8/6/19

El nieto ajedrecista

El acelerado desarrollo tecnológico en el mundo, lo había superado por completo al abuelo. Los cambios habían sido tan veloces en los últimos tiempos que manipular la computadora o el celular era una especie de proeza inalcanzable para él. Pero igual seguía adelante, cumpliendo un rol importante acompañando a su pequeño nieto, que vivía entusiasmado con el juego de ajedrez.
— ¡Abuelo! ¡Vení que ya encendí la compu!
Una imperativa voz infantil lo llamaba desde el living.
— ¡Vamos abuelo!, ¿qué es lo que esperás?
Sus huesos cansados crujieron cuando se levantó del cómodo sillón donde estaba reposando y fue a ver a su nieto, que ansioso le estaba esperando sentado frente a la computadora.
— ¡Vení! ¡Mirá que bueno está esto!
Cuando el abuelo se sentó en la silla junto a la computadora para seguir las vicisitudes del juego, las piezas en el tablero de ajedrez aparecían en la pantalla bastante pequeñas y difusas ante sus ojos. En su juventud había sido un buen jugador de ajedrez y ganado varios torneos, pero ahora en la vejez las neuronas de su cerebro ya estaban oxidadas.
— ¿Ves? tengo mejor posición y ahora la estoy atacando con todo.
— Sí, ya veo —, le dijo, tratando dificultosamente de analizar la posición a que había llegado su pequeño nieto en la partida.
El abuelo era el compañero ideal para ese niño ajedrecista, porque satisfacía incondicionalmente todos sus requerimientos y siempre festejaba efusivamente sus logros. Si bien sus padres lo mimaban, él era para su nieto un derroche de complacencia.
— Vamos abuelo, ¿ te parece buena esta jugada?
— Me parece buena , pero tené cuidado por si dejaste colgada alguna pieza —, le contestó, como siempre lo hacía como forma de salir del paso rápidamente.
— Bueno, yo juego pero vos quedate a ver esta partida conmigo.
Ambos como en un acuerdo tácito se hacían mutua compañía. Después que falleció su esposa, la familia de su hijo habían venido a vivir con él y la presencia de su nieto eran ahora una inagotable fuente de alegrías y satisfacciones.
De pronto, su hijo apareció en la escena.
— Hola ¿A que están jugando? —, les preguntó.
— ¡Estamos jugando al ajedrez contra la computadora con el abuelo, papá. Quedate con nosotros para ver la partida.
Después de unos momentos los tres estaban con los ojos fijos en la pantalla, unidos por un indestructible lazo de afecto. Eran tres generaciones con sus corazones palpitando juntos.
— Sigan ustedes, que yo me voy a tirar un rato en la cama –, les dijo el abuelo, como forma de descansar, aprovechando que la llegada de su hijo lo relevaba momentáneamente de la demandante presencia de su nieto para acompañarlo frente al tablero.
— ¡Chau abuelo! —, le contestó su nieto agitando su mano como despedida , con esa inagotable energía que lo caracterizaba, y mientras él iba caminando lentamente hacia su cuarto, sentía como resonaban en su oído las risas del niño, apabullando a la computadora con sus jugadas. 
Al llegar allí, el viejo se acostó rápidamente en la cama para dormitar un poco, dado que necesitaba un urgente descanso para reponerse, porque con el paso de los años, lamentablemente su mente ya no estaba preparada para seguir el vertiginoso ritmo de ese ajedrez de la vida moderna, pero el cariño que tenía por su nieto nunca lo haría abandonar la partida.
 

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