6/7/20

Ajedrecista extraterrestre

Cuando la policía lo detuvo al tratar de ingresar por la fuerza en un club de ajedrez sin poder identificarse y aportar documentación alguna, nadie creyó su historia. Decía que llevaba un disfraz humano y que se había escapado de un grupo de platos voladores, para descender subrepticiamente en este planeta, porque era un fanático ajedrecista y había venido a jugar unas partidas.
Por tal motivo, y considerando que estaba loco, lo confinaron en un hospital neuropsicriátrico. El facultativo que lo atendía sonreía al escuchar su relato, pensando que su paciente se creía un ajedrecista extraterrestre y trataba de evadirse de la realidad. Sin embargo le surgió la duda, cuando vio por la ventana que sobre el cielo del parque del establecimiento sobrevolaban varios platos voladores como si lo estuviesen buscando.
 


29/5/20

Un peón perverso

Cuando un peón negro bastante malvado avanzaba agresivamente por el tablero, fue amenazado por un caballo blanco y al encontrarse encerrado, le suplicó que no lo comiera. El caballo que en ese momento estaba empeñado en amenazar a la dama, lo perdonó y realizó otra jugada sin hacerle daño.
Algún tiempo después, el caballo por una falsa maniobra quedó amenazado por dos peones negros y cuando uno de ellos ya estaba por comerlo, sintió la voz de su compañero que le decía:
— Ese caballo me salvó la vida.
Al oír esto, el peón negro frenó en su intento apiadándose del caballo, y entonces el perverso peón aprovechó para comerlo sin remordimiento alguno.
 

28/5/20

Ser un gran maestro de ajedrez

Un aficionado al ajedrez, después de haberle ganado una hermosa partida a un sacerdote amigo, le hizo un comentario cuando estaban analizando las jugadas realizadas.
— La recompensa que yo deseo por haber ganado esta partida es que Dios me haga llegar a ser un gran maestro de ajedrez.
— Eso sería muy gratificante, sin duda—, le contestó el sacerdote, pero es una lástima, porque Dios no te va a regalar nada si no te pones a estudiar con dedicación para lograr esa distinción.
— Entonces, ya que no puedo esperar una recompensa del Todopoderoso, me doy por satisfecho con la partida que le he ganado a su representante—, le dijo sonriendo el aficionado, mientras seguía mirando pensativo las piezas del tablero.
 

El peón amenazado

Un peón amenazado por un caballo buscó escaparse, pero al avanzar se ubicó en el tablero junto a una torre enemiga.
— Avanzaste allí inútilmente porque la torre te comerá antes que yo — , le dijo el caballo.
— Me da lo mismo ser comido por una torre o devorado por ti —, le respondió el peón.
— Me apena ver cómo consideras esta cuestión sin ninguna ecuanimidad, dado que deberías gratificarme a mí, quien fue el que se tomó el trabajo de saltar para amenazarte —, le dijo el caballo.


25/5/20

Alcanzar la cima

Busca en el ajedrez
luchar por ascender
hasta alcanzar la cima.

Y si acaso tropiezas,
trata de levantarte
reiniciando tu intento.

Así irás escalando
peldaño por peldaño
partida por partida.


21/5/20

El niño prodigio

Esa tarde un niño desconocido entró en la sala de juego del club de ajedrez con gesto sonriente, observó al grupo de ajedrecistas y se dirigió hacia una mesa rodeada de aficionados que seguían el desarrollo de una importante partida. Se paró frente al tablero, observó la posición y al ver que el desenlace era inminente, ante la sorpresa de todo preguntó con un gesto tímido e inocente si podía jugar con el ganador.
El ganador fue nada menos que el campeón del club quien aceptó gentilmente el reto con una sonrisa piadosa, y entonces el niño desafiante se sentó en el tablero conduciendo las piezas negras y comenzó la partida. El silencio era profundo, porque todos estaban expectantes por lo que habría de ocurrir.
Al promediar la partida el campeón comenzó a transpirar dado que el caballo negro se había situado en una casilla estratégica. Los presentes no podían creer lo que pasaba y empezaron a contemplar con respeto al chico desafiante en ese silencio profundo.
Hasta que el campeón sintió que sus piezas blancas estaban acorraladas, porque las jugadas del chico eran como la de un verdugo. Su acometida avanzaba, inexorable y sus piezas lo iban cercando en un círculo fatal. El suspenso era total, nadie se movía y los ojos de los presentes estaban clavados sobre el tablero o sobre la figura del extraño niño desafiante.
Hasta que sucedió lo inevitable y el campeón inclinó su rey extendiendo la mano al desafiante. Poco a poco, mientras el hielo se deshacía, uno de los espectadores de la partida atinó a preguntarle al niño.
—¿Como te llamas?
— Bobby... Bobby Fisher —, le respondió el chico.
Cuando Boby se puso de pie, comenzaron los aplausos y el perdedor se acercó al héroe de esa tarde y felicitándolo, le dijo que si seguía en esa senda seguramente tendría un futuro de éxitos en su vida ajedrecística.
 

16/5/20

El viejo maestro de ajedrez

Cierta vez un viejo maestro de ajedrez estaba bastante cansado después de ganar en una intensa y dura partida en un torneo importante de ajedrez, y ya en la madrugada se sentó en la barra de un bar que estaba abierto para tomar un café con el fin de reconfortarse.
Vestido con traje y corbata, el maestro tenía sus ojos vivaces a pesar de sus años, y con su cabeza calva rodeada de pelo canoso, su figura no pasaba desapercibida para el barman, quien lo miraba con cierta incredulidad y el ceño fruncido, tratando de reconocerlo en la tenue penumbra que había en el bar.
Pero cuando le hizo el pedido, el barman cambió el semblante de su rostro por completo y sonriéndose con simpatía, le dijo que tenía un gran placer de que haya concurrido a su bar y así poderlo conocer personalmente, manifestándole que como aficionado al ajedrez, siempre le había causado mucha admiración y alegría su larga y exitosa actuación ajedrecística.
El viejo maestro se llenó de orgullo y a la vez de sorpresa ante tamaña distinción, teniendo en cuenta que si bien había ganado algunos torneos importantes, su actividad no era muy difundida y conocida por el público en general, salvo en los medios ajedrecísticos.
Usted no sabe cuanto he disfrutado y aprendido de su juego viendo sus partidas , le repetía el barman sin cansarse de declararle su idolatría. El maestro no sabía como hacer para agradecer semejantes elogios, mientras consumía su café, aferrando el mango del pocillo con manos nerviosas.
¿Cuanto le debo? ꟷ, le preguntó finalmente, luego de sorber el último trago.
No, por favor! Después de todas las satisfacciones que me ha dado, no me parece justo cobrarle a un famoso jugador como Miguel Najdorf , le respondió el barman, brindándole una amplia y afectuosa sonrisa al viejo y atribulado maestro de ajedrez.
 

13/5/20

Pasión ajedrecística

Fue de pronto por sorpresa,
que el ajedrez dió a mi vida
una pasión desmedida
y el éxito de promesa.
El tablero me embelesa
con su ritmo palpitante,
y con asedio constante
conduzco todas mis piezas,
realizando destrezas
en una lucha vibrante.


16/4/20

Viejas piezas de ajedrez

El maestro de ajedrez estaba aburrido en su casa donde debía permanecer encerrado por la cuarentena, debido a la pandemia producida por un virus que estaba azotando al mundo, y silenciosamente se dirigió entonces al living con la intención de ver algún programa de televisión. Pero en el pasillo de acceso, le llamó la atención un armario empotrado en la pared y pensando encontrar algún libro para leer, decidió a revisarlo. Fue allí que en la parte superior encontró arrumbada una caja que contenía el primer juego de ajedrez de madera de su vida.
Tomó la caja con curiosidad y al llevarla al living y extraer el contenido de las piezas que había en ella, percibió que estaban cubiertas de polvillo y algunas de ellas rotas, con sus bases separadas de los cuerpos.
— Deben haber estado allí más de treinta años —, se dijo pensativo, mientras observaba con pesar los rayones y las manchas que salpicaban sus superficies.
Entonces fue a la cocina y volvió al rato con un pegamento, un poco de algodón y una botella de alcohol, como si tuviera que dar los primeros auxilios a un herido. Luego humedeció un pedacito de algodón y comenzó a limpiar cada una de las piezas, viendo como increíblemente al eliminar el polvo, el color revivía al frotar el algodón.
Repitió la operación reiteradas veces, soplando cada tanto para acelerar la evaporación del alcohol, hasta que finalmente al llegar el momento en que le era imposible seguir mejorando más el aspecto de las piezas, se puso a pegar las partes deterioradas. Luego de terminar la tarea, al observar las viejas piezas con detenimiento, pensó que a pesar de todo no habían quedado tan mal.
Para el maestro era como reencontrar a unas viejas compañeras de batallas, desgastadas de tanto ser vapuleadas durante sus primeros anhelos ajedrecísticos, en las muchísimas partidas que había jugado con su padre y sus amigos. Evidentemente en un momento dado, la caja con las piezas había ido a terminar sus días en el oscuro estante de ese armario, de donde hoy las había rescatado dispuesto a revivirlas con cariño. 
Y allí permaneció parado, fascinado y sacudido por las nostalgias que lo transportaban a los tiempos lejanos de su juventud, porque justamente eran ahora esas mismas piezas las que milagrosamente rescataban con cariño sus recuerdos del pasado, los que estaban escondidos en algún lugar de su corazón.
 

9/3/20

Sueño de juventud

Lanzó una mirada rápida al reloj de la mesita de luz. Eran la cinco de la mañana y sintió una ráfaga de angustia al comprender que ya estaba amaneciendo y que todavía no había podido conciliar el sueño, desvelado por sus pensamientos. Estaba por cumplir los catorce años, había terminado el colegio primario y trabajaba como ayudante en el almacén de su padre en el pequeño pueblo de la zona serrana donde vivía.
Ya desde niño jugaba muy bien al ajedrez y si bien había participado con éxito en todos los torneos que se habían organizado en la escuela, ambicionaba con fervor dedicarse a jugar profesionalmente. Pero para ello debía convencer a su descreído padre que no lo afectaría para nada los estudios que debía comenzar en una escuela secundaria de la Ciudad aledaña a su pueblo, si se capacitaba también allí con un profesor de ajedrez que le habían recomendado en la escuela.
Miró hacia el techo de chapa de su dormitorio pensando que si por lo menos lloviera, el ruido de las gotas le daría una excusa para poder dormir. Entonces dejo de pensar en en la tenaz negativa de su padre y entre sueños decidió levantarse convencido de que lo mejor que podía hacer era ponerse la ropa, salir de su casa y buscar que sus pies lo condujeran caminando a la Ciudad para consultar a ese profesor.
Decididamente había tomado la decisión de perfeccionar su juego ajedrecístico y ser maestro de ajedrez sería el destino de su vida, con sus metas, objetivos y ambiciones. Al caminar por las calles de su pequeño pueblo hacía bastante frío y en esa mañana no se veía un alma en varias cuadras a la redonda. Los negocios estaban todos cerrados cuando ya terminaban de disolverse las últimas sombras de la noche ante el comienzo del amanecer.
Sintió un escalofrío y decidió caminar más rápidamente para que poco a poco su cuerpo entrara en calor. Luego de atravesar su pueblo optó por tomar un sendero extraño e intrincado que apareció repentinamente ante sus ojos, porque tenía la completa seguridad que acortaría notablemente el camino. Era una decisión arriesgada y sonrió al tomar ese desafío, porque pensó que seguir por el largo camino normal sería tan fácil como la de su actual trabajo rutinario de ayudante en el almacén de su padre.
En ese horizonte que le marcaba esa senda sinuosa por la que transitaba, se alegró cuando de pronto se recortó ante su mirada la silueta de la gran Ciudad que lo atraía como un imán y le señalaba que había tomado el camino correcto. Agudizó su mirada para distinguirla bien, pero lamentablemente tenía que atravesar un entorno montañoso rodeado de árboles y el sendero terminaba en una gigantesca muralla rocosa. Buscó por todos los medios la manera de esquivarla, pero no había caso, dado que era tan ancha que se perdía en el horizonte y tan alta y empinada que era imposible escalarla. Finalmente, luego de una paciente búsqueda encontró un túnel oscuro y profundo que estaba oculto tras unas plantaciones.
Si bien era un largo pasadizo lúgubre y húmedo, como estaba apenas iluminado por un reflejo que provenía del final del mismo, tuvo esperanzas que pudiera atravesar la muralla. Se dijo que si había llegado hasta ahí, debía continuar y se introdujo como pudo, caminando lentamente por él. Pero a medida que se aproximaba al otro extremo el túnel se fue haciendo más bajo y estrecho, hasta que finalmente le resultó imposible desplazarse caminando.
La incertidumbre y la claustrofobia habían comenzado a invadirlo poco a poco, pero decidió seguir avanzando apoyado sobre sus rodillas y manos, en medio de una oscuridad que solo alteraba esa pequeña claridad que había al final del trayecto.
A medida que se desplazaba, sus manos se sumergían en una especie de barro gelatinoso, pegajoso y desagradable, mientras sus rodillas resbalaban haciéndole difícil avanzar. El aire se volvía irrespirable y su hediondez lo estaba matando. Quería poder avanzar, pero ello lo estaba obligando a realizar un gran sacrificio en medio de esa realidad adversa y se sentía bastante abatido.
Miró hacia el extremo final del túnel y se reanimó al ver que aquella luz estaba mucho más cerca. Siguió deslizándose laboriosamente y si bien la claridad se aproximaba hacia él, cada movimiento le originaba un gran esfuerzo y tenía un enorme cansancio. Pero no se quejaba y una firme voluntad lo animaba. Hasta que cuando llegó al final del túnel, divisó sorprendido una puerta transparente de cristal que formaba una brillante figura de un tablero de ajedrez con las piezas dibujadas por la luz proveniente del lado exterior.
Se incorporó como pudo y cuando con su mano vacilante empujó la puerta para tratar de salir, una luz intensa lo encandiló. Después de unos segundos cuando volvió a abrir los ojos, quedó atónito, parpadeando con dificultad para ver lo que tenía ante sí. La luz del sol sobre su rostro lo envolvía y fue en ese preciso momento cuando se despertó sobresaltado sacudiendo sofocado la cabeza, y se sentó en la cama como impulsado por un resorte. Miró hacia la ventana, donde los rayos del sol de media mañana se filtraban por las hendijas de la persiana hacia donde él se encontraba reposando.
La conciencia de la realidad lo fue devolviendo poco a poco al tiempo presente, sobre esa cama de sábanas solitarias y revueltas. Un tenue resplandor incidía en las agujas del reloj que indicaban que eran las diez de la mañana. Con la boca reseca, se incorporó lentamente y se dirigió hacia la cocina. Abrió la puerta de la heladera y vertió de una botella una abundante cantidad de agua fresca en un vaso, que bebió de un trago.
Luego se dirigió al baño y se mantuvo debajo del chorro de la ducha un largo tiempo, permitiendo que el agua le recorriera el cuerpo como si fuera un suave masaje. Se secó despacio, pensando en el significado del sueño que había tenido. Evidentemente al abrir esa puerta y despertarse, había atravesado la muralla y allí estaba la luz que finalmente lo conduciría a su destino final. Se encontraba ahora lleno de potencialidades y estaba decidido a convencer de una vez por todas a su padre para tomar esas clases de ajedrez en la Ciudad.
Ese sueño de su juventud fue una premonición y una enseñanza de que no era una tarea rutinaria lograr concretar sus ambiciones y deseos de triunfar en la vida, sino que para ello eran necesarios realizar muchos sacrificios. De esa manera, luego que su padre finalmente lo autorizara, tanto su aprendizaje como su carrera ajedrecística, fueron encontrando igual que en aquel sueño grandes dificultades y obstáculos en su camino, pero siempre trató de sortearlos mientras iba evolucionando en su técnica. Hoy es un consagrado maestro de ajedrez donde el éxito y la fama lo acompañan por todo el mundo.


4/3/20

Ajedrez mutante

Esa noche después de ganar una intensa partida de ajedrez en el torneo del club, el maestro se recostó en la cama para analizarla sobre un pequeño juego portátil, como forma de conciliar el sueño.
Al quedarse dormido tuvo una pesadilla, en la que se encontraba en el universo viendo la misma partida que esa noche disputó con su rival, donde las piezas se movían sobre un enorme tablero flotante de cuadrados blancos y negros.
Pero lo escalofriante de ese sueño fue el comprobar que las piezas de ajedrez se fueron convirtiendo repentinamente en seres humanos de carne y hueso, que luchaban ensangrentados unos contra otros en un violento embrujo endiablado, de acuerdo a las posiciones que se iban produciendo.
Aterrado porque la partida se había convertido en espeluznante y sangrienta, escuchó la voz celestial de la diosa Caissa, quien le dijo que esa estremecedora mutación iba a terminar cuando concluyera esa contienda ajedrecística, y que luego las características físicas de las piezas volverían a ser igual que antes.
Y al despertarse de esa pesadilla justo en el momento en que los seres de su rival abandonaban la lucha, pudo constatar la veracidad de esa aseveración, al ver el tablero y las relucientes piezas del juego de ajedrez caídas sobre las sábanas revueltas de su cama.
 

27/2/20

Ajedrez salvador

Estaba esperando el arribo del equipo de rescate, mientras caía la noche en un refugio de la montaña. Como el frío se fue haciendo cada vez más intenso buscó unas leñas para hacer un fuego, pero como estaban húmedas no podía encenderlas. Entonces recordó que en su mochila guardaba un pequeño juego de ajedrez portátil de plástico, que era fácilmente combustible. Cuando despertó en el hospital, le dijeron que el juego de ajedrez le había salvado la vida.
 
















Seleccionado VII Concurso de Microrrelatos.
Publicado en el libro: Inspiraciones Nocturnas.
Diversidad Literaria. España. Febrero 2020.

22/2/20

El peón diferente

Había una vez un peón blanco que al llegar a la última fila del tablero de ajedrez, sintió en unos segundos como que una rara metamorfosis se estaba operando en él. Y al convertirse en un nuevo ser con una apariencia diferente, se avergonzó, pensando en las miradas suspicaces y burlonas que seguramente le lanzarían los otros peones.
Pero un momento después quedó tan asombrado, que ni él mismo lo podía creer. ¡Se había transformado nada menos que en la bella dama que ahora reinaba a todos los peones blancos del tablero!

Moraleja: Ser diferente no debe avergonzar a nadie.