15/7/17

Devolución y cambio

Estaba tratando de comprarle un regalo a mi pequeño hijo y entré en una juguetería en una galería comercial del centro.
― Hola, estoy buscando algo para un chico de seis años ―,  le dije a la vendedora.
― Ah, muy bien. Aquí tiene un pequeño dinosaurio que están promocionando en la televisión y que se vende mucho. Se desplaza en forma remota profiriendo unos alaridos y es para un chico de hasta siete años de edad.
―  Está bien lo llevo ―, le dije.
― Mire que necesita pilas para el comando y ellas no vienen incluidas ―, me aclaró la vendedora.
― De acuerdo, colóquelas que las llevo.
― Escuche como suena ―,  me dijo la vendedora luego de instalar las pilas.
― Está bien, pero apáguelo por favor que me aturde ―, le contesté.
―Si tiene algún problema dentro de la semana se lo cambiamos trayendo la factura de compra, me dijo finalmente.
Al salir, pensé que el nene haría tanto ruido jugando con el dinosaurio en el departamento que no sólo me molestaría a mí, sino también a los vecinos y entonces decidí retornar a la juguetería.
Hoy mi hijito y yo nos estamos divirtiendo con un hermoso juego de ajedrez que  si bien no está promocionado por la televisión, no consume pilas y no produce ese ruido espantoso. Con mucha paciencia le he enseñado a jugar y es muy agradable observar como comienza a avanzar rápidamente en el conocimiento de ese apasionante e instructivo juego.


13/6/17

El ajedrez de la vida

Son pocas las piezas de dos colores
que están en el tablero despoblado.
Quedan un rey postrero en cada lado
torres y unos peones agresores.

Sufriendo los jaques acosadores
al final un rey triunfa alborozado.
Mas por la lucha que ha desarrollado
son muy breves momentos seductores.

También en el devenir de los días,
los hombres son felices al vencer
en sus claras y oscuras biografías.

Pero igual que el rey deben padecer,
y al fin de sus vidas las alegrías
son sólo instantes del acontecer. 










Finalista I Concurso Sonetos Rafael Alberti.
Incluido en el libro  Hikus y Sonetos XI.
Letras como Espada. España. Junio 2017.

11/6/17

Ajedrez y magia negra

Cuanto más jugaba al ajedrez, menos lo comprendía. Había perdido ya dos veces en el torneo del club y con seguridad en la partida de mañana quedaría eliminado. Entonces pensó que sólo un conjuro mágico podría salvarlo. Siempre se había interesado por la magia negra y en un viejo libro había encontrado instrucciones para llamar a Lucifer y someterlo a su voluntad. Nunca había probado y decidió que aquel era el momento oportuno.
Era muy sencillo, primero debía ponerse a cubierto dibujando un tablero de ajedrez en el piso, para que cuando llegara Lucifer no pudiera hacerle ningún daño y luego le pediría lo que deseaba, sin que éste pudiera negarse.­
Para ello, despejó la habitación retirando las mesas y sillas contra las paredes y luego con una tiza blanca dibujó sobre el suelo oscuro, el tablero protector. Después de pararse sobre él y pronunciar las palabras mágicas de encantamiento, vio ante su completa sorpresa, como se fue corporizando lentamente la figura del ángel malo Lucifer, iluminado por las llamas. 
 ― Siempre he sido un inútil jugando al ajedrez y desearía ganar la partida de mañana ―, le dijo a Lucifer apenas se paró en el tablero frente a él.
― ¡Y justo a mi me lo vienes a pedir. Estás atrapado y no tienes escapatoria! ―, le replicó Lucifer riendo sarcásticamente, mientras se lo llevaba volando con él hacia el infierno.
Sucedió que no había funcionado la protección que había dibujado en el piso, porque ubicó un escaque negro en lugar de uno blanco en el borde inferior derecho del tablero.


2/2/17

La primera partida de ajedrez

En un país muy lejano había un gran valle rodeado de montañas. En la cima de una de ellas había un castillo de color blanco y en la opuesta había otro de color negro. Cada uno de los castillos con sus torres, albergaba al rey con su reina y obispos, los que disponían de peones y caballos para realizar las tareas domésticas. Los habitantes eran del mismo color de los castillos y vivían completamente aislados y separados entre ellos.
Sin embargo, las tensiones habían crecido en los últimos años por el usufructo de los espacios del valle que vinculaban a ambos castillos, en los que comenzaron a delimitarse zonas de posesión exclusivas, pintándolas de color blanco o negro según los casos, hasta que llegó un momento en que la tensión llegó al máximo y la confrontación se hizo inevitable.
Por tal motivo, los reyes crearon sus propios ejércitos, convirtiendo a los peones en valientes soldados que no debían retroceder nunca y adiestrando a los caballos para saltar sobre los obstáculos que se le presentaran en esa batalla, la que comenzó a desarrollarse en ese valle de color blanco y negro, sobre el que se jugaba el destino de los habitantes de ambos castillos. 
Esa confrontación disgustó a Dios y al ver desde el cielo aquel espectáculo, con su inspiración divina creó el juego de ajedrez para resolver el problema. Luego llamó a ambos reyes, les pidió que suspendieran la disputa y enseñándoles las reglas del juego, les propuso dirimir el diferendo en una partida para evitar el derramamiento de sangre, pero si empataban deberían comprometerse a llegar a un arreglo y firmar la paz. Ambos reyes aceptaron la propuesta, y le pidieron un plazo de treinta días para prepararse en el estudio del juego.
De esa manera, luego de una intensa práctica, al concluir el plazo establecido, en aquel país lejano se disputó la primera partida de ajedrez de la historia de la humanidad. Por primera vez sobre un pequeño tablero blanco y negro, resplandecieron las piezas que representaban a los contendientes y las jugadas  realizadas por los reyes de los respectivos castillos creaban hermosas combinaciones.
Sin embargo, Dios intervino sutilmente en la mente de los reyes, ayudando con su infinita inteligencia a uno y otro en la contienda, de modo que se fueran diluyendo las posiciones ganadoras, hasta que finalmente quedaron en el tablero sólo las figuras de los reyes en completa igualdad.  De ese modo, la primera partida de ajedrez disputada en el mundo fue tablas.
Entonces, los reyes cumplieron su palabra y decidieron firmar un pacto de paz y amistad para siempre, repartiendo el valle en partes iguales y desde entonces los reinos blancos y negros viven felices en sus respectivos castillos.
Pero desde aquel día en que Dios creó el juego de ajedrez, en una trama de tiempo sublime e inmortal, los hombres pueden disfrutar de una confrontación en paz, envueltos en el goce estético de un errante laberinto de sutiles y hermosas combinaciones.

5/10/16

El clásico de los domingos

Cuando yo era muy pequeño, mi padre me regaló un hermoso juego de ajedrez de madera, me enseño sus reglas y desde entonces juego intensamente con él. Yo que era el chico único de la familia, esperaba ansioso que llegara mi padre a nuestra humilde casa después del trabajo, con el tablero y las piezas emplazadas sobre la mesa del comedor.
― ¿Jugamos una partida, papá? ―, le preguntaba cuando llegaba. Mi padre siempre accedía con una sonrisa, aunque algunas veces estaba bastante cansado porque trabajaba de yesero en la construcción de edificios. Entonces nos poníamos a practicarlo antes de la cena preparada por mi madre. Casi siempre empatábamos, porque mi padre me permitía corregir los errores y volvíamos atrás las jugadas, que era una forma que tenía de enseñarme.
Ya en mi juventud las partidas eran más esporádicas, pero se hicieron muy intensas y peleadas y mi padre no me perdonaba. Yo me ponía muy triste porque siempre me ganaba, y entonces conseguí en una biblioteca unos libros de ajedrez con los que estudié algunas aperturas y un poco del  medio juego. Con esos nuevos conocimientos ajedrecísticos pude emparejar bastante los resultados, dado que muchas veces me permitía quedar con alguna ventaja en los finales, donde mi padre era un experto, aunque nunca se había preocupado de estudiar absolutamente nada de este juego.
Con el pasar del tiempo la lucha se fue haciendo sumamente pareja y cada vez más reñida. Luego de muchos sacrificios en la vida pude recibirme de ingeniero, me casé y me independicé de mis padres que tanto me ayudaron en mi juventud, pero siempre nos reuníamos los domingos al mediodía en la vieja casa para almorzar. La familia se mantuvo pequeña dado que lamentablemente no pudimos tener hijos y por las tardes mientras mi esposa y mi madre departían todo el tiempo conversando sobre sus cosas, la partida de ajedrez con mi padre comenzó a constituir el clásico de los domingos.
Fueron muchos los años en que se extendió ese ritual, hasta que todo terminó abruptamente cuando falleció mi madre. Al quedar sólo, mi padre fue perdiendo lentamente la memoria afectado por la enfermedad de Alzheimer y ya cumplidos los setenta años tuvimos que internarlo en un geriátrico especializado, donde el domingo era el día de visita.
En ese establecimiento mi padre no hablaba ni se acordaba prácticamente de nada y cuando al primer domingo lo fuimos a visitar con mi esposa, casi no nos reconoció. Entonces se me ocurrió al domingo siguiente llevar aquel viejo juego de ajedrez de madera que me había regalado de niño y sobre el cual habíamos realizado tantas partidas. Al llegar puse el tablero y las piezas sobre la mesa y cuando mi padre lo vio ocurrió un milagro, ante  el asombro general de todos los que allí estábamos. Su mente pareció resurgir de las tinieblas, me sonrió  y me dijo como en aquellos tiempos de mi niñez:
― ¿Así que me estabas esperando, nene? Bueno, juguemos una partida ante de cenar ―.
Entonces nos sentamos a jugar y ante mi sorpresa, durante la partida me habló coherentemente de las alternativas del juego. Yo traté de jugar lealmente, desplegando toda mi estrategia como siempre lo había hecho en mi vida y en un momento dado, estaba convencido que me encontraba en una posición superior y me surgió la duda de si sería conveniente ganarle, pensando si ello podría afectar su estado mental.
  —Te toca a vos papá y dale que tus finales hoy no te salvan—, le comenté sonriendo al realizar la última jugada, aunque en mi interior estaba bastante preocupado. Mientras tanto, el viejo analizaba muy serio y callado la posición en el tablero.
— No te ilusiones que esta partida está llegando a su fin, ¡Jaque! — me dijo repentinamente, con un destello en la mirada, mientras me comía un peón sacrificando la torre.
Ante esta inusitada jugada quedé completamente sorprendido y no le respondí,  porque al analizar la posición comprendí que tenía razón y cuando le comí la torre, tras unos minutos de silencio, mi padre me anunció las próximas movidas con una sonrisa socarrona:
— Ahora alfil jaque y cuando vayas con el rey a tu única casilla, con el caballo te doy jaque doble y te como la dama—, me dijo con total seguridad.
— ¿Quieres volver atrás tu jugada de toma de torre? ―, me preguntó luego, como siempre lo hacía en los tiempos de mi niñez.
— Abandono porque igual tendrías una ventaja decisiva —, le contesté con mi corazón palpitando de alegría, pero tratando de aparentar en mi rostro un estado de completa resignación y pena, como en aquellos viejos tiempos cuando perdía con él. Al concluir la partida, luego de despedirme con un beso, mi padre volvió a guarecerse en las sombras de su mente.
Desde ese día recomenzamos nuevamente el clásico de los domingos, y como un hecho inexplicable para la ciencia médica, sucedió que mi padre juega ahora mucho mejor que antes y su mente que se despierta en los instantes de las partidas, elabora jugadas maravillosas. Y aunque parezca mentira, me ha ganado hasta este momento todas las partidas que hemos jugado, por más empeño que yo he puesto en el desarrollo del juego. Pero ya no me pongo triste por el hecho de perder con mi padre como en mi juventud, por el contrario, me siento muy feliz y deseo que sean eternos esos clásicos de ajedrez de los domingos, que mágicamente hacen resucitar su mente de las penumbras en la que se halla sumergida.


Seleccionado III Concurso de Relatos cortos sobre Alzhéimer.
Incluido en el libro: En un rincón de la Memoria.
AFAGA Alzhéimer. Pontevedra, Galicia. España. Junio 2017
 

30/7/16

Una lucha encarnizada

Asomaban los claroscuros en el horizonte cuando en ese atardecer alguien me sacó a la fuerza de mi aposento y luego me reclutó como soldado raso para combatir en una guerra declarada contra el ejército adversario. Ya al iniciarse las acciones, uno de nuestros infantes fue ultimado al trenzarse valientemente en una lucha cuerpo a cuerpo, cuando fue descubierto al tratar de realizar una acción táctica para filtrarse entre las huestes enemigas.
Mientras avanzábamos con mis compañeros por uno de los flancos, escuchábamos el trote de la caballería y varios de los nuestros cayeron abatidos al ser sorprendidos después de muchas vicisitudes y estrategias del combate. A mi alrededor la refriega se hizo encarnizada y al llegar el anochecer, en un momento dado comprendí aterrorizado que había quedado solo en medio de las escaramuzas. En poco tiempo los soldados adversarios al descubrirme cargaron sobre mí y tras una breve lucha, alguien me sacó del lugar alzándome por el aire, después que asestaran la estocada final a mi existencia.
Y fue desde allí arriba cuando sentí mucha indignación después de tanto pelear como un bravío peón de nuestro ejército, al observar en ese instante a nuestro cobarde rey, que buscaba esconderse en el tablero detrás de una torre, suplicando a su dama que por favor lo defienda de los jaques amenazadores que se cernían sobre su vida.

28/7/16

La dama traviesa

La llegada del buen tiempo va derritiendo la nieve del jardín de la planta baja, y poco a poco van apareciendo las cosas que ha ido sepultando a lo largo de todo este tormentoso invierno. La semana pasada apareció en el buzón un libro de ajedrez que había comprado por Internet y me lo habían enviado por correo. Ayer encontraron la dama blanca que se me cayó de la mesa cuando luego de analizar una partida en el tablero de ajedrez, estuve tratando de guardar las piezas en su caja de madera. La dama se fue rodando muy traviesa hacia la puerta de entrada y cuando ya la estaba por alcanzar con mi mano derecha, una ráfaga de viento abrió la puerta y me caí, resbalando sobre el hielo de la escalera de acceso en plena tormenta de nieve. Si sigue este buen tiempo, la semana que viene seguramente descubrirán mi cuerpo, junto a la caja de madera firmemente aferrada a mi mano izquierda.

17/7/16

La esquiva dama negra

Cuando abrió la caja conteniendo las piezas para disputar la partida de esa noche y las fue ubicando en el tablero, no estaba a la dama negra, entonces sonrió, la tomó del bolsillo de su saco y la colocó en su lugar. Era el mismo juego con el que había disputado la partida la noche anterior, en el torneo que había organizado el club de ajedrez.
Justamente ayer se había celebrado el día de San Valentín y un amor esquivo de su vida había impregnado su espíritu durante toda la partida. Esa  noche con las piezas blancas, ansió desesperadamente capturar a esa hermosa dama negra de madera, que aparecía ante sus ojos como su pretendida, tan distante y temerosa de enamorarse de un hombre blanco.
Luego de una lucha tenaz, finalmente logró su objetivo, pero cuando estaba gozando de la apetecible toma de esa esquiva dama con su caballo, escuchó el grito repentino de “¡jaque mate!” de su rival, que le paralizó el corazón. Y entonces, luego de saludar a su rival, guardó subrepticiamente la pieza en el bolsillo de su saco, porque quería que su esquiva dama negra, lo acompañara en su solitaria noche de los enamorados.
Y fue allí, cuando al darse vuelta sucedió el milagro de San Valentín, al encontrase mágicamente con los verdes ojos de ella que lo estaban mirando con un resplandor divino.


18/9/15

Sentimientos contradictorios

El ex maestro de ajedrez estaba atormentado. Hacía algún tiempo que había tomado la decisión de retirarse de toda actividad ajedrecística, luego del disgusto e irritación que le produjo haber perdido aquel mach final definitorio por el título de campeón de su país. Pero luego, no podía sepultar en su mente esta decisión y ello le había llevado incontables lágrimas, penas, remordimientos y muchos otros sentimientos contradictorios en la soledad de su vida.
Ese día al levantarse, la cara en el espejo le devolvía una imagen lamentable. La enjuagó varias veces con agua fría tratando de disipar las huellas del insomnio permanente que sufría en las noches. Recién se durmió en la madrugada y cuando la mañana había avanzado, no había escuchado el reloj despertador.
- “Voy a llegar tarde al la oficina”- reflexionó, sabiendo que no era la primera vez, ni sería la última. Realmente no le importaba. Había renunciado a su trabajo como profesor en una escuela de ajedrez del municipio donde era muy apreciado y se había empleado en esa oficina donde realizaba un trabajo rutinario, que si bien le proporcionaba un más cómodo subsistir económico, lo veía ahora como una trampa donde se encontraba prisionero.
Se vistió con desgano y echó un último vistazo a la imagen que se reflejaba en el espejo del ropero. Era un hombre alto y delgado,  rondando los cincuenta, de cabello negro poblado de algunas canas, de rostro reflexivo y mirada sombría. Cerró la puerta del armario y desde el dormitorio se dirigió hacia el balcón de su departamento. Permaneció inmóvil por un momento, observando, tratando de postergar lo más posible su salida. Allá abajo, en la calle, cientos de personas circulaban por la gran ciudad apuradas e indiferentes tratando de llegar a sus respectivos lugares de labor. No podía dejar de pensar que tras cada uno de ellos se escondería alguna quimera como la de él. Un largo suspiro puso fin a sus cavilaciones.
Sus ojos vagaron por última vez sobre el paisaje urbano antes de dirigirse hacia la puerta de salida. Con aquella desesperada decisión de abandonar para siempre el ajedrez, que había tomado luego de haber perdido el mach en aquella noche aciaga, algo se había quebrado en su interior. Se le había apagado en su alma el fuego sagrado, la llama votiva de su vida. El motor que lo movilizaba había dejado de funcionar y ahora no era más que un ser que escondía el vacío que había dentro de él.
Salió a la calle para enfrentar la nueva jornada cargando una pesada mochila sobre sus espaldas, con el utópico propósito de reencontrar sus ganas de vivir. Nunca pensó que la vida por delante podía ser un largo tormento después de ver sus ilusiones hechas añicos, esparcidas sobre las piezas de aquel tablero, en aquella partida definitoria. Estaba tan exasperado y enojado consigo mismo, que había decidido retirarse para siempre, sin pensar que tal vez en el futuro esa herida producida en su alma terminara finalmente por sanar.
Por momentos, ansiaba ser capaz de volver a pisar un salón de ajedrez y jugar una nueva partida sin que se le anudara la garganta cuando esos recuerdos acudieran a su memoria. No sabía cómo hacer para contenerse cuando recordaba aquellas vivencias placenteras en la enseñanza de los chicos, trabajando como profesor de ajedrez. Sin embargo, las jugadas y posiciones de aquel mach fatídico siempre resurgían en su mente, rescatando oportunidades perdidas, encendiendo fuegos apagados y reabriendo heridas cerradas, pero que no habían sido del todo cauterizadas.
Su mente siempre lo llevaba a los empujones por esa marea de angustia que lo dominaba, impidiéndole tomar un respiro, para  poder orientar el timón hacia el rumbo correcto de su vida. Se hallaba atado a ese pasado de tal modo, que estaba virtualmente impedido de vivir su presente y mirar hacia el futuro, indefenso e inmerso en una oleada de ansiosas emociones contradictorias en su mente.
Entonces, en el camino por las calles de la ciudad al dirigirse hacia la oficina, se dijo con firmeza que no podía continuar de esa manera y debía hacer algo de una vez por todas. El futuro de su vida estaba en juego. Debía dejar de ser esa persona taciturna y reconcentrada en la que se había convertido, para volver a estar en paz consigo mismo. Lo que había quedado atrás ya había pasado y no podía estar sometido a una revisión constante de sus errores. No podía dejar que lo invadiera siempre la nostalgia como una niebla adormecedora que lo llevaba hacia la muerte emocional.
Con ese pensamiento, al llegar a la oficina se dirigió a su escritorio donde reposaba la computadora, buscó una página de ajedrez en la Web y luego comenzó a teclear con determinación. Tomar esa decisión le había llevado tan sólo unos breves instantes y el pensamiento de sentirse liberado tan rápidamente de esa opresión malsana le arrancó una sonrisa. Cuando retiró las manos del teclado había recuperado su cordura y luego exhalando un suspiro de alivio, se dirigió resueltamente a la oficina del Gerente de la Compañía.
Al otro día, ante la alegría de los aficionados, los medios de comunicación informaron que el ex maestro había decidido retomar su cargo de profesor de ajedrez en la escuela municipal y su retorno a la práctica profesional, inscribiéndose en el torneo clasificatorio para el nuevo campeonato del ajedrez de su país.












Versión ilustrada por Frank Mayer. España. Octubre 2015


8/8/15

La tarjeta postal

A fines del siglo pasado estaba disputando la partida definitoria de un torneo internacional de ajedrez por correspondencia, con un rival de un país vecino. En aquella época, los movimientos de las partidas, eran comunicados mediante una tarjeta postal diseñada especialmente para ello, estipulándose el tiempo de juego en días por jugada realizada.
En esa modalidad ajedrecística, yo podía analizar cada movimiento sin la presencia de mi contrario esperando que juegue, sin el agobiante tic-tac del reloj y en la completa tranquilidad de mi hogar. De esa manera, podía contar con un registro de las ideas o variantes y consultar libros u otros materiales escritos. En esa época no existían los ordenadores. Lógicamente, la duración de las partidas se extendía notablemente en el tiempo y esa contienda ya casi llevaba un año.
Estaba definiendo la última partida del torneo donde empatábamos el primer puesto, luego de una ardua lucha con los otros rivales. Se había desarrollado una disputa larga y encarnizada, pero ya estábamos en la fase final. Con negras a la salida natural del peón rey de mi adversario respondí con igual respuesta y a la jugada natural de salida del caballo del rey a tres alfil, contesté con una jugada similar. De esa forma, entré en una defensa Petroff del cual era un experto y contaba con muchísima bibliografía y el antecedente de una cantidad enorme de partidas realizadas en torneos donde se había empleado esa variante.
Luego de la apertura había efectuado una rápida movilización de mis fuerzas y una correcta disposición de los peones, a fin de conquistar el centro del tablero. La lucha en el medio juego fue intensa, no exenta de belleza con maniobras ingeniosas e inteligentes y ahora habíamos entrado en un final muy complejo. La jugada que debía realizar me llevaría bastante tiempo de análisis, porque intuía que podía ser la que definiera esa partida trascendental. 
La búsqueda de las variantes adecuadas, me hacían desvariar y encontrarme ausente del mundo que me rodeaba. Sentía una opresiva y tortuosa sensación, y no podía evitar la impresión de ser perseguido por una infinidad de fantasmas invisibles que incansablemente me rondaban, acechaban y perturbaban sin darme tregua. Esa posición aparecía en mi mente en cualquier parte, en cualquier momento, en las noches, mientras estaba en la oficina o cuando hacía las cosas de todos los días. 
–“¿Me estaré volviendo loco?”-, me preguntaba. Después de todo, la locura debía ser algo parecido, porque mi mente vagaba libre, inalcanzable, lejos de las limitadas fronteras de lo material, tratando denodadamente de hallar la contestación exacta de esa partida. Mas la jugada salvadora no aparecía y el fin del día estipulado para hacerla ya estaba por vencer.
Pero en ese anochecer, cuando estaba sentado en el ómnibus para retornar a mi casa desde la oficina, un relámpago estalló dentro de mi cabeza y la certeza de lo que debía hacer me sacudió con vigor, despertándome de ese estado en que permanentemente me encontraba. Era mi última oportunidad.
Cuando  llegué a mi casa corrí desesperado a mi habitación y me paré frente al escritorio sobre el cual estaba el  juego de ajedrez. Arrimé la silla y me senté. Ubiqué las piezas con manos temblorosas en la posición de la partida y esperé en una intensa súplica, con mis dedos reposando sobre el expectante tablero. La jugada decisiva aparecía allí frente a mi vista y ya al hacerla quedé inmóvil y agotado.
Un creciente cosquilleo me anunciaba que la incontenible marea se estaba aproximando. Lentamente primero, desenfrenadamente después, las numerosas combinaciones se desarrollaron sobre el tablero  Las sombras chinescas de las piezas se proyectaban en una danza sin fin, brotando alternativas y variantes que habían estado ocultas y que fueron cobrando vida, escapándose del oscuro encierro de mi mente. Me parecía una eternidad el tiempo que había luchado por conseguir esa ansiada respuesta. Pero el momento tan esperado había llegado por fin.
Aparté las manos del tablero y me sequé la frente húmeda. Sentía un alivio indescriptible, porque había logrado la respuesta  perfecta a esa posición tan compleja. Decidí entonces volver a estudiar la jugada con gran cuidado, para ver si había tenido en cuenta el más mínimo detalle. Empecé a repasar todo una y otra vez, y en un momento dado estaba tan eufórico, que sentía como si esos análisis fuesen conducidos por la mano invisible del mismo Capablanca. Comprendí finalmente que había logrado con esa jugada, un final muy promisorio y prometedor.
Luego de enviar la tarjeta postal, la espera de mi adversario comenzó a carcomerme el alma, porque el tiempo siempre fue para mí una obsesión desde muy pequeño. Había tratado de olvidar la partida, pensando en otras cosas o sumergiéndome en el trabajo rutinario de la oficina, pero no lo había conseguido. Me preguntaba que pensaría mi rival de esa jugada, que significado tendría para él y que emociones pasarían por su espíritu, cuando transitara silenciosamente el estudio de la respuesta signada en mi tarjeta postal.
En la soledad de mi vida, quería descansar mi mente, pero no lo lograba. Las noches estaban plagadas de figuras de ajedrez que me privaban del necesario bálsamo del sueño, transformando ese tiempo en un sinfín de escaques de pesadilla. Muchas veces me despertaba en la madrugada bañado en un sudor frío, victima de esos pensamientos. Pasaban los días y estaba desesperado, con mi cabeza dando vueltas. Lo que más quería en este mundo era recibir esa tarjeta de respuesta.
El tiempo pasaba y como la tardanza comenzaba a hacerse larga, el plazo estipulado para la contestación ya estaba por vencer. Sabía que mi rival no abandonaría la partida tan fácilmente, ya que la perseverancia en el análisis era uno de sus atributos más fuertes. Finalmente el día límite que debería recibir la respuesta había llegado y al mirar el reloj después de despertarme, consideré que era temprano y que todavía faltaba algún tiempo para que arribara el cartero. Eran las diez de la mañana cuando el hombre por fin vino a casa, trayendo la ansiada tarjeta.
Al entregármela traté de ojear la jugada pero no lo hice, porque súbitamente comencé a sentir esa particular y ominosa sensación paralizante que produce el miedo a lo desconocido y el temor me fue invadiendo progresivamente. Cuando entré en mi casa y me decidí a ver la jugada, me sentí desconcertado, aturdido y sin reacción. El tiempo transcurría mirándola, pero mi mente se negaba a asimilarla. La impotencia me sacudía el pecho con una angustia que amenazaba mi cordura, mientras sostenía la tarjeta con los dedos, contemplándola una y otra vez.
Como hipnotizado por la incredulidad, me dirigí  hacia la habitación donde tenía el ajedrez, caminando lentamente como un autómata, y mientras los ojos se me iban llenando de lágrimas, todo a mi alrededor se fue volviendo borroso e irreal. Lo que tenía en la mano era la jugada decisiva y trascendental, tan bella e irreal que no la había previsto y en esa tarjeta postal estaba la prueba irrefutable de mi derrota, que luego constataría fehacientemente con las piezas sobre el tablero.

  



Tarjeta postal de ajedrez 





 Versión ilustrada por Frank Mayer

22/7/15

Lágrimas y piezas de ajedrez

Cuando yo era pequeño mi padre era taxista y como no tenía horario fijo se permitía alguna que otra travesura con amigos. Recuerdo en mi infancia las escenas de llanto de mi madre encerrada en su domitorio, cuando él  llegaba a casa a  altas horas de la noche. Yo dormía en el sofá del living y entonces mi padre protestando extendía un colchón sobre el piso, y para conciliar el sueño nos poníamos a jugar al ajedrez. Y así, rodeado de quejas y lágrimas de cocodrilo, fui aprendiendo el arte de ese juego maravilloso.