14/3/19

La última partida

Estábamos cursando el último año en la carrera de ingeniería y como ambos éramos fanáticos del ajedrez, el destino quiso que nos conociéramos en un torneo organizado por la Facultad de Buenos Aires. Después de perder con ella la primera partida que disputé, la invité a un café y sonriendo, aceptó encantada. Ése fue el comienzo de nuestro noviazgo que duró algo más de un año.
Cuando nos recibimos, ella estuvo más interesada en alcanzar sus objetivos profesionales que en mantener una estrecha relación amorosa conmigo, y por ello, aceptó el trabajo en una empresa radicada en Madrid, mientras yo ingresaba en un humilde cargo de Docente Auxiliar en la Facultad. Sin embargo, nuestro vínculo sentimental continuó durante un tiempo más, manteniéndonos en una constante y permanente conexión por Internet, en la que aprovechábamos para jugar al ajedrez en la red.
Pero al poco tiempo nuestra relación empezó a tener muchas desavenencias, envueltas entre una desatada lucha ajedrecística que se producía en los tableros de nuestros monitores, en la que en la mayoría de las veces me ganaba, porque el nivel de mi juego iba decayendo paulatinamente, junto con mis esperanzas de amor.
Finalmente ella decidió cortar para siempre con nuestro contacto epistolar y entonces, decidimos jugar nuestra última partida por Internet como despedida, que me ganó como había ocurrido cuando nos conocimos. Al apagar la computadora después perder esa última partida y al irse oscureciéndose la pantalla, me vi reflejado con mi rostro compungido, pensando que también mi vida había perdido su amor.
Luego de aquella triste despedida, extrañé muchísimo aquellas partidas que jugábamos con ella  y entonces me anoté en varios torneos de ajedrez on-line que se organizan en la Web. Y aunque parezca mentira, hasta ahora he participado con bastante éxito, porque me he dado cuenta que envuelto en la tristeza y la soledad, he empezado a jugar mucho mejor.


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