a jugar al ajedrez, tenía algunas dificultades para hacer comprender las normas del juego a un ser extraterrestre que lo había encontrado entre las ruinas, porque su carácter era tan apacible y sosegado que lo ponía nervioso.
La humanidad se había autodestruido inmersa en una ambición desmedida que la llevó al caos ecológico y a la guerra nuclear y después de muchos años, una nueva civilización proveniente del universo había ocupado su lugar en la tierra. Por suerte para el robot, el extraterrestre fue comprendiendo poco a poco  la manera de jugar y ésta se fue haciéndo cada vez más positiva y consistente.
Por lo general en los anocheceres practicaban jugando al ajedrez y si bien al robot le parecía que el extraterrestre le ponía poca pasión a su juego, su progreso era lento, pero manifiesto. El robot nunca había imaginado como se podía desarrollar con esa apocada sensibilidad, la coordinación y planificación de las jugadas de manera tan razonable y transparente.
Por fin, una noche el robot se animó a preguntarle al extraterrestre.
― Dime con toda franqueza: ¿Te gusta el ajedrez y la forma en que enseño a jugar? Porque tengo fervientes deseos de poder difundir rápidamente el juego en tu civilización.
La respuesta del extraterrestre fue escueta y sincera.
―  Por supuesto que me gusta el ajedrez y que lo difundas, dado que es un juego agradable y maravilloso. En cuanto a tu forma de enseñar yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que apaciguarte, porque aún tienes impregnado en tu programa un cierto dejo de ansiedad humana.


22/5/18

Aprendiendo a cabalgar

Pensaba que el ambiente estaba bastante fresco y que el día era ideal para cabalgar, mientras sostenía con cuidado a un hermoso caballo blanco para estudiar la forma de poder realizar unos saltos con él. Al principio le había resultado difícil determinar con precisión la forma de encararlos, pero poco a poco, con su mano paciente fue adquiriendo confianza en los movimientos. 
De pronto escuchó a su madre que lo llamaba:
― Nene, terminá de practicar con ese caballo y vení a almorzar ―
Entonces, resignado, dejó el juego de ajedrez en el living  y con una sonrisa pícara, se dirigió trotando al comedor.

21/5/18

El héroe de la batalla

Una mano abrió la tapa y la oscuridad que me rodeaba se llenó nuevamente de luz. Me puse muy contento dado que llevaba mucho tiempo encerrado en esa caja de madera alta y estrecha como un ataúd, donde no podía moverse, ni ver nada. Estaba en una especie de letargo, luego de tantos días llenos de soledad y tristeza.
Los dedos entraron y me depositaron con mucho cuidado con mis acompañantes sobre la mesa vacía donde estaba el tablero y respiré el aire fresco que venía del exterior, mientras me balanceaba levemente encandilado sintiendo el parloteo de los contendientes. La mano me colocó en G1 y allí estaba encantado al lado del alfil blanco del rey, mientras del otro lado, en B1, estaba mi hermano gemelo junto al alfil de la dama.
El hecho de entrar en combate me daba mucha alegría, porque desde el primer momento me iba a jugar el todo por el todo, ya que ambicionaba ser el héroe en esa vibrante lucha que se avecinaba. Y así fue: la mano me movió en primer lugar, incluso antes que los peones y saltando por sobre ellos me colocó en mi nuevo sitio. Estaba muy orgulloso, pero al mismo tiempo sentía algún temor al ver en las filas de enfrente, allá a lo lejos, a todos aquellos peones negros amenazantes. Estaba ubicado casi en el centro del tablero.
Si bien era solo un simple caballo blanco de plástico, con la cabeza ligeramente alzada y un pelambre denso echado hacia atrás como acariciado por el viento, sentía que mi apariencia era señorial. Sabía que estaba en peligro mi vida en el tablero y por varios frentes, pero no me importaba demasiado, porque quería sobresalir dando todo de mí para hacer triunfar al ejército blanco y levantaba la cabeza como uno de esos corceles de las esculturas de los próceres, que exponen el cuello al enemigo, librando enfurecidos la batalla.
Las manos movían todas las piezas, de modo que rápidamente me encontré rodeado de figuras negras. Un peón se me puso delante desde el principio y pasé mucha zozobra en determinado momento de la lucha, al ser amenazado por uno de los alfiles negros. Luego de un tiempo, el peligro se hizo aún mayor.
La mano arriesgaba mucho y en un salto prodigioso me acercó al rey negro, exponiéndome a situaciones críticas en más de una ocasión y fue por pura suerte que el enemigo no me eliminara, prefiriendo cambiar uno de los alfiles negros por mi hermano gemelo. Entonces, observé como tristemente mi hermano que era tanto o más valiente que yo, luego de debatirse con todo coraje en el entrevero, murió en su ley, llevándose consigo al alfil negro fuera del tablero.
En un momento de la batalla la mano me desplazó hacia una línea lateral, casi cayéndose del tablero y esa inactividad me hizo sufrir un repentino estado de abatimiento y depresión. Pensaba que allí debería pasar el tiempo sin actuar y rumiaba en silencio mi angustia, mientras que mi espíritu se iba llenando de serenidades grises, como las de un paisaje de otoño. En esa paz que me encontraba sin que nada turbara mi calma, el sueño comenzó a invadirme y algo somnoliento me detuve a reflexionar.
¿No me atacaban porque me temían realmente los contrarios? O tal vez, pensaban que era un ser irrelevante que había estado danzando cómicamente sobre los cuadrados del tablero y me dejaban tranquilo porque consideraban que no tenía ningún valor en esa lucha.
De pronto, sin saber si había tenido un dormir o un despertar verdadero, me sentí amenazado y eso me puso eufórico, porque significaba que valía y que debía seguir luchando. Pero cuando advertí que me atacaba desde el borde del tablero sólo ese estúpido e insignificante peón negro, displicentemente lo esquivé con orgullo y arrogancia, saltando prestamente sobre él.
A veces, cuando luchaba contra piezas más importantes como la torre o la dama, me había sentido algo pequeño. Pero ahora, en el caso que me atacaran no me intimidaría, porque ambicionaba fervientemente eliminar a alguna de ellas, aunque tenía conciencia que eso solo ocurría en muy contadas ocasiones. Analicé mi figura y me dí cuenta que por lo menos estaba intacto y la verdad era que prefería ser un caballo entero y reluciente, no como ese minúsculo peón negro que me había amenazado y avanzado bastante por la columna lateral, que encima tenía el cuello algo mellado.
Observé toda la posición y noté numerosos e intrincados senderos y sentía la necesidad de saltar como un torrente sobre las huestes enemigas. Habían quedado ya pocas piezas y el rey contrario fue obligado a salir a pasear por el centro del tablero, ante una batería de jaques de la dama y torre blanca. Entonces, mi mirada advirtió en la primera línea, en B1, algo lejos del lugar que me encontraba y donde al principio había estado mi querido hermano, a la dama negra que había intentado temerariamente atacar a mi rey.
Esa dama ejercía sobre mí casi una fascinación y fue en el momento que noté que podría acercarse rápidamente, cuando sentí que se produciría en mi vida ese acontecimiento de grandeza que tanto ambicionaba. No era para menos, allí donde me encontraba, saltando con precisión y jaqueando al rey negro andariego, amenazaría a la vez a la dama.
Estaba pletórico de alegría, porque sólo de vez en cuando podría tener una sensación de triunfo como esa y todavía no podía creer que pudiera llegar a lograrlo. La mano me alzó con dos de sus dedos a su alrededor y en el aire apoyó sobre mi cabeza otro dedo con el que me daba pequeños golpecitos rítmicos.
Mientras mi sombra se movía sobre el tablero, me sentía envuelto en algo mágico y misterioso viendo las piezas desde arriba, sobre aquellos cuadros de madera alternados en claros y oscuros. Con la gracia que tenía aquella mano y lo reluciente y libre que se veía toda la primera línea.
―¿Por qué no me deslizaba de un lado a otro un par de veces para que todos me vieran mejor? ― ¿Por qué no me hacia bailar en el aire para celebrar la victoria? ― ¿Qué esperaba? ―. Cuando aquellos tres dedos me abrazaron por completo, percibí en todo mi cuerpo unas vibraciones acompañadas con una risa extraña y luego escuché esas conmovedoras palabras que me alegraron el alma ― ¡Jaque doble al rey y la dama! ―.
El contrario ni siquiera contestó y permaneció callado mientras movía el rey negro. Luego me sentí feliz cuando con movimientos a la par saltarines y furtivos, la mano me deslizó hacia el lugar que ocupaba la dama negra y luego de alzarla y depositarla entre las piezas comidas, me hizo descender y me deslizó al casillero B1, que ella antes ocupaba. Había alcanzado toda la gloria y paladeaba el sabor del triunfo.
―¡Me sentía como el gran hacedor de la victoria! ― ¡El héroe de la batalla! ―.
Pero ocurrió algo que ni por casualidad había previsto, porque allí en A2 estaba ese mellado peón negro bajo e insignificante que no valía gran cosa y que yo no le había dado ninguna importancia. Al descubrirlo en ese punto de avanzada, traté de perseguir en mi memoria la luz del discernimiento, pero cuando la hacía subir a la superficie, se apagaba justo en el momento que se iba a convertir en comprensión. No lograba dominar mis ideas, todo se disolvía en medio de mi máxima angustia. ―¿Acaso habría de morir tan tontamente en las manos de ese peón? ―.

Sólo temblor y palpitación fue mi propia respuesta. Realmente no hubo ninguna lucha y de inmediato estuve liquidado. Aquel peón fue mi final y lo que me quedó era solo amargura, mientras la mano del contrario me alzó y fui a parar en el último lugar de la hilera de piezas comidas.
Así como a veces se sumerge la cabeza en el pecho para reflexionar, comprendí que con su espíritu lleno de ansias de triunfo y signado por ambiciones de grandeza, había despreciado el inmenso valor que puede emanar de la propia humildad. Todo aquello había sido un error y allí me percaté que yo no le había dado la importancia que realmente merecía ese peón aparentemente intrascendente.
La mano del contrario me dejó y se alejó raudamente en dirección al tablero para retirar con gran cariño y delicadeza el cuerpo moribundo de aquel peón negro, que había ofrendado su vida para hacer resucitar a la dama negra, que en última instancia le dio el triunfo al ejército enemigo.
La realidad fue que el héroe de la batalla no había sido otro que aquel triste y humilde peón que yo tanto había subestimado y despreciado. ―¡Que cosas extrañas pero a la vez maravillosas tiene la vida! ―, pensaba con tristeza, mientras la mano lentamente me encerraba nuevamente en esa caja de madera alta y estrecha como un ataúd, donde me esperaban largos días de reminiscencia llenos de oscuridad y silencio.










Publicado en libro: Inquietudes Literarias.
Editorial Alsina. Buenos Aires. 2011.

7/4/18

AJEDREZ (poesías haikus)

Ajedrez vive
las grandes aventuras
de nuestra mente.

Un Dios provisto
de mágica sublime
quiso crearlo.

En el tablero
suena una melodía
y es la partida.

Las estrategias
y tácticas del juego
son su belleza.

Es nuestra vida
un ajedrez que juega
con el destino.

Como sus piezas 
al final de la vida
vamos a caja.

23/9/17

Recuperarse del otoño

Mirando abstraído las hojas caídas en el parque, el abuelo piensa que también para él llegó el otoño de su vida; ya no soporta el frío y el viento y se cansa al caminar. Recuerda que le han salido más canas y arrugas en la cara y tiene un color mustio en la piel. Imagina tratando por todos los medios de escapar con su mente de esa tristeza que lo envuelve, que sería muy lindo poder rejuvenecer cuando vuelva la primavera, como lo hacen los árboles en la naturaleza con sus nuevas ramas, hojas y flores. ¡Que bajón tiene el abuelo! Su pequeño nieto le acaba de dar mate jugando al ajedrez en un banco del parque.

15/7/17

Devolución y cambio

Estaba tratando de comprarle un regalo a mi pequeño hijo y entré en una juguetería en una galería comercial del centro.
― Hola, estoy buscando algo para un chico de seis años ―,  le dije a la vendedora.
― Ah, muy bien. Aquí tiene un pequeño dinosaurio que está promocionado en la televisión y que se vende mucho. Se desplaza en forma remota profiriendo unos alaridos y es para un chico de hasta siete años de edad.
―  Está bien lo llevo ―, le dije.
― Mire que necesita pilas para el comando y ellas no vienen incluidas ―, me aclaró la vendedora.
― De acuerdo, colóquelas que las llevo.
― Escuche como suena ―,  me dijo la vendedora luego de instalar las pilas.
― Está bien, pero apáguelo por favor que me aturde ―, le contesté.
―Si tiene algún problema dentro de la semana se lo cambiamos trayendo la factura de compra, me dijo finalmente.
Al salir, pensé que el nene haría tanto ruido jugando con el dinosaurio en el departamento que no sólo me molestaría a mí, sino también a los vecinos y entonces decidí retornar a la juguetería.
Hoy mi hijito y yo nos estamos divirtiendo con un hermoso juego de ajedrez que si bien no está promocionado por la televisión, no consume pilas y no produce ese ruido espantoso. Con mucha paciencia le he enseñado a jugar y es muy agradable observar como comienza a avanzar rápidamente en el conocimiento de ese apasionante e instructivo juego.


13/6/17

El ajedrez de la vida

Son pocas las piezas de dos colores
que están en el tablero despoblado.
Quedan un rey postrero en cada lado
torres y unos peones agresores.

Sufriendo los jaques acosadores
al final un rey triunfa alborozado.
Mas por la lucha que ha desarrollado
son muy breves momentos seductores.

También en el devenir de los días,
los hombres son felices al vencer
en sus claras y oscuras biografías.

Pero igual que el rey deben padecer,
y al fin de sus vidas las alegrías
son sólo instantes del acontecer. 










Finalista I Concurso Sonetos Rafael Alberti.
Incluido en el libro  Hikus y Sonetos XI.
Letras como Espada. España. Junio 2017.

11/6/17

Ajedrez y magia negra

Cuanto más jugaba al ajedrez, menos lo comprendía. El jugador había perdido ya dos veces en el torneo del club y con seguridad en la partida de mañana quedaría eliminado. Entonces pensó que sólo un conjuro mágico podría salvarlo. Siempre se había interesado por la magia negra y en un viejo libro había encontrado instrucciones para llamar a Lucifer y someterlo a su voluntad. Nunca había probado y decidió que aquel era el momento oportuno.
Era muy sencillo, pero primero debía ponerse a cubierto dibujando un tablero de ajedrez en el piso, para que cuando llegara Lucifer no pudiera hacerle ningún daño y entonces le podría pedir lo que deseaba, sin que éste pudiera oponerse.­
Para ello, despejó la habitación retirando las mesas y sillas contra las paredes y luego con una tiza blanca dibujó sobre el suelo oscuro, el tablero protector. Después de pararse sobre él y pronunciar las palabras mágicas de encantamiento, vio ante su completa sorpresa, como se fue corporizando lentamente la figura del ángel malo Lucifer, iluminado por las llamas. 
 ― Siempre he sido un inútil jugando al ajedrez y quiero que me hagas ganar la partida de mañana ―, le dijo a Lucifer apenas se paró en el tablero frente a él.
― ¡Y justo a mi me lo vienes a pedir. Quedaste atrapado en tu propio conjuro! ―, le replicó Lucifer riendo sarcásticamente, mientras se lo llevaba volando hacia el infierno.
Sucedió que no había funcionado la protección del tablero que el jugador había dibujado en el piso, porque erróneamente lo había confeccionado en base a una casilla negra en lugar de una blanca en el borde inferior derecho.


2/2/17

La primera partida de ajedrez

En un país muy lejano había un gran valle rodeado de montañas. En la cima de una de ellas había un castillo de color blanco y en la opuesta había otro de color negro. Cada uno de los castillos con sus torres, albergaba al rey con su reina y obispos, los que disponían de peones y caballos para realizar las tareas domésticas. La piel de los habitantes eran del mismo color de los castillos y vivían completamente aislados y separados entre ellos.
Sin embargo, las tensiones habían crecido en los últimos años por el usufructo de los espacios del valle que vinculaban a ambos castillos, en los que comenzaron a delimitarse zonas de posesión exclusivas, pintándolas de color blanco o negro según los casos, hasta que llegó un momento en que la tensión llegó al máximo y la confrontación se hizo inevitable.
Por tal motivo, los reyes crearon sus propios ejércitos, convirtiendo a los peones en valientes soldados que no debían retroceder nunca y adiestrando a los caballos para saltar sobre los obstáculos que se le presentaran. Finalmente se inició la batalla en ese valle de color blanco y negro, sobre el que se jugaba el destino de los habitantes de ambos castillos. 
Esa confrontación disgustó a Dios y al ver desde el cielo aquel espectáculo, con su inspiración divina creó el juego de ajedrez para resolver el problema. Luego llamó a ambos reyes, les pidió que suspendieran la disputa y enseñándoles las reglas del juego, les propuso dirimir el diferendo en una partida para evitar el derramamiento de sangre, pero si empataban deberían comprometerse a llegar a un arreglo y firmar la paz. Ambos reyes aceptaron la propuesta, y le pidieron un plazo de treinta días para prepararse en el estudio del juego.
De esa manera, luego de una intensa práctica, al concluir el plazo establecido, en aquel país lejano se disputó la primera partida de ajedrez de la historia de la humanidad. Por primera vez sobre un pequeño tablero blanco y negro, resplandecieron las piezas que representaban a los contendientes y las jugadas  realizadas por los reyes de los respectivos castillos creaban hermosas combinaciones.
Sin embargo, Dios intervino sutilmente en la mente de los reyes, ayudando con su infinita inteligencia a uno y otro en la contienda, de modo que se fueran diluyendo las posiciones ganadoras, hasta que finalmente quedaron en el tablero sólo las figuras de los reyes en completa igualdad.  De ese modo, la primera partida de ajedrez disputada en el mundo fue tablas.
Entonces, los reyes cumplieron su palabra y decidieron firmar un pacto de paz y amistad para siempre, repartiendo el valle en partes iguales y desde entonces los reinos blancos y negros viven felices en sus respectivos castillos.
Y desde aquel día en que Dios creó el juego de ajedrez, en una trama de tiempo sublime e inmortal, los hombres pueden disfrutar de una confrontación en paz, envueltos en el goce estético de un errante laberinto de sutiles y hermosas combinaciones.

5/10/16

El clásico de los domingos

Cuando yo era muy pequeño, mi padre me regaló un hermoso juego de ajedrez de madera, me enseño sus reglas y desde entonces juego intensamente con él. Yo que era el chico único de la familia, esperaba ansioso que llegara mi padre a nuestra humilde casa después del trabajo, con el tablero y las piezas emplazadas sobre la mesa del comedor.
― ¿Jugamos una partida, papá? ―, le preguntaba cuando llegaba. Mi padre siempre accedía con una sonrisa, aunque algunas veces estaba bastante cansado porque trabajaba de yesero en la construcción de edificios. Entonces nos poníamos a practicarlo antes de la cena preparada por mi madre. Casi siempre empatábamos, porque mi padre me permitía corregir los errores y volvíamos atrás las jugadas, que era una forma que tenía de enseñarme.
Ya en mi juventud las partidas eran más esporádicas, pero se hicieron muy intensas y peleadas y mi padre no me perdonaba. Yo me ponía muy triste porque siempre me ganaba, y entonces conseguí en una biblioteca unos libros de ajedrez con los que estudié algunas aperturas y un poco del  medio juego. Con esos nuevos conocimientos ajedrecísticos pude emparejar bastante los resultados, dado que muchas veces me permitía quedar con alguna ventaja en los finales, donde mi padre era un experto, aunque nunca se había preocupado de estudiar absolutamente nada de este juego.
Con el pasar del tiempo la lucha se fue haciendo sumamente pareja y cada vez más reñida. Luego de muchos sacrificios en la vida pude recibirme de ingeniero, me casé y me independicé de mis padres que tanto me ayudaron en mi juventud, pero siempre nos reuníamos los domingos al mediodía en la vieja casa para almorzar. La familia se mantuvo pequeña dado que lamentablemente no pudimos tener hijos y por las tardes mientras mi esposa y mi madre departían todo el tiempo conversando sobre sus cosas, la partida de ajedrez con mi padre comenzó a constituir el clásico de los domingos.
Fueron muchos los años en que se extendió ese ritual, hasta que todo terminó abruptamente cuando falleció mi madre. Al quedar sólo, mi padre fue perdiendo lentamente la memoria afectado por la enfermedad de Alzheimer y ya cumplidos los setenta años tuvimos que internarlo en un geriátrico especializado, donde el domingo era el día de visita.
En ese establecimiento mi padre no hablaba ni se acordaba prácticamente de nada y cuando al primer domingo lo fuimos a visitar con mi esposa, casi no nos reconoció. Entonces se me ocurrió al domingo siguiente llevar aquel viejo juego de ajedrez de madera que me había regalado de niño y sobre el cual habíamos realizado tantas partidas. Al llegar puse el tablero y las piezas sobre la mesa y cuando mi padre lo vio ocurrió un milagro, ante  el asombro general de todos los que allí estábamos. Su mente pareció resurgir de las tinieblas, me sonrió  y me dijo como en aquellos tiempos de mi niñez:
― ¿Así que me estabas esperando, nene? Bueno, juguemos una partida ante de cenar ―.
Entonces nos sentamos a jugar y ante mi sorpresa, durante la partida me habló coherentemente de las alternativas del juego. Yo traté de jugar lealmente, desplegando toda mi estrategia como siempre lo había hecho en mi vida y en un momento dado, estaba convencido que me encontraba en una posición superior y me surgió la duda de si sería conveniente ganarle, pensando si ello podría afectar su estado mental.
  —Te toca a vos papá y dale que tus finales hoy no te salvan—, le comenté sonriendo al realizar la última jugada, aunque en mi interior estaba bastante preocupado. Mientras tanto, el viejo analizaba muy serio y callado la posición en el tablero.
— No te ilusiones que esta partida está llegando a su fin, ¡Jaque! — me dijo repentinamente, con un destello en la mirada, mientras me comía un peón sacrificando la torre.
Ante esta inusitada jugada quedé completamente sorprendido y no le respondí,  porque al analizar la posición comprendí que tenía razón y cuando le comí la torre, tras unos minutos de silencio, mi padre me anunció las próximas movidas con una sonrisa socarrona:
— Ahora alfil jaque y cuando vayas con el rey a tu única casilla, con el caballo te doy jaque doble y te como la dama—, me dijo con total seguridad.
— ¿Quieres volver atrás tu jugada de toma de torre? ―, me preguntó luego, como siempre lo hacía en los tiempos de mi niñez.
— Abandono porque igual tendrías una ventaja decisiva —, le contesté con mi corazón palpitando de alegría, pero tratando de aparentar en mi rostro un estado de completa resignación y pena, como en aquellos viejos tiempos cuando perdía con él. Al concluir la partida, luego de despedirme con un beso, mi padre volvió a guarecerse en las sombras de su mente.
Desde ese día recomenzamos nuevamente el clásico de los domingos, y como un hecho inexplicable para la ciencia médica, sucedió que mi padre juega ahora mucho mejor que antes y su mente que se despierta en los instantes de las partidas, elabora jugadas maravillosas. Y aunque parezca mentira, me ha ganado hasta este momento todas las partidas que hemos jugado, por más empeño que yo he puesto en el desarrollo del juego. Pero ya no me pongo triste por el hecho de perder con mi padre como en mi juventud, por el contrario, me siento muy feliz y deseo que sean eternos esos clásicos de ajedrez de los domingos, que mágicamente hacen resucitar su mente de las penumbras en la que se halla sumergida.


Seleccionado III Concurso de Relatos cortos sobre Alzhéimer.
Incluido en el libro: En un rincón de la Memoria.
AFAGA Alzhéimer. Pontevedra, Galicia. España. Junio 2017