23/1/22

Mi amigo campeón

Un día mi amigo, el campeón de ajedrez del país, vino de vacaciones a nuestro pueblo natal, y me encontré sorpresivamente con él en un bar. Hacía cerca de diez años que no lo veía desde la noche que jugamos la última partida en nuestro pueblo.

Lo saludé con amabilidad y le pregunté por sus hijos y su mujer. Ambos disfrutamos recordando las aventuras del ayer con nuestros amigos ajedrecistas. Un par de cervezas fueron el pretexto para actualizarme sobre los últimos años de su ausencia. En ese tiempo, yo había permanecido con mi vida rutinaria jugando al ajedrez en el pueblo, mientras que mi amigo estuvo recorriendo el país, envuelto en los laureles de sus triunfos ajedrecísticos.

Finalmente nos despedimos calurosamente en el bar con un abrazo tras otro y un fuerte apretón de manos. En ese efusivo encuentro, aprovechamos para intercambiar correos electrónicos y números de celulares, con la firme promesa de volvernos a encontrar próximamente.

Luego de despedirme y ya solo en la calle, recién pude dejar de fingir, para poderme desahogar de todo ese dolor que llevaba dentro. Nunca he podido olvidar la triste derrota en la partida de ajedrez que tenía ganada con él, en la final de aquel importante torneo regional organizado en el pueblo. Porque fue justamente el hecho de consagrarse campeón de ese evento, lo que le permitió a mi amigo catapultarse en su carrera ajedrecística

 


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