22/5/18

Aprendiendo a cabalgar

Pensaba que el ambiente estaba bastante fresco y que el día era ideal para cabalgar, mientras sostenía con cuidado a un hermoso caballo blanco para estudiar la forma de poder realizar unos saltos con él. Al principio le había resultado difícil determinar con precisión la forma de encararlos, pero poco a poco, con su mano paciente fue adquiriendo confianza en los movimientos. 
De pronto escuchó a su madre que lo llamaba:
― Nene, terminá de practicar con ese caballo y vení a almorzar ―
Entonces, resignado, dejó el juego de ajedrez en el living  y con una sonrisa pícara, se dirigió trotando al comedor.

21/5/18

El héroe de la batalla

Una mano abrió la tapa y la oscuridad que me rodeaba se llenó nuevamente de luz. Me puse muy contento dado que llevaba mucho tiempo encerrado en esa caja de madera alta y estrecha como un ataúd, donde no podía moverse, ni ver nada. Estaba en una especie de letargo, luego de tantos días llenos de soledad y tristeza.
Los dedos entraron y me depositaron con mucho cuidado con mis acompañantes sobre la mesa vacía donde estaba el tablero y respiré el aire fresco que venía del exterior, mientras me balanceaba levemente encandilado sintiendo el parloteo de los contendientes. La mano me colocó en G1 y allí estaba encantado al lado del alfil blanco del rey, mientras del otro lado, en B1, estaba mi hermano gemelo junto al alfil de la dama.
El hecho de entrar en combate me daba mucha alegría, porque desde el primer momento me iba a jugar el todo por el todo, ya que ambicionaba ser el héroe en esa vibrante lucha que se avecinaba. Y así fue: la mano me movió en primer lugar, incluso antes que los peones y saltando por sobre ellos me colocó en mi nuevo sitio. Estaba muy orgulloso, pero al mismo tiempo sentía algún temor al ver en las filas de enfrente, allá a lo lejos, a todos aquellos peones negros amenazantes. Estaba ubicado casi en el centro del tablero.
Si bien era solo un simple caballo blanco de plástico, con la cabeza ligeramente alzada y un pelambre denso echado hacia atrás como acariciado por el viento, sentía que mi apariencia era señorial. Sabía que estaba en peligro mi vida en el tablero y por varios frentes, pero no me importaba demasiado, porque quería sobresalir dando todo de mí para hacer triunfar al ejército blanco y levantaba la cabeza como uno de esos corceles de las esculturas de los próceres, que exponen el cuello al enemigo, librando enfurecidos la batalla.
Las manos movían todas las piezas, de modo que rápidamente me encontré rodeado de figuras negras. Un peón se me puso delante desde el principio y pasé mucha zozobra en determinado momento de la lucha, al ser amenazado por uno de los alfiles negros. Luego de un tiempo, el peligro se hizo aún mayor.
La mano arriesgaba mucho y en un salto prodigioso me acercó al rey negro, exponiéndome a situaciones críticas en más de una ocasión y fue por pura suerte que el enemigo no me eliminara, prefiriendo cambiar uno de los alfiles negros por mi hermano gemelo. Entonces, observé como tristemente mi hermano que era tanto o más valiente que yo, luego de debatirse con todo coraje en el entrevero, murió en su ley, llevándose consigo al alfil negro fuera del tablero.
En un momento de la batalla la mano me desplazó hacia una línea lateral, casi cayéndose del tablero y esa inactividad me hizo sufrir un repentino estado de abatimiento y depresión. Pensaba que allí debería pasar el tiempo sin actuar y rumiaba en silencio mi angustia, mientras que mi espíritu se iba llenando de serenidades grises, como las de un paisaje de otoño. En esa paz que me encontraba sin que nada turbara mi calma, el sueño comenzó a invadirme y algo somnoliento me detuve a reflexionar.
¿No me atacaban porque me temían realmente los contrarios? O tal vez, pensaban que era un ser irrelevante que había estado danzando cómicamente sobre los cuadrados del tablero y me dejaban tranquilo porque consideraban que no tenía ningún valor en esa lucha.
De pronto, sin saber si había tenido un dormir o un despertar verdadero, me sentí amenazado y eso me puso eufórico, porque significaba que valía y que debía seguir luchando. Pero cuando advertí que me atacaba desde el borde del tablero sólo ese estúpido e insignificante peón negro, displicentemente lo esquivé con orgullo y arrogancia, saltando prestamente sobre él.
A veces, cuando luchaba contra piezas más importantes como la torre o la dama, me había sentido algo pequeño. Pero ahora, en el caso que me atacaran no me intimidaría, porque ambicionaba fervientemente eliminar a alguna de ellas, aunque tenía conciencia que eso solo ocurría en muy contadas ocasiones. Analicé mi figura y me dí cuenta que por lo menos estaba intacto y la verdad era que prefería ser un caballo entero y reluciente, no como ese minúsculo peón negro que me había amenazado y avanzado bastante por la columna lateral, que encima tenía el cuello algo mellado.
Observé toda la posición y noté numerosos e intrincados senderos y sentía la necesidad de saltar como un torrente sobre las huestes enemigas. Habían quedado ya pocas piezas y el rey contrario fue obligado a salir a pasear por el centro del tablero, ante una batería de jaques de la dama y torre blanca. Entonces, mi mirada advirtió en la primera línea, en B1, algo lejos del lugar que me encontraba y donde al principio había estado mi querido hermano, a la dama negra que había intentado temerariamente atacar a mi rey.
Esa dama ejercía sobre mí casi una fascinación y fue en el momento que noté que podría acercarse rápidamente, cuando sentí que se produciría en mi vida ese acontecimiento de grandeza que tanto ambicionaba. No era para menos, allí donde me encontraba, saltando con precisión y jaqueando al rey negro andariego, amenazaría a la vez a la dama.
Estaba pletórico de alegría, porque sólo de vez en cuando podría tener una sensación de triunfo como esa y todavía no podía creer que pudiera llegar a lograrlo. La mano me alzó con dos de sus dedos a su alrededor y en el aire apoyó sobre mi cabeza otro dedo con el que me daba pequeños golpecitos rítmicos.
Mientras mi sombra se movía sobre el tablero, me sentía envuelto en algo mágico y misterioso viendo las piezas desde arriba, sobre aquellos cuadros de madera alternados en claros y oscuros. Con la gracia que tenía aquella mano y lo reluciente y libre que se veía toda la primera línea.
―¿Por qué no me deslizaba de un lado a otro un par de veces para que todos me vieran mejor? ― ¿Por qué no me hacia bailar en el aire para celebrar la victoria? ― ¿Qué esperaba? ―. Cuando aquellos tres dedos me abrazaron por completo, percibí en todo mi cuerpo unas vibraciones acompañadas con una risa extraña y luego escuché esas conmovedoras palabras que me alegraron el alma ― ¡Jaque doble al rey y la dama! ―.
El contrario ni siquiera contestó y permaneció callado mientras movía el rey negro. Luego me sentí feliz cuando con movimientos a la par saltarines y furtivos, la mano me deslizó hacia el lugar que ocupaba la dama negra y luego de alzarla y depositarla entre las piezas comidas, me hizo descender y me deslizó al casillero B1, que ella antes ocupaba. Había alcanzado toda la gloria y paladeaba el sabor del triunfo.
―¡Me sentía como el gran hacedor de la victoria! ― ¡El héroe de la batalla! ―.
Pero ocurrió algo que ni por casualidad había previsto, porque allí en A2 estaba ese mellado peón negro bajo e insignificante que no valía gran cosa y que yo no le había dado ninguna importancia. Al descubrirlo en ese punto de avanzada, traté de perseguir en mi memoria la luz del discernimiento, pero cuando la hacía subir a la superficie, se apagaba justo en el momento que se iba a convertir en comprensión. No lograba dominar mis ideas, todo se disolvía en medio de mi máxima angustia. ―¿Acaso habría de morir tan tontamente en las manos de ese peón? ―.

Sólo temblor y palpitación fue mi propia respuesta. Realmente no hubo ninguna lucha y de inmediato estuve liquidado. Aquel peón fue mi final y lo que me quedó era solo amargura, mientras la mano del contrario me alzó y fui a parar en el último lugar de la hilera de piezas comidas.
Así como a veces se sumerge la cabeza en el pecho para reflexionar, comprendí que con su espíritu lleno de ansias de triunfo y signado por ambiciones de grandeza, había despreciado el inmenso valor que puede emanar de la propia humildad. Todo aquello había sido un error y allí me percaté que yo no le había dado la importancia que realmente merecía ese peón aparentemente intrascendente.
La mano del contrario me dejó y se alejó raudamente en dirección al tablero para retirar con gran cariño y delicadeza el cuerpo moribundo de aquel peón negro, que había ofrendado su vida para hacer resucitar a la dama negra, que en última instancia le dio el triunfo al ejército enemigo.
La realidad fue que el héroe de la batalla no había sido otro que aquel triste y humilde peón que yo tanto había subestimado y despreciado. ―¡Que cosas extrañas pero a la vez maravillosas tiene la vida! ―, pensaba con tristeza, mientras la mano lentamente me encerraba nuevamente en esa caja de madera alta y estrecha como un ataúd, donde me esperaban largos días de reminiscencia llenos de oscuridad y silencio.










Publicado en libro: Inquietudes Literarias.
Editorial Alsina. Buenos Aires. 2011.