22/7/20

Pequeño ajedrez de cuero

El anciano llevaba varios meses concurriendo al comedor social de la asociación comunitaria en la que yo trabajaba como asistente. Desde el principio sospeché que necesitaba mucha más ayuda de la que estaba dispuesto a admitir. Viajaba en una silla de ruedas que él empujaba muy despacio.
Cuando llegaba se sentaba en alguna mesa apartada y abría un pequeño juego de ajedrez de cuero con piezas de plástico para encastrar , con el que siempre se distraía analizando algunas jugadas, mientras esperaba que le traigan la comida.
En cuanto lo vi por primera vez, sentí hacia él una especie de vínculo moral, como si en otra vida hubiera sido el abuelo que no conocí en ésta vida y formara parte de una familia que nunca he tenido. Me acerqué hasta él y me senté a su lado y rápidamente me gané su confianza, mencionándole que a mi me gustaba muchísimo jugar al ajedrez.
Supe después, en las largas charlas que mantuvimos, que en su juventud, él había tenido una actividad profesional ajedrecística exitosa y que había sido maestro de ajedrez. Durante ese tiempo feliz de su vida estuvo rodeado de triunfos y de aplausos, pero con la incapacidad que inevitablemente se produjo con el correr de los años, tuvo que dejar la actividad y con sus ahorros abrió una pequeño negocio de antigüedades, hasta que la ruina no tardó en llamar a su puerta.
El resto asemejaba su historia a las muchas que había conocido en los meses que llevaba trabajando como asistente en ese comedor. Deudas, una jubilación escasa y la vergüenza de quien se ve de pronto envuelto en la pesadilla de una indigencia que nunca pensó que formaría parte de su vida. 
¿Y su pequeño ajedrez de cuero? —, le pregunté cuando fui a llevarle la comida junto con un postre postre especial por las fiestas de Navidad. El anciano levantó la cabeza pesadamente, me miró y se encogió de hombros. 
Lo he perdido —, me dijo mientras se agitaba en su silla. Me costaba creer que hubiera sido así, pero cuando se calló estaba claro que sucedía algo en él que yo no lograba descifrar. El viejo temblaba, como si cada uno de sus músculos se afanara en buscar alguna palabra mientras me observaba fijamente, pero, después de unos segundos, se dio por vencido y desvió la mirada hacia la mesa. 
¿Qué es eso? —, dijo extendiendo su dedo índice hacia el postre especial que le había servido. 
¿No se acuerda? Esta noche es Nochebuena. 
¡Y mañana, Navidad! , me replicó de repente, comenzando a sonreír. Allí caí en la cuenta de que hasta ese instante nunca había visto la sonrisa pura de un niño de ochenta años. Un momento mágico, que se esfumó tan rápido como había brotado. El gesto del anciano se tornó de nuevo temeroso y frágil, con la mirada concentrada en sus manos, como buscando algo que le faltaba.
Aquel día después de terminar de servir el almuerzo, varios asistentes del centro comunitario decidimos en forma voluntaria llevar la cena de Navidad a algunas familias sin recursos y yo que vivía solo y que no tenía con quien pasarla, enseguida tuve claro a quien dedicaría mi visita.
Salí del comedor social cuando ya había comenzado a anochecer. La mayoría de los negocios ya estaban cerrando y la gente se refugiaba en sus hogares para preparar la cena de Nochebuena. Llevaba en una mano una vianda con la comida y en la otra, la indicación para llegar a su domicilio a varias cuadras de allí. Mientras transitaba por esas calles desoladas y de veredas rotas, yo me preguntaba cómo se las arreglaría aquel anciano con su silla de ruedas para llegar cada mediodía al comedor social.
Al caminar algunas cuadras divisé un pequeño negocio de antigüedades y fue al asomarme a la vidriera, cuando tuve la revelación del motivo de la tristeza del anciano. Sobre un estante, estaba expuesto a la venta aquel pequeño juego de ajedrez de cuero.
Cuando entré en el local, y le manifesté al dueño el deseo de comprarlo, éste me dijo sonriente mientras lo iba a buscar en la vidriera, que había tenido suerte, porque ya estaba por cerrar.
Al traerme el juego, aunque lo intenté, no puede regatearle el precio, porque me dijo que lo había adquirido a un valor mayor que el normal para hacerle un favor a un anciano ajedrecista, que justamente había sido el anterior dueño de ese negocio.
Mientras me dirigía a la casa del anciano luego de comprar el juego de ajedrez, no pude dejar de sonreír pensando en la sorpresa que le daría, pero cuando llegué hasta su casa se me congeló la expresión. El edificio en el que vivía estaba en un estado ruinoso y amenazaba con venirse abajo en cualquier momento.
Cuando abrió la puerta el anciano quedó completamente sorprendido. 
¿Qué hace usted aquí? —, me preguntó. 
¿Es qué pensaba que lo iba a dejar cenar solo en esta Nochebuena?
Había llegado a temer que mi visita no le agradase, pero, muy por el contrario, el anciano asistido por su bastón me condujo lentamente al interior de la casa, en la que dominada un intenso olor a humedad. 
Dígame, ¿no ha venido a verle ningún asistente social para ver como vive en esta casa? —, le pregunté. 
No, pero se preocupe por eso , me dijo mientras me hacía pasar a un pequeño salón. En la esquina del cuarto, había una mesita de ajedrez con las piezas dispuestas sobre ella y junto a un viejo televisor había colgadas en la pared muchas fotografías que mostraban al anciano cuando era joven, jugando numerosos torneos de ajedrez.
Entonces, mientras extendía sobre la mesa la comida, no quise esperar más y le dije. 
Tengo un regalo para usted —, e inmediatamente saqué el paquete que tenía en el bolsillo de mi saco. 
¡Es mi ajedrez de cuero que siempre usaba para hacer los análisis de las partidas ! , exclamó. 
No entiendo, ¿qué significa esto? 
Ya le dije, es mi regalo de Navidad. 
No sabe como lo quería, pero yo a usted no le he comprado nada, me dijo compungido y al borde de las lágrimas. 
Me conformo con que juguemos al ajedrez después de celebrar la Nochebuena —, le dije sonriendo, señalándole el rincón donde estaba la mesita con el juego. 
Hasta ese instante pensaba que era yo quien me había acercado hasta aquella casa para alegrar a anciano, pero al final fue él quien me alegró esa Nochebuena. Después de la medianoche nos quedamos jugando hasta bien entrada la madrugada y durante unas horas, mágicamente yo dejé de sentirme aquel ser solitario asistente del comedor social y él dejó de ser aquel anciano empobrecido que cada mediodía acudía allí a comer.



1 comentario:

  1. Es bueno conocer e interesarse, por las personas, a quien como el anciano adolecīa de afectos, para darle ese calor humano, del que por su condición era huerfano,; muy buen relato, con un profundo sentir social.

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