23/9/16

El gitano

Aprovechando un intervalo en la reunión que estaba presidiendo, me levanté de la mesa y me dirigí hacia la ventana de ese gran salón de reuniones. Allí me quedé parado entre sus cortinas, observando las imágenes del hermoso parque que había en el fondo del predio de ese Club Polideportivo de mi pueblo, que me acompañaban con su mágico magnetismo.
Mientras ya en el ocaso el sol lo iluminaba con sus últimos rayos, distinguía los variables colores de las hojas de los árboles de eucaliptos, que permanecían allí con las huellas imborrables del paso del tiempo. Ellos siempre se conectaban conmigo desde hacía ya mucho tiempo y establecían un diálogo del que no podía mantenerme al margen, dado que eran una de las piezas esenciales de mi pasado. El viejo parque de eucaliptos constituía actualmente un espacio destinado al ocio, al juego de los niños y a la recreación familiar  de los socios del Club.
Mientras miraba el espectáculo de la caída del sol, escuchaba hablar a los demás integrantes de la Comisión Directiva que permanecían sentados en la mesa ubicada en el centro del salón, donde nos habíamos reunido esa tarde para sesionar. Mientras tanto, yo me dejaba llevar frente a la ventana, en un viaje hacia un ayer donde estaban la respuesta a esas preguntas que ellos se estaban formulando en esos momentos.
Algunos viejos dirigentes se acordaban del Gitano y no podían dejar de preguntarse dónde estaría ahora aquel brillante jugador de ajedrez que habían conocido hacía bastante tiempo. Mientras en ese paréntesis de la reunión departían y tomaban café acompañado con algunas copitas de Jerez, recordaban que ya hacía casi veinte años que ese personaje se había esfumado de repente del pueblo sin volver a dar señales de vida.
Afirmaban, tal como se rumoreó durante algunos meses en aquel tiempo, que el Gitano que era un hombre muy apuesto, había abandonado a su mujer y a sus dos niños pequeños, fugándose con una hermosa mujer de la Capital. Al escuchar aquello, el Tesorero del Club que en aquel entonces había sido muy amigo del Gitano, dijo que éste amaba demasiado a su familia como para renunciar a ella seducido por cualquier aventurera, por más hermosa que fuera, y que alguna misteriosa desgracia debió haberle acontecido.
Fue allí que terció en la charla el Secretario del Club quien rememoró la maestría que tenía el Gitano en el juego del ajedrez y dijo que había sido por lejos el mejor ajedrecista que había pasado por el Club, ganando brillantemente todos los torneos que se habían organizado en aquellos años. Entonces, el Comisario del pueblo que estaba entre los presentes y que era el vocal primero de la reunión, envalentonado con varias copitas de más, aseguró que hablaría con el Juez de turno, para ver si era factible reabrir el expediente de su desaparición.
― Ahora, con los buscadores de Internet, Facebook, el GPS, los satélites y todos esos nuevos avances de las comunicaciones, a lo mejor podemos localizar su paradero ―, dijo con mucho entusiasmo.
Mientras los demás seguían hablando del Gitano, yo que era el Presidente del Club, recordaba que nunca había podido soportar las colosales palizas que me propinaba al ajedrez, ni la tremenda vergüenza y humillación que había sentido ante todos, cuando sonriendo me ofreció darme un caballo de ventaja en la partida final que debíamos disputar para definir el campeonato de Ajedrez del Club. Parado ahora frente a la ventana, no podía dejar de mirar el lugar de aquel pozo que había hecho entre los árboles de eucaliptos, donde hacía ya mucho tiempo se había podrido su maldito cuerpo.

30/7/16

Una lucha encarnizada

Asomaban los claroscuros en el horizonte cuando en ese atardecer alguien me sacó a la fuerza de mi aposento y luego me reclutó como soldado raso para combatir en una guerra declarada contra el ejército adversario. Ya al iniciarse las acciones, uno de nuestros infantes fue ultimado al trenzarse valientemente en una lucha cuerpo a cuerpo, cuando fue descubierto al tratar de realizar una acción táctica para filtrarse entre las huestes enemigas.
Mientras avanzábamos con mis compañeros por uno de los flancos, escuchábamos el trote de la caballería y varios de los nuestros cayeron abatidos al ser sorprendidos después de muchas vicisitudes y estrategias del combate. A mi alrededor la refriega se hizo encarnizada y al llegar el anochecer, en un momento dado comprendí aterrorizado que había quedado solo en medio de las escaramuzas. En poco tiempo los soldados adversarios al descubrirme cargaron sobre mí y tras una breve lucha, alguien me sacó del lugar alzándome por el aire, después que asestaran la estocada final a mi existencia.
Y fue desde allí arriba cuando sentí mucha indignación después de tanto pelear como un bravío peón de nuestro ejército, al observar en ese instante a nuestro cobarde rey, que buscaba esconderse en el tablero detrás de una torre, suplicando a su dama que por favor lo defienda de los jaques amenazadores que se cernían sobre su vida.

28/7/16

La dama traviesa

La llegada del buen tiempo va derritiendo la nieve del jardín de la planta baja, y poco a poco van apareciendo las cosas que ha ido sepultando a lo largo de todo este tormentoso invierno. La semana pasada apareció en el buzón un libro de ajedrez que había comprado por Internet y me lo habían enviado por correo. Ayer vio el sol la dama blanca que se me cayó de la mesa cuando luego de analizar una partida en el tablero de ajedrez, estuve guardando las piezas en su caja de madera. La dama traviesa se fue rodando hacia la puerta de entrada y cuando ya la estaba por alcanzar con mi mano derecha, una ráfaga de viento abrió la puerta y me caí resbalando sobre el hielo de la escalera de acceso en plena tormenta de nieve. Si sigue este buen tiempo, la semana que viene seguramente descubrirán mi cuerpo, junto a la caja de madera firmemente aferrada a mi mano izquierda.

17/7/16

La esquiva dama negra

Cuando abrió la caja conteniendo las piezas para disputar la partida de esa noche y las fue ubicando en el tablero, no estaba a la dama negra, entonces sonrió, la tomó del bolsillo de su saco y la colocó en su lugar. Era el mismo juego de ajedrez con el que había disputado la partida la noche anterior, en el torneo que estaba disputando en el club.
Justamente ayer se había celebrado el día de San Valentín y un amor esquivo de su vida había impregnado su espíritu durante toda la partida. Esa  noche con las piezas blancas, ansió desesperadamente capturar a esa hermosa dama negra de madera, que aparecía ante sus ojos como su pretendida, tan distante y temerosa de enamorarse de un hombre blanco.
Luego de una lucha tenaz, finalmente logró su objetivo, pero cuando estaba gozando de la apetecible toma de esa esquiva dama con su caballo, escuchó el grito repentino de “¡jaque mate!” de su rival, que le paralizó el corazón. Y entonces, luego de saludar a su rival, guardó subrepticiamente la pieza en el bolsillo de su saco, porque quería que su esquiva dama negra, lo acompañara en su solitaria noche de los enamorados.
Y fue allí, cuando al darse vuelta sucedió el milagro de San Valentín, al encontrase mágicamente con los verdes ojos de ella que lo estaban mirando con un resplandor divino.


18/9/15

Sentimientos contradictorios

El ex maestro de ajedrez estaba atormentado. Hacía algún tiempo que había tomado la decisión de retirarse de toda actividad ajedrecística, luego del disgusto e irritación que le produjo haber perdido aquel mach final definitorio por el título de campeón de su país. Pero luego, no podía sepultar en su mente esta decisión y ello le había llevado incontables lágrimas, penas, remordimientos y muchos otros sentimientos contradictorios en la soledad de su vida.
Ese día al levantarse, la cara en el espejo le devolvía una imagen lamentable. La enjuagó varias veces con agua fría tratando de disipar las huellas del insomnio permanente que sufría en las noches. Recién se durmió en la madrugada y cuando la mañana había avanzado, no había escuchado el reloj despertador.
- “Voy a llegar tarde al la oficina”- reflexionó, sabiendo que no era la primera vez, ni sería la última. Realmente no le importaba. Había renunciado a su trabajo como profesor en una escuela de ajedrez del municipio donde era muy apreciado y se había empleado en esa oficina donde realizaba un trabajo rutinario, que si bien le proporcionaba un más cómodo subsistir económico, lo veía ahora como una trampa donde se encontraba prisionero.
Se vistió con desgano y echó un último vistazo a la imagen que se reflejaba en el espejo del ropero. Era un hombre alto y delgado,  rondando los cincuenta, de cabello negro poblado de algunas canas, de rostro reflexivo y mirada sombría. Cerró la puerta del armario y desde el dormitorio se dirigió hacia el balcón de su departamento. Permaneció inmóvil por un momento, observando, tratando de postergar lo más posible su salida. Allá abajo, en la calle, cientos de personas circulaban por la gran ciudad apuradas e indiferentes tratando de llegar a sus respectivos lugares de labor. No podía dejar de pensar que tras cada uno de ellos se escondería alguna quimera como la de él. Un largo suspiro puso fin a sus cavilaciones.
Sus ojos vagaron por última vez sobre el paisaje urbano antes de dirigirse hacia la puerta de salida. Con aquella desesperada decisión de abandonar para siempre el ajedrez, que había tomado luego de haber perdido el mach en aquella noche aciaga, algo se había quebrado en su interior. Se le había apagado en su alma el fuego sagrado, la llama votiva de su vida. El motor que lo movilizaba había dejado de funcionar y ahora no era más que un ser que escondía el vacío que había dentro de él.
Salió a la calle para enfrentar la nueva jornada cargando una pesada mochila sobre sus espaldas, con el utópico propósito de reencontrar sus ganas de vivir. Nunca pensó que la vida por delante podía ser un largo tormento después de ver sus ilusiones hechas añicos, esparcidas sobre las piezas de aquel tablero, en aquella partida definitoria. Estaba tan exasperado y enojado consigo mismo, que había decidido retirarse para siempre, sin pensar que tal vez en el futuro esa herida producida en su alma terminara finalmente por sanar.
Por momentos, ansiaba ser capaz de volver a pisar un salón de ajedrez y jugar una nueva partida sin que se le anudara la garganta cuando esos recuerdos acudieran a su memoria. No sabía cómo hacer para contenerse cuando recordaba aquellas vivencias placenteras en la enseñanza de los chicos, trabajando como profesor de ajedrez. Sin embargo, las jugadas y posiciones de aquel mach fatídico siempre resurgían en su mente, rescatando oportunidades perdidas, encendiendo fuegos apagados y reabriendo heridas cerradas, pero que no habían sido del todo cauterizadas.
Su mente siempre lo llevaba a los empujones por esa marea de angustia que lo dominaba, impidiéndole tomar un respiro, para  poder orientar el timón hacia el rumbo correcto de su vida. Se hallaba atado a ese pasado de tal modo, que estaba virtualmente impedido de vivir su presente y mirar hacia el futuro, indefenso e inmerso en una oleada de ansiosas emociones contradictorias en su mente.
Entonces, en el camino por las calles de la ciudad al dirigirse hacia la oficina, se dijo con firmeza que no podía continuar de esa manera y debía hacer algo de una vez por todas. El futuro de su vida estaba en juego. Debía dejar de ser esa persona taciturna y reconcentrada en la que se había convertido, para volver a estar en paz consigo mismo. Lo que había quedado atrás ya había pasado y no podía estar sometido a una revisión constante de sus errores. No podía dejar que lo invadiera siempre la nostalgia como una niebla adormecedora que lo llevaba hacia la muerte emocional.
Con ese pensamiento, al llegar a la oficina se dirigió a su escritorio donde reposaba la computadora, buscó una página de ajedrez en la Web y luego comenzó a teclear con determinación. Tomar esa decisión le había llevado tan sólo unos breves instantes y el pensamiento de sentirse liberado tan rápidamente de esa opresión malsana le arrancó una sonrisa. Cuando retiró las manos del teclado había recuperado su cordura y luego exhalando un suspiro de alivio, se dirigió resueltamente a la oficina del Gerente de la Compañía.
Al otro día, ante la alegría de los aficionados, los medios de comunicación informaron que el ex maestro había decidido retomar su cargo de profesor de ajedrez en la escuela municipal y su retorno a la práctica profesional, inscribiéndose en el torneo clasificatorio para el nuevo campeonato del ajedrez de su país.












Versión ilustrada por Frank Mayer. España. Octubre 2015


8/8/15

La tarjeta postal

A fines del siglo pasado estaba disputando la partida definitoria de un torneo internacional de ajedrez por correspondencia, con un rival de un país vecino. En aquella época, los movimientos de las partidas, eran comunicados mediante una tarjeta postal diseñada especialmente para ello, estipulándose el tiempo de juego en días por jugada realizada.
En esa modalidad ajedrecística, yo podía analizar cada movimiento sin la presencia de mi contrario esperando que juegue, sin el agobiante tic-tac del reloj y en la completa tranquilidad de mi hogar. De esa manera, podía contar con un registro de las ideas o variantes y consultar libros u otros materiales escritos. En esa época no existían los ordenadores. Lógicamente, la duración de las partidas se extendía notablemente en el tiempo y esa contienda ya casi llevaba un año.
Estaba definiendo la última partida del torneo donde empatábamos el primer puesto, luego de una ardua lucha con los otros rivales. Se había desarrollado una disputa larga y encarnizada, pero ya estábamos en la fase final. Con negras a la salida natural del peón rey de mi adversario respondí con igual respuesta y a la jugada natural de salida del caballo del rey a tres alfil, contesté con una jugada similar. De esa forma, entré en una defensa Petroff del cual era un experto y contaba con muchísima bibliografía y el antecedente de una cantidad enorme de partidas realizadas en torneos donde se había empleado esa variante.
Luego de la apertura había efectuado una rápida movilización de mis fuerzas y una correcta disposición de los peones, a fin de conquistar el centro del tablero. La lucha en el medio juego fue intensa, no exenta de belleza con maniobras ingeniosas e inteligentes y ahora habíamos entrado en un final muy complejo. La jugada que debía realizar me llevaría bastante tiempo de análisis, porque intuía que podía ser la que definiera esa partida trascendental. 
La búsqueda de las variantes adecuadas, me hacían desvariar y encontrarme ausente del mundo que me rodeaba. Sentía una opresiva y tortuosa sensación, y no podía evitar la impresión de ser perseguido por una infinidad de fantasmas invisibles que incansablemente me rondaban, acechaban y perturbaban sin darme tregua. Esa posición aparecía en mi mente en cualquier parte, en cualquier momento, en las noches, mientras estaba en la oficina o cuando hacía las cosas de todos los días. 
–“¿Me estaré volviendo loco?”-, me preguntaba. Después de todo, la locura debía ser algo parecido, porque mi mente vagaba libre, inalcanzable, lejos de las limitadas fronteras de lo material, tratando denodadamente de hallar la contestación exacta de esa partida. Mas la jugada salvadora no aparecía y el fin del día estipulado para hacerla ya estaba por vencer.
Pero en ese anochecer, cuando estaba sentado en el ómnibus para retornar a mi casa desde la oficina, un relámpago estalló dentro de mi cabeza y la certeza de lo que debía hacer me sacudió con vigor, despertándome de ese estado en que permanentemente me encontraba. Era mi última oportunidad.
Cuando  llegué a mi casa corrí desesperado a mi habitación y me paré frente al escritorio sobre el cual estaba el  juego de ajedrez. Arrimé la silla y me senté. Ubiqué las piezas con manos temblorosas en la posición de la partida y esperé en una intensa súplica, con mis dedos reposando sobre el expectante tablero. La jugada decisiva aparecía allí frente a mi vista y ya al hacerla quedé inmóvil y agotado.
Un creciente cosquilleo me anunciaba que la incontenible marea se estaba aproximando. Lentamente primero, desenfrenadamente después, las numerosas combinaciones se desarrollaron sobre el tablero  Las sombras chinescas de las piezas se proyectaban en una danza sin fin, brotando alternativas y variantes que habían estado ocultas y que fueron cobrando vida, escapándose del oscuro encierro de mi mente. Me parecía una eternidad el tiempo que había luchado por conseguir esa ansiada respuesta. Pero el momento tan esperado había llegado por fin.
Aparté las manos del tablero y me sequé la frente húmeda. Sentía un alivio indescriptible, porque había logrado la respuesta  perfecta a esa posición tan compleja. Decidí entonces volver a estudiar la jugada con gran cuidado, para ver si había tenido en cuenta el más mínimo detalle. Empecé a repasar todo una y otra vez, y en un momento dado estaba tan eufórico, que sentía como si esos análisis fuesen conducidos por la mano invisible del mismo Capablanca. Comprendí finalmente que había logrado con esa jugada, un final muy promisorio y prometedor.
Luego de enviar la tarjeta postal, la espera de mi adversario comenzó a carcomerme el alma, porque el tiempo siempre fue para mí una obsesión desde muy pequeño. Había tratado de olvidar la partida, pensando en otras cosas o sumergiéndome en el trabajo rutinario de la oficina, pero no lo había conseguido. Me preguntaba que pensaría mi rival de esa jugada, que significado tendría para él y que emociones pasarían por su espíritu, cuando transitara silenciosamente el estudio de la respuesta signada en mi tarjeta postal.
En la soledad de mi vida, quería descansar mi mente, pero no lo lograba. Las noches estaban plagadas de figuras de ajedrez que me privaban del necesario bálsamo del sueño, transformando ese tiempo en un sinfín de escaques de pesadilla. Muchas veces me despertaba en la madrugada bañado en un sudor frío, victima de esos pensamientos. Pasaban los días y estaba desesperado, con mi cabeza dando vueltas. Lo que más quería en este mundo era recibir esa tarjeta de respuesta.
El tiempo pasaba y como la tardanza comenzaba a hacerse larga, el plazo estipulado para la contestación ya estaba por vencer. Sabía que mi rival no abandonaría la partida tan fácilmente, ya que la perseverancia en el análisis era uno de sus atributos más fuertes. Finalmente el día límite que debería recibir la respuesta había llegado y al mirar el reloj después de despertarme, consideré que era temprano y que todavía faltaba algún tiempo para que arribara el cartero. Eran las diez de la mañana cuando el hombre por fin vino a casa, trayendo la ansiada tarjeta.
Al entregármela traté de ojear la jugada pero no lo hice, porque súbitamente comencé a sentir esa particular y ominosa sensación paralizante que produce el miedo a lo desconocido y el temor me fue invadiendo progresivamente. Cuando entré en mi casa y me decidí a ver la jugada, me sentí desconcertado, aturdido y sin reacción. El tiempo transcurría mirándola, pero mi mente se negaba a asimilarla. La impotencia me sacudía el pecho con una angustia que amenazaba mi cordura, mientras sostenía la tarjeta con los dedos, contemplándola una y otra vez.
Como hipnotizado por la incredulidad, me dirigí  hacia la habitación donde tenía el ajedrez, caminando lentamente como un autómata, y mientras los ojos se me iban llenando de lágrimas, todo a mi alrededor se fue volviendo borroso e irreal. Lo que tenía en la mano era la jugada decisiva y trascendental, tan bella e irreal que no la había previsto y en esa tarjeta postal estaba la prueba irrefutable de mi derrota, que luego constataría fehacientemente con las piezas sobre el tablero.

  



Tarjeta postal de ajedrez 





 Versión ilustrada por Frank Mayer

22/7/15

Lágrimas y piezas de ajedrez

Cuando yo era pequeño, mi padre trabajaba con su taxi, durante el día o por la noche, sin un horario fijo. Ello le permitía realizar algunas infidelidades. Cuando llegaba a altas horas de la noche, mi madre enojada se encerraba en el dormitorio que siempre olía a lágrimas. Yo dormía en el sofá del living y en esas ocasiones, mi padre suspirando, extendía un colchón en el suelo junto a mí. Allí, solía pasarse horas resolviendo las partidas de ajedrez que jugaba por correspondencia. En mi infancia, crecí en un mundo de fantasía, rodeado de lágrimas y piezas de ajedrez. 

15/8/14

El retador

La inexplicable renuncia incondicional al Torneo de Candidatos que se celebraba para determinar el retador al campeón del mundo de ajedrez, por parte de uno de los jugadores favoritos, constituyó durante un tiempo uno de los casos que asombró a la comunidad deportiva ajedrecística y a la opinión pública mundial.
Hubo muchas especulaciones cuando argumentó una indisposición pasajera. En realidad, y a pesar del inmenso acoso periodístico que sufrió, nunca dio una respuesta precisa a nadie sobre cual había sido el motivo que había originado la decisión de aquella renuncia. 
Había concurrido con muchas esperanzas a la sede del país donde se jugaba el evento en la que participarían los ocho finalistas de diversos países del mundo. Con sus veinticinco años, pensaba que si ganaba este torneo, acariciaría todo lo que se propuso desde su adolescencia.
Llegó al edificio del centro de convenciones donde se celebraba el evento con cierta anticipación como lo hacía siempre, dispuesto a aclimatarse al ambiente de la sala donde se efectuaría la rueda inicial.
Él sabía muy bien que la diferencia entre un gran maestro internacional de ajedrez y un campeón mundial, es que debía conseguir ese logro a la hora de la verdad, cuando el título estaba en juego. Tenía que vencer en ese certamen para poder disputar el mach por el campeonato del mundo. Esa era su oportunidad y reiteradamente esas palabras le martilleaban en la cabeza.
Recordaba las consignas de su asistente ajedrecístico en la soledad de los entrenamientos y la utilización de los programas de ajedrez de su computadora, para decidir la línea a seguir en el torneo analizando a los distintos rivales. Estaba frente a la oportunidad de su vida, que lo consagraría como el desafiante al campeón mundial, y en caso de vencerlo, se le abrirían las puertas a la gloria ajedrecística y al reconocimiento histórico.
Todo comenzó cuando tenía catorce años y en una competición escolar en la que participaba, se acercó un jugador experimentado y comenzó a observar una partida de ajedrez que estaba jugando. Cuando ganó con un sacrificio de dama espectacular, le dijo:
-  ¡Muchacho, tú tienes un futuro en esto!  Esa frase le cambió la vida.
- ¿Quién te ha enseñado a jugar así? , le preguntó el jugador.
- Nadie, fue su respuesta.
Así fue, que con el consentimiento de sus padres, comenzó a tomar clases con un profesor de ajedrez. Era tal la naturalidad que mostraba en las jugadas, que al profesor le llamó sumamente la atención el método y estilo propio que empleaba. Todas las clases terminaban con una jugada magistral propuesta por el niño prodigio.
Tanta pasión e intuición natural por el ajedrez le marcaron la vida, pero eso no alcanzaba, porque debía complementarla con una preparación teórica profunda. Finalmente, decidió estudiar metódicamente las distintas variantes de aperturas, medio juego y finales, con intensidad y dedicación. Fueron horas y horas de esfuerzo y de estudio, que asumió con mucha perseverancia.
Observaba y disfrutaba de su progreso, lenta y paulatinamente, suficiente como para reforzar su ambición y capacidad de juego. Fue así que ganó casi todos los torneos que participó. Primero los del club de su barrio, después los de la ciudad en que vivía y finalmente consiguió el campeonato de su país. Luego incursionó en el ámbito mundial, otorgándosele por su trayectoria, el título de gran maestro internacional de ajedrez.
Por último, logró alcanzar la clasificación para ese Torneo de Candidatos que seleccionaría al retador del título y ello lo sumió en la felicidad. Sus rivales no sólo le expresaron su felicitación, sino que le manifestaron su admiración por su juego, realizado con belleza artística y precisión científica. Estaban casi seguros que ganaría el torneo y sería el próximo retador del campeón mundial.
El sabía que la obtención del título no era cuestión de sus cualidades innatas, ni mucho menos. Se trataba del resultado logrado en base a una labor de empeño, de obsesión por ser el mejor y de muchas horas de trabajo y análisis.
Cuando hizo su temprana aparición en el recinto acondicionado de la sala  donde se celebrarían las partidas de ese torneo mundial, el silencio fue roto por el murmullo de los espectadores al ver entrar al favorito. Saludó a la gente y se sentó en el lugar asignado con las piezas negras, en uno de los cuatro tableros que había en el escenario, esperando de esa manera relajar completamente su mente antes que concurriera su rival. Era la hora de la verdad y debía estar sereno… Había mucho en juego.
Sin embargo, mientras esperaba a su contrincante, comenzó a pensar insistentemente en su país, en su ciudad natal, en sus padres, en sus hermanos y en su familia, que estarían pendientes de él. Por su mente comenzó a circular como un carrusel los nombres de, Capablanca, Alekhine, Botvinnik, Tal, Petrosian, Fischer, Spasski, Karpov, Kasparov…y poco a poco, le fue apareciendo una extraña ansiedad que lo fue poniendo sumamente nervioso.
Apenas quedaban unos segundos para el tiempo fijado de inicio y ya había comenzado a sentir como una especie de embotamiento en su cerebro. De pronto hizo su aparición su rival, quien lo saludó amablemente y se sentó, y luego con blancas hizo su primer movimiento accionado el reloj, para comenzar la primera partida del certamen clasificatorio.
El ya iba a contestar cuando de pronto, notó con desesperación que la confianza en si mismo que siempre había tenido, se le había desvaneciendo como por un encanto. Repentinamente, una sensación de temor invadió a su mente, mientras veía con impotencia como avanzaba su reloj. Sentía claramente que ahora no era el mismo, que necesitaba imperiosamente esa ayuda…
En los últimos meses de entrenamiento, había sentido un decaimiento en su voluntad y para mejorar su rendimiento tomó la decisión de aprender yoga, con lo que aumentó de forma considerable su capacidad de concentración.
Pero realmente el hecho que lo convulsionó, fue cuando apareció aquella persona que se había contactado con él, recomendado por su asistente. Le había explicado que la verdadera solución a su decaimiento, era la ingestión de unas pastillas con unas drogas estimulantes revolucionarias, que había preparado experimentalmente y que aún no eran conocidas en el mundo.
Él no le había dado mucha importancia, pero evidentemente las razones de su progreso en dos últimos meses, fueron por tomar periódicamente aquellas pastillas amarillas insípidas. Ese estímulo durante aquellos últimos meses de entrenamiento, había logrado aumentar su concentración y disminuir su fatiga mental en forma considerable.
En ese momento, desesperado frente al tablero en medio de ese repentino estupor mental que lo carcomía, comprendió que necesitaba urgentemente esa pastilla y buscó desesperadamente con sus manos hasta alcanzar esa caja que tenía en el bolsillo de su saco. Luego se paró y ante la incredulidad de su rival que esperaba su inmediata respuesta, se dirigió rápidamente hacia el baño, mientras sobre la mesa de juego su reloj seguía avanzando.
Cuando entró, echó un vistazo a la imagen que se reflejaba en el espejo, de un hombre joven, de cabello negro revuelto, con un rostro desencajado y mirada ansiosa.
Fue allí, que repentinamente comprendió cual era su triste y verdadera realidad.  Lamentablemente se había constituido en un ser dependiente de esa droga y en esos momentos tenía que tomar sí o sí esas partillas para poder jugar.
Permaneció inmóvil  observando su figura, tratando de postergar la ingesta de la pastilla que ya tenía en su mano. Sabía que en ese torneo no habría control de doping y no pasaría nada si la tomaba. Sin embargo, en su conciencia había remordimiento y danzaban las preguntas:
-"¿Llegaría a estar satisfecho consigo mismo si ganaba?" 
-"¿Valoraría el triunfo como si fuera producto de su propio esfuerzo?"
Allí fue, cuando sus ansias de gloria fueron desapareciendo y tomaron un sabor amargo, que sólo él apreciaba. Un largo suspiro puso fin a sus cavilaciones. En esa noche algo se había quebrado en su interior. Se le había apagado el fuego sagrado, la llama votiva. El motor que lo movilizaba había dejado de funcionar. Ya no era más que una cáscara, una fachada que escondía toda la angustia que había dentro de él.
Sus ojos vagaron con desesperación por última vez al espejo y entonces decidió lo que debía hacer ante esa categórica verdad. Arrojó la caja con la pastilla con todas sus fuerzas en el inodoro y apretó el botón para no ver esa droga nunca más. Luego, algo más calmado, salió del baño resuelto, detuvo su reloj y le dio la mano a su contrincante abandonando la partida, argumentando una indisposición, ante la incertidumbre general de todos los presentes.
Aprovechando la sorpresa y el  revuelo que había provocado, logró escabullirse rápidamente de la sala de convenciones y salió precipitadamente a la calle. Y desde aquel momento, a pesar del sopor en que se encontraba, sintió su conciencia tranquila. Acababa de adoptar con valentía una de las actitudes más bellas que ennoblecen al ser humano, que es la honestidad.
Varias personas circulaban indiferentes y no podía dejar de pensar, mientras se dirigía caminando algo mareado a su hotel, que posiblemente detrás de cada uno de ellos también se escondería alguna historia, o alguna quimera irrealizable.
- “Después de todo todavía soy joven, tengo la vida por delante” -, se dijo, aferrándose a una frase que comenzaba a repicar en sus oídos. Era cierto que le quedaban muchos años por vivir, pero no atinaba a establecer si eso era bueno o malo porque debería luchar denodadamente para vencer a ese sopor que ahora lo  rodeaba, ansiando tomar nuevamente aquellas pastillas.
A fin de cuentas, la vida por delante podía ser un largo tormento después de ver sus ilusiones hechas añicos, esparcidas sobre las piezas de aquel tablero, en aquella aciaga noche de la primera partida del certamen.
Anhelaba no vivir preguntándose cada tanto hasta donde hubiera llegado, si las cosas hubieran sido de otra manera. Tal vez en el futuro la herida de su alma por la pérdida de esa partida terminaría por sanar. Deseaba ser capaz de volver a pisar un salón de ajedrez con la frente alta  y jugar una nueva partida sin ningún remordimiento espurio que se le anudara la garganta, sin que las imágenes de aquella noche acudieran otra vez a su memoria.
Sabía que debería enfrentar esa nueva lucha cargando una pesada mochila sobre sus espaldas, pero tenía la firme determinación de seguir adelante, con el propósito de reencontrar sus ganas de jugar en algún paraje solitario del camino.
Luego, al otro día, les comunicó a los organizadores que se retiraba del torneo, ante el estupor general de los aficionados al ajedrez de todo el mundo, de su familia y de su país en particular.
Pero por suerte esos sueños que se apagaron en esa noche, esperaban por un nuevo día. Esperaban por un mañana. Y en esa trama de lucha y tiempo, renació nuevamente en él su gran capacidad de lucha y resurgió de las sombras, por su propia iniciativa.
Para ello, logró por sí mismo eliminar con mucha fuerza de voluntad y perseverancia esos incentivos extraños, para continuar con la actividad. Poco a poco, fue volviendo del profundo letargo en que se encontraba sumergido y volvió a recuperar la confianza en si mismo que había perdido y otra vez volvió a ingresar en el mundo de la realidad.
Finalmente, pudo clasificarse nuevamente al siguiente Torneo de Candidatos para determinar el retador al título. El destino le había concedido una segunda oportunidad y con el espíritu recuperado y la inmensa fortaleza de su voluntad, esta vez no la desaprovecharía…

3/7/14

Mate en uno


Soy un ingeniero que desde muy chico comencé a practicar el juego de ajedrez. Si bien me apasionaba sobremanera, ya desde mi juventud, debido a mis estudios y luego por mis actividades laborales, siempre jugué como aficionado y nunca pude dedicarme al estudio para la práctica profesional de ese juego. Si bien conozco los conceptos básicos de aperturas, medio juego y finales, me convertí en un jugador autodidacta que dejé a mi propio criterio e inspiración la concepción del juego. Ahora, ya con mis cabellos canos, tengo mayor tiempo disponible y juego en un importante club de ajedrez.
Un día, me había inscripto para participar en uno de los torneos internos que en ese club se organizan asiduamente. En una de las primeras rondas, estaba disputando una partida con un chico de dieciocho años, que me habían dicho que jugaba muy bien y era una de las revelaciones del momento.  El muchacho jugó magníficamente la apertura y había quedado mejor en el medio juego, por lo que intenté simplificar al máximo la partida, como forma de tratar de aprovechar mi experiencia en los finales. Sin embargo, no logré el objetivo, y la partida se hizo realmente muy complicada, con muchísimas variantes.
Cuando en un momento determinado le tocaba mover, mi joven contrincante estuvo pensando muchísimo su jugada, mientras yo veía como avanzaba su reloj sin prisa y sin pausa. Parecía como que estaba sumergido en otro mundo, hasta que repentinamente y como un autómata, hizo una jugada insólita que me dejó pasmado. Evidentemente era un error absurdo e inaudito, que me dejaba la posibilidad de ganar directamente con mate en uno, realizando un jaque con mi caballo.
Mientras mi joven contendiente seguía mirando el tablero como si realmente no estuviese allí, yo cerré los ojos para ganar tiempo y preparar mi espíritu a una nueva contemplación más fría y serena. Quería asegurarme que mi vista realmente no me había engañado. Y al abrir otra vez los ojos, se incrementó todavía más la excitación en que se hallaban poseídos mis sentidos. Ya no era posible dudar, aún cuando lo hubiese querido. De modo que alcé el caballo prestamente con mi mano y al apoyarlo en el tablero le canté a mi rival: “¡Jaque mate!”
El muchacho se sobresaltó como si volviera repentinamente a la realidad. Miró incrédulo mi mano apoyando el caballo y las piezas en el tablero, sin poder comprender lo que había pasado. Luego de unos instantes inclinó su rey, me extendió su mano y me dijo que se había distraído en la partida, inmerso por completo en sus pensamientos. Me comentó que tenía que decidir si en las noches seguía dedicándose a jugar al ajedrez o comenzaba a cursar las materias de ingeniería en la facultad.
Entonces, con mi euforia apaciguada por haber ganado la partida de esa forma tan inusual, le dije con una sonrisa, que tal vez el destino haya elegido la mano de un ingeniero, para despertarlo con ese jaque mate y así ayudarlo a tomar esa trascendental decisión de su vida.

2/6/14

La mano de Dios


Era el maestro de un pequeño pueblo rural, colindante con un hermoso valle situado entre las colinas, que vivía allí con su familia y desde muy chico comenzó a practicar el juego de ajedrez. Sin embargo, si bien lo había apasionado y lo disfrutaba con mucho entusiasmo, nunca se le dio por estudiar su teoría y adentrarse profundamente en la infinidad de sus variantes tácticas o estratégicas.
Ya desde muy joven comenzó a trabajar como maestro, dedicándose a instruir a los niños de la zona en una pequeña escuela rural. En ese entonces, luego de dictar las clases a los chicos, se entretenía realizando partidas amistosas de ajedrez en el único bar que había en el pueblo con los habituales parroquianos que allí concurrían. Pero después de bastante tiempo de jugar, la competencia entre los amigos se fue haciendo monótona, porque cada uno conocía las mañas del otro.
Un día, cuando el maestro estaba en el bar jugando, se hizo presente el granjero más rico del pueblo. Ya al verlo de reojo, le causó cierta impresión porque le parecía que su imagen la había visto en alguna otra parte, pero por más que lo intentó no podía recordar de donde. Era un hombre pelirrojo, alto y fornido que lucía costosas botas. Sus brazos eran musculosos y tenía grandes manos, con dedos largos y anillos que le daban un aspecto extrañamente aristocrático. Sus ojos grises parecían siempre estar alertas y por momentos brillaban de malignidad.
Cuando el granjero vio que el maestro terminó la partida, se presentó estrechando tan fuerte su mano con la suya, que lo hizo estremecer de dolor. Le dijo que se había enterado por el barman que él jugaba mucho al ajedrez y que era uno de los mejores jugadores del pueblo y le propuso disputar unas partidas porque le apasionaba el juego de ajedrez y no tenía muchas oportunidades para hacerlo. De modo que sorprendido por la novedad aceptó contento la invitación para salir de la rutina diaria, aunque el hombre no le resultaba para nada agradable. Luego que el mozo trajo el tablero y las piezas, el maestro se concentró en la partida.
Allí constató que el granjero jugaba realmente muy bien y la partida le fue resultando favorable hasta que llegó a una posición ganadora. Finalmente el maestro inclinó su rey y le tendió la mano al granjero, mientras éste celebraba su victoria con una sonrisa sobradora. Le dijo que él había pensado en un momento de la partida que estaba perdido, pero luego ayudado por la mano de Dios se percató de la brillante combinación con que lo había destrozado. Su voz de barítono resonaba en el recinto del bar con el brío de un cantor de ópera, mientras le mostraba su enorme mano.
- Le doy la revancha con otra partida a ver si tiene más suerte-, le dijo luego. El maestro pensó en negarse, porque la perspectiva de otra partida de ajedrez con ese hombre soberbio le resultaba intimidante. Pero consideró que sería una cobardía y aceptó la propuesta a regañadientes. Decidió que en esa nueva partida se concentraría mucho más, para ver si de alguna manera podía derrotarlo y destrozar esa aureola de vanidad que lo envolvía.
Era evidente que el granjero era un jugador con bastante buena técnica y que se le haría cuesta arriba llegar a ganarle. Sin embargo, en la nueva partida, con habilidad, el maestro se las había ingeniado para poner al rey del granjero en una posición peligrosa y encima le había comido un peón. Se sentía  muy contento, porque si seguía jugando sin cometer errores, podría ganarle por alguna combinación táctica o eventualmente pasar a un final ganador con el peón de más.
En un momento dado, el maestro observó que el granjero se rascó la barbilla con su inmensa mano, dedicando sus ojos grises a la peligrosa tarea de contrarrestar el ataque a su rey.
- La mano de Dios me ayudará a encontrar la salida de este atolladero-, le dijo moviendo la enorme mano sobre el tablero, mientras pensaba la jugada. Al escuchar esas palabras, al maestro se le hizo la luz en su mente al recordar de donde conocía la imagen del granjero. Su figura había quedado atrapada en el subconsciente entre los recuerdos entumecidos de su niñez.
Fue en un verano, cuando el maestro tenía sólo cinco años de edad y vivía con su familia en ese mismo pueblo. Una tía residía en ese entonces en la casa con ellos. Era una mujer muy seria y reservada, bastante regordeta y fanática por las creencias milagrosas. Sólo los domingos, ella compartía algo de alegría con la familia, cuando se preparaba para ir a cantar en el coro de la Iglesia del pueblo.
Pero un día, ella cambió notablemente. Estaban solos en la cocina, y le empezó a hablar de un famoso predicador que vendría a visitar al pueblo. Lo describía con un entusiasmo tal, que encendió su imaginación infantil. Le dijo que ese hombre hacía milagros y vendría al pueblo la próxima semana a bendecir y a salvar a las almas pecadoras. Entonces, él le suplicó a su tía que lo llevara a verlo, y ella sonriendo, le dijo que no sólo lo llevaría, sino que además aprovecharía su visita para que le brindara la bendición.
A la semana siguiente, cuando partieron caminando para asistir a la reunión del predicador, él estaba entusiasmado imaginando el suceso conmovedor de ver a un santo del cielo. Pero todo empezó a intranquilizarlo cuando se dio cuenta que se dirigían a una laguna cercana que el conocía muy bien y le desagradaba sobremanera. Un día, mientras se bañaba allí con unos chicos amigos, al divisar en su lecho barroso numerosas culebras, habían escapado muy asustados.
Cuando llegaron, había cientos de personas reunidas en la orilla. La mayoría de ellos eran trabajadores de las granjas de la zona que bailaban y gritaban. Entre esos cuerpos sudorosos haciendo cabriolas que le tapaban la vista, podía oír una voz potente de barítono que entonaba salmos y que provenía de la laguna. Su tía inmediatamente se unió a los cantos, mientras gemía y graciosamente sacudía su obeso cuerpo.
Gritando con todas sus fuerzas le hizo saber que quería ver al predicador y entonces, un hombre robusto se le acercó, y a instancias de su tía, lo subió a su hombro. De esa manera, logró ver al predicador que vestido con una túnica blanca embarrada, entonaba un salmo metido en la laguna con el agua hasta la cintura. Su pelo rojo era una masa enmarañada y empapada y con sus grandes manos, extendidas hacia el cielo, imploraba al sol del mediodía.
Trató de ver su cara, pero antes de lograrlo, el hombre que lo había alzado lo volvió a depositar en medio de los numerosos pies en movimiento y los ondulantes brazos de los fieles que bailaban frenéticamente. Inmerso en ese revuelo, trató de decirle a su tía que quería volver a casa, pero ella estaba tan enfervorizada que no lo escuchaba. El sol quemaba y trató de gritarle, cuando de pronto ella lo tomó firmemente de la mano y comenzó a arrastrarlo hacia la laguna para la ceremonia de la bendición, mientras la multitud se hacía a un lado y les abrían el paso.
Cuando llegaron a la orilla, su tía se detuvo, y él quedé impactado por la escena. El hombre de la túnica blanca, parado en el río, sostenía con sus grandes manos a una niña. Recitó unas palabras extrañas antes de sumergirla rápidamente en el agua, la mantuvo allí durante bastante tiempo y luego la sacó con la cara casi morada, ya a punto de ahogarse.
Después los grandes brazos del predicador se extendieron hacia él y quiso escapar, pero ya no había tiempo para nada. Podía oler su pelo rojo mojado, mientras sentía que las enormes manos del predicador lo impulsaban hacia abajo, sumergiéndome en el agua lodosa de esa laguna llena de culebras. Cerró los ojos y los labios para no tomar esa agua y luego de un tiempo sin respirar que le pareció un siglo, esas grandes manos lo alzaron nuevamente hacia la luz solar.
Estaba completamente sofocado y trató de respirar con la boca abierta, luchando para llenar sus pulmones de oxígeno. Respiraba agitadamente y el corazón le saltaba en el pecho. Cuando abrió los ojos, se encontró con la cara del predicador y sus ojos grises, emitiendo un fulgor maníaco. Entonces le cubrió toda su pequeña cara con su mano y le dijo que había recibido en su alma la bendición de la mano de Dios.
De pronto, escuchó una risa fuerte y la voz potente del granjero que le decía alzando el caballo con su gran mano: "¡Jaque mate!". Entonces, en su mente el rostro del predicador que estaba retirando su mano de su cara, fue reemplazado por un rostro virtualmente idéntico del granjero.
De modo que había sido muchos años atrás, donde había visto por primera vez al granjero o por lo menos a su contraparte, el predicador. Ambos hombres eran pelirrojos y con sus grandes manos, su voz potente, y sus ojos grises enfervorizados, creían que el destino estaba signado por la mano de Dios, que  no era otra que sus propias manos. Entonces, el maestro estrechó esa enorme mano y le dijo que se había distraído inmerso en sus pensamientos, mientras su ritmo cardíaco empezaba lentamente a normalizarse y la conciencia de la realidad, lo iba devolviendo nuevamente a ese tiempo presente.
Durante algunos meses el maestro estuvo muy depresivo, dejó de jugar al ajedrez y no volvió al bar. En ese tiempo mientras dormía siempre le surgía la mano de Dios. A veces el granjero entraba a sus sueños, con sus ojos grises, gritándome con su gran mano extendida “¡Jaque mate!”. Pero de vez en cuando le aparecía el predicador, ataviado con su túnica blanca embarrada, que con sus grandes manos lo sumergía en el agua, asfixiándolo en aquella laguna lodosa llena de culebras.

 

 

17/4/14

La partida final

El ganador 
Las reflexiones del abuelo tras sus gruesos anteojos fueron bruscamente interrumpidas por su nieto de catorce años, quien lo observaba con su mirada expectante.  La partida de ajedrez era el clásico del domingo para el chico, luego del tradicional asado del mediodía en casa de sus padres.
- Dale abuelo, que tus finales no te salvan hoy.
El abuelo analizaba profundamente la posición en el tablero con su típica parsimonia, mientras una sonrisa incipiente aparecía en su rostro. En  su mente, las diversas combinaciones le predecían su próximo triunfo.
- Abuelo, este libreto está llegando a su fin -, le dijo convincentemente el pibe, mientras el abuelo movía un caballo con sumo cuidado.
El nieto desde muy pequeño había aprendido a jugar al ajedrez y había comenzado a concurrir a una academia de su barrio para perfeccionarse. Era muy preciso en su juego y tan confiado en su memoria, que ya dominaba sin ningún titubeo muchas variantes de las aperturas.
En cambio su abuelo estaba retirado de las lides ajedrecísticas. Tenía la experiencia de haber participado en numerosos torneos en su juventud, y ahora apostaba casi todo a su habilidad para conducir los finales.
- Para vos la partida es siempre un libreto-, le dijo el abuelo.
- Tratás de ganar con estudios previos, análisis, desarrollo… Conocés muchos detalles, muchas variantes, muchas aperturas, mucho medio juego, pero en una partida de ajedrez eso no basta. Es en el final cuando llega la sorpresa y el golpe de gracia definitivo -, le refirmó.
- Eso lo decís vos porque nunca estudiaste y jugás de oído -, le replicó su nieto.
- No lo digo yo, eso lo dijo nada menos que el gran Capablanca -, le contestó el abuelo.
- Debés practicar los finales, si querés participar con éxito en los torneos de ajedrez - , le recalcó.
Su nieto no le respondió. Sabía que en el fondo su abuelo tenía toda la razón del mundo, mientras aceptaba confiado el cambio de damas. Estaba seguro que no iba a perder, porque la partida era muy pareja  y en principio lo tenía todo bien calculado.
Sin embargo, no pudo salir de su incredulidad, cuando luego de unos minutos de silencio su abuelo le anunció las próximas jugadas con su infaltable sonrisa.
- Con un jaque quedás perdido, porque te cambio todas las piezas y entro en un final con un peón pasado, contra tus dos peones doblados y atrasados.
El nieto hizo un gesto que delataba su sorpresa. Se quedó analizando la posición de ese final largo rato y evidentemente era así.
- Igual tendrías ventaja decisiva, si no te aceptaba el cambio de damas -, le dijo concluyendo la aseveración de su abuelo y sonriendo con resignación, mientras inclinaba su rey.
Durante los años siguientes la calidad de su juego fue progresando y la carrera ajedrecística del muchacho fue realmente meteórica, ganando numerosos torneos en su país. Era evidente que estaba surgiendo en el universo ajedrecístico una nueva estrella, con otros ojos, con otros conceptos y con otras ambiciones.
Hasta que a los veintidós años tuvo su gran oportunidad, cuando se clasificó por su país para participar en un importantísimo torneo internacional, con los adversarios más calificados del mundo. Tenía la ilusión intacta, que le abriría las puertas al reconocimiento general, con todo el tiempo por delante para llenar las páginas de su vida.
En el desarrollo de ese torneo tuvo una magnífica actuación y estaba invicto hasta llegar a la partida final de la última ronda que sería la definitoria. Debía jugar con blancas justamente con el gran favorito, que era considerado por su experiencia como uno de los mejores jugadores del mundo.
En esa partida final, al maestro favorito le bastaba con empatar para ganar el torneo, por lo que con sus piezas negras planteó una defensa francesa muy sólida. Sin embargo el joven jugador logró una pequeña ventaja en la apertura, y luego fue minando estratégicamente, una por una, las defensas que su adversario le fue oponiendo en el medio juego.
Por último, llegaron a un final que parecía muy difícil de definir, pero que el joven lo resolvió con una precisión magistral, que les hacía pensar a todos los analistas de ese juego, que ante ellos estaba nada menos que el alma del genial Capablanca.
Cuando el favorito del torneo completamente agotado y apesadumbrado, le tendió la mano para rendirse, las lágrimas de felicidad inundaban los ojos del muchacho. En medio de los aplausos, un grupo de amigos y simpatizantes inmediatamente lo rodeó para felicitarlo, mientras unos periodistas le sacaban fotos y buscaban grabar sus emocionadas palabras.
Evidentemente, había aparecido en el firmamento ajedrecístico una nueva y rutilante estrella, porque ese joven jugador había arrasado con los adversarios más calificados en ese importantísimo torneo internacional de ajedrez.
Y en esos momentos de gloria, no pudo menos que recordar a su querido abuelo, que hacía unos años ya se había ido de este mundo dejándole sus  enseñanzas y consejos. 

El perdedor 
Cuando bastante cansado se dio cuenta que no tenía alternativa alguna para salvar la partida, le tendió la mano a su rival para rendirse. Fue allí que repentinamente quedó completamente ignorado y solitario, en medio de  los aplausos y festejos al nuevo y joven campeón. Había conseguido el triunfo ganando la partida definitoria con él, que era el gran favorito, pero que ya tenía sus cuarenta y dos años cumplidos.
Sentado allí frente a ese mismo tablero, contemplaba al muchacho inmerso en sus recuerdos. Sabía por experiencia propia que esos instantes de felicidad lo acompañarían para siempre, sin importar cual fuera el curso de su vida futura.
Después de un tiempo prudencial, se levantó pesadamente de la silla y silenciosamente dirigió sus pasos para volver hacia su hotel. Cuando salió a la calle sabía que debía enfrentar una nueva jornada, después de la  triste derrota de esa noche.
En estado de completa depresión, buscaba en algún paraje solitario de su mente, alguna justificación técnica de esa partida, pero su única y real certeza en esos momentos era la incertidumbre sobre su futuro. Si bien había tenido numerosos traspiés en su vida ajedrecística, nunca había sentido una amargura semejante.
Algo se había quebrado en su interior y se sentía envejecido. Le parecía como que se le había apagado el fuego sagrado de su juego, la llama votiva de su inspiración. Era como si el motor que lo movilizaba había dejado de funcionar. Sentía un dolor agudo en el pecho, al ser consciente del grado de deterioro que se había producido en su juego, en esa partida definitoria del torneo. 
Pensaba que su vida ajedrecística por delante podría convertirse en un largo tormento, al ver que sus ilusiones de ganar este torneo tan importante se habían hecho añicos. En algún momento de su carrera, había pensado  firmemente en lograr el campeonato del mundo, pero ahora sentía que ya había perdido por completo esa esperanza que lo iluminara en otros tiempos.
Eran las dos de la mañana, cuando el perdedor llegó finalmente a la habitación de su hotel. Luego se recostó en la cama, fijando la vista en los mágicos contrastes sobre la pared provocados por el velador de la mesita de luz, que le parecían un enorme trebejo.
Al final de ese mismo día partiría de vuelta a su país, después de recibir el trofeo por el segundo puesto y el monto asignado para el premio, en la ceremonia de gala que se realizaría por la tarde.
Mientras trataba de dormir, permaneció un largo rato recostado, rodeado de miles de pensamientos que aguijoneaban su mente por lo que había ocurrido en esa noche, activando ese fuego que lo consumía. Quería tener un rato de sosiego en su mente, aunque le era muy difícil de lograr en esos instantes de tanta angustia.
Recién después de una hora logró conciliar el sueño. Pero el suyo no fue un sueño tranquilo. Fue una pesadilla poblada de imágenes extrañamente lejanas y cargadas de anhelos insatisfechos.
De repente, percibió con estupor que sus pies se hundían en un inmenso tablero de ajedrez, mientras las piezas lo miraban danzando risueñas. Sentía que su cuerpo penetraba con rapidez en ese tablero que se parecía a una ciénaga.
Al introducirse en las profundidades oscuras, comenzó a tener dificultades en la respiración. Hasta que al comprender que los pulmones ya le estaban por explotar, comenzó a rendirse, abandonándose inexorablemente ante esa fuerza contra la que no podía luchar.
Fue en ese momento, cuando se despertó sobresaltado y sacudiendo la cabeza se sentó en la cama como impulsado por un resorte. Trató de respirar con la boca abierta, luchando por llenar sus pulmones de oxígeno, mientras el corazón le palpitaba intensamente y gruesas gotas de sudor cubrían su frente.
Un agudo espasmo le oprimía el pecho mientras se reprochaba: “¿Cómo era posible que el paso de los años no fueran capaz de mitigar la pena de una simple derrota?” “¿Cómo era posible que ese traspié disparara esa andanada de emociones contenidas que moraban dentro de su ser?”
Lentamente, su ritmo cardíaco comenzó a normalizarse y la conciencia de la realidad lo fue devolviendo al tiempo presente, sobre esa cama de sábanas solitarias y revueltas. Miró hacia la ventana, donde las luces de las farolas de la calle se filtraban por las hendijas de la persiana hacia el interior de la habitación. Los tenues resplandores de las agujas del reloj le indicaban que eran las cuatro de la mañana.
Con la boca reseca, se incorporó lentamente y se dirigió hacia el pequeño refrigerador de la habitación. Abrió la puerta y vertió una abundante cantidad de agua fresca en un vaso, que luego bebió de un trago. La sensación que le había dejado aquel sueño aún perturbaba su espíritu.
El perdedor permaneció un largo tiempo acostado tratando de serenarse, hasta que finalmente, cuando el amanecer comenzó a iluminar tímidamente los edificios de la ciudad, logró nuevamente conciliar el sueño.
Y fue en ese nuevo sueño diurno, cuando apareció en su mente la luz de la esperanza, diciéndole que en el futuro la herida de su alma terminaría por sanar y que esa derrota no era más que un hecho circunstancial de su vida.
Y en esos sueños, el perdedor volvió a salir a la calle con el propósito de reencontrar sus ganas de luchar en algún paraje solitario del camino de su vida. Iba a enfrentar una nueva jornada cargando esa pesada mochila sobre sus espaldas, pero con la firme determinación de seguir adelante.
Nuevamente ansiaba ahora volver a competir para revertir esa derrota y sentía en su alma ajedrecística, que a pesar de sus años, todavía podría realizar numerosas partidas magistrales que le reconfortarían su espíritu.
Era como si esa pesadilla pesimista que lo había perseguido durante la noche, se hubiese apagado entre esas mismas sombras, esperando por un nuevo día, esperando por la luz del sol, esperando por un mañana promisorio.

Versiones ilustradas por Frank Mayer
Primera parte "El ganador" en castellano.
Primera parte "El ganador" en alemán.