19/4/19

Diosa protectora

Era un jugador de ajedrez con un fanatismo enfermizo, pero esa noche después de una sucesión de derrotas, creía que las llamas de su pasión se le habían apagado para siempre. Se había destacado en el ámbito ajedrecístico ganando algunos torneos, pero lo cierto es que los últimos meses habían sido terribles para él.
Casi sin darse cuenta, se encontró en esa noche ante la puerta del subterráneo y sumido en un ataque de desesperación decidió entrar, y luego, parado en el borde del andén junto a numerosas personas, un fugaz escalofrío le recorrió el cuerpo, mientras pensaba que le restaban escasos minutos de vida, porque cuando el tren entrara en la estación se arrojaría a las vías.
Echó una rápida mirada a las personas que estaban junto con él en el andén, esperando indiferentes y ansiosos la llegada del tren y luego, al comenzar a percibir el lejano rumor que le indicaba su proximidad, dirigió la vista hacia las vías. Fue en ese preciso instante cuando escuchó una dulce voz que le decía:
ꟷ Tranquilízate insensato que tu última hora no ha llegado aún ꟷ, y al levantar la vista quedó obnubilado, porque tenía frente a él nada menos que a Caissa la diosa del ajedrez flotando radiante sobre las vías, mientras sentía el rumor del primer vagón del subte, que ya se apreciaba entrando a lo lejos desde el andén.
Repentinamente, una completa oscuridad invadió la estación al cortarse la energía eléctrica, ante la sorpresa generalizada de la gente, mientras él seguía viendo a la diosa que estaba suspendida en el aire sobre las vías, irradiando su armoniosa majestuosidad.
Pocos instantes después se encendieron las luces de emergencia, mientras una voz metálica que provenía de un empleado provisto con un megáfono, anunciaba que el tren se había detenido y el servicio estaba interrumpido. Entonces él se dirigió hacia la salida junto al grupo de gente que pugnaba por abandonar la estación.
ꟷ Creo que tu intención de suicidarte por perder al ajedrez es alocada, y por ello te he salvado la vida. Te aconsejo que busques estudiar con calma cuales fueron los errores cometidos en las partidas que ocasionaron tus derrotas, y verás como adquieres la experiencia necesaria para no volver a repetirlos ꟷ, le dijo la diosa que lo acompañaba flotando, mientras él subía las escaleras que lo conducían a la calle.
Fue al salir de la estación en esa noche, cuando volvió a resurgir en su mente su fanatismo ajedrecístico y pensando en no desaprovechar esa oportunidad que se le presentaba en la vida, decidió solicitarle algo a la diosa. Y una vez que estuvo en la vereda, le pidió que a cambio de estudiar los errores cometidos en las partidas, lo dotara de la capacidad intelectual necesaria como para llegar a ser campeón mundial de ajedrez.
Ante este insólito pedido, la diosa quedó completamente sorprendida, mientras él seguía caminando mirándola como sobrevolaba nerviosa a su lado. En ese momento cruzó la calle sin ver que estaba a punto de cambiar la luz del semáforo, y cuando intentó apurar el paso al percatarse de ello, tropezó doblándose un pie y cayó pesadamente sobre el asfalto, justo cuando los automóviles arrancaron presurosamente con la luz verde, en medio de la oscuridad de la noche.
Conmocionado por la caída y al ver como los autos se acercaban velozmente hacia él, pensó por un instante que sus anteriores deseos finalmente se cumplirían, pero ahora ya no quería morir. Fue allí cuando vio nuevamente a la diosa y escuchó las estrepitosas frenadas de los coches, que se detuvieron solo a unos pocos centímetros de su cuerpo. Al tratar de reincorporarse sintiendo un dolor intenso en el tobillo, vio a Caissa que lo saludaba sonriendo y luego como se perdía a lo lejos su radiante silueta en la noche.
Poco después, él reposaba en una sala del hospital con uno de sus pies recientemente enyesado, mientras analizaba los errores que había cometido en una de sus últimas partidas de ajedrez en un pequeño tablero portátil de cuero, que siempre llevaba consigo.
— A tenido mucha suerte en salvar la vida cuando trató de cruzar la calle sin mirar, y encima tropezar y caerse en medio de los coches— le dijo el médico cuando se le acercó a revisarlo.
— Es que tengo una diosa que me protege y ahora estoy esperando que me conceda un pedido —, le contestó con una sonrisa, mientras apoyaba el tablero de ajedrez sobre la almohada.
 
 

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