25/7/20

Premio a la trayectoria

Cuando el abuelo llegó de hacer unas compras, su nieto que recién había llegado de la escuela, estaba sentado en el sofá mirando un viejo álbum familiar de fotografías. Estaba tan ensimismado en la contemplación, que daba la impresión de que trataba de constatar algo que de pronto lo habría sorprendido.
¿Estás buscando algo en el álbum? le preguntó el abuelo intrigado.
Al verlo el nieto se incorporó con ansiedad, pero tardó varios segundos en responderle.
Hoy en la clase de ajedrez, el maestro nos ha hablado de vos, abuelo —, le dijo finalmente, mirándolo a los ojos con cariño y admiración. 
Y sin darse cuenta, en esos precisos instantes le estaba dando a su abuelo una de las más conmovedoras satisfacciones que había recibido en su larga trayectoria ajedrecística.


22/7/20

Pequeño ajedrez de cuero

El anciano llevaba varios meses concurriendo al comedor social de la asociación comunitaria en la que yo trabajaba como asistente. Desde el principio sospeché que necesitaba mucha más ayuda de la que estaba dispuesto a admitir. Viajaba en una silla de ruedas que él empujaba muy despacio.
Cuando llegaba se sentaba en alguna mesa apartada y abría un pequeño juego de ajedrez de cuero con piezas de plástico para encastrar , con el que siempre se distraía analizando algunas jugadas, mientras esperaba que le traigan la comida.
En cuanto lo vi por primera vez, sentí hacia él una especie de vínculo moral, como si en otra vida hubiera sido el abuelo que no conocí en ésta vida y formara parte de una familia que nunca he tenido. Me acerqué hasta él, me senté a su lado y rápidamente me gané su confianza, mencionándole que me gustaba muchísimo jugar al ajedrez.
Supe después, en las largas charlas que mantuvimos, que en su juventud, él había tenido una actividad profesional ajedrecística exitosa y que había sido maestro de ajedrez. Durante ese tiempo feliz de su vida estuvo rodeado de triunfos y de aplausos, pero con la incapacidad que inevitablemente se produjo con el correr de los años, tuvo que dejar la actividad. Con sus ahorros abrió una pequeño negocio de antigüedades, hasta que finalmente la ruina no tardó en llamar a su puerta.
El resto asemejaba su historia a las muchas que había conocido en los meses que llevaba trabajando como asistente en ese comedor. Deudas, una jubilación escasa y la vergüenza de quien de pronto se ve envuelto en la pesadilla de una indigencia que nunca pensó que formaría parte de su vida. 
¿Y su pequeño ajedrez de cuero? —, le pregunté cuando fui a llevarle la comida junto con un postre postre especial por las fiestas de Navidad. El anciano levantó la cabeza pesadamente, me miró y se encogió de hombros. 
Lo he perdido —, me dijo mientras se agitaba en su silla. Me costaba creer que hubiera sido así, pero cuando se calló estaba claro que sucedía algo en él que yo no lograba descifrar. El viejo temblaba, como si cada uno de sus músculos se afanara en buscar alguna palabra mientras me observaba fijamente. Después de unos segundos, se dio por vencido y desvió la mirada hacia la mesa. 
¿Qué es eso? —, medijo extendiendo su dedo índice hacia el postre especial que le había servido. 
¿No se acuerda? Esta noche es Nochebuena. 
¡Y mañana, Navidad! , me replicó de repente, comenzando a sonreír.   
Allí caí en la cuenta de que hasta ese instante nunca había visto la sonrisa pura de un niño de ochenta años. Un momento mágico, que se esfumó tan rápido como había brotado. El gesto del anciano se tornó de nuevo temeroso y frágil, con la mirada concentrada en sus manos, como buscando algo que le faltaba.
Aquel día después de terminar de servir el almuerzo, varios asistentes del centro comunitario decidimos en forma voluntaria llevar la cena de Navidad a algunas familias sin recursos. Entonces yo, que vivía solo y que no tenía con quien pasarla, enseguida tuve claro que al anciano es a quien dedicaría mi visita.
Salí del comedor social cuando ya había comenzado a anochecer. La mayoría de los negocios ya estaban cerrando y la gente se refugiaba en sus hogares para preparar la cena de Nochebuena. Llevaba en una mano una vianda con la comida y en la otra, la indicación para llegar a su domicilio a varias cuadras de allí. Mientras transitaba por esas calles desoladas y de veredas rotas, me preguntaba cómo se las arreglaría aquel anciano con su silla de ruedas para llegar cada mediodía al comedor social.
Al caminar algunas cuadras divisé un pequeño negocio de antigüedades y fue al asomarme a la vidriera, cuando tuve la revelación del motivo de la tristeza del anciano. Sobre un estante, estaba expuesto a la venta aquel pequeño juego de ajedrez de cuero y entonces decidí entrar a comprarlo. 
Cuando le manifesté al dueño mi deseo, éste me dijo sonriente mientras lo iba a buscar en la vidriera, que había tenido suerte, porque ya estaba por cerrar. Al traerme el juego, aunque lo intenté, no puede lograr regatearle el precio. Me dijo que lo había adquirido a un valor mayor que el normal para hacerle un favor a un anciano ajedrecista, que justamente había sido el anterior dueño de ese negocio.
Mientras me dirigía a la casa del anciano luego de comprar el juego de ajedrez, no podía dejar de sonreír pensando en la sorpresa que le daría, pero cuando llegué hasta su casa se me congeló la expresión. El edificio en el que vivía estaba en un estado ruinoso y amenazaba con venirse abajo en cualquier momento.
Cuando abrió la puerta el anciano quedó completamente sorprendido. 
¿Qué hace usted aquí? —, me preguntó. 
¿Es qué pensaba que lo iba a dejar cenar solo en esta Nochebuena?
—, le contesté con una sonrisa.
Había llegado a temer que mi visita no le agradase, pero, muy por el contrario, el anciano, asistido por su bastón, me condujo lentamente al interior de la casa, en la que predominada un intenso olor a humedad. 
Dígame, ¿no ha venido a verle ningún asistente social para ver como vive en esta casa? —, le pregunté. 
No, pero se preocupe por eso , me dijo, mientras me hacía pasar a un pequeño salón. En la esquina del cuarto, había una mesita de ajedrez con las piezas dispuestas sobre ella y junto a un viejo televisor había colgadas en la pared muchas fotografías que mostraban al anciano cuando era joven, jugando numerosos torneos de ajedrez.
Entonces, mientras extendía sobre la mesa la comida, no quise esperar más y le dije. 
Tengo un regalo para usted —, e inmediatamente saqué el paquete que tenía en el bolsillo de mi saco. 
¡Es mi ajedrez de cuero que siempre usaba para hacer los análisis de las partidas! , exclamó. 
No entiendo, ¿qué significa esto? 
Ya le dije, es mi regalo de Navidad. 
No sabe como lo quería, pero yo a usted no le he comprado nada, me dijo compungido y al borde de las lágrimas. 
Me conformo con que juguemos al ajedrez después de celebrar la Nochebuena —, le dije sonriendo, señalándole el rincón donde estaba la mesita con el juego. 
Hasta ese instante pensaba que era yo quien me había acercado hasta aquella casa para alegrar a anciano, pero al final fue él quien me alegró esa Nochebuena. Después de la medianoche nos quedamos jugando hasta bien entrada la madrugada. Y mágicamente, durante unas horas, yo dejé de sentirme aquel ser solitario asistente del comedor social, y él dejó de ser aquel anciano empobrecido que cada mediodía acudía allí a comer.



19/7/20

Fantasma privilegiado

Entre estas paredes se conformaron uno de los maches de ajedrez por el título mundial más importantes del siglo veinte , les decía el guía que conducía a un grupo de jugadores extranjeros a conocer el edificio del Club Argentino de Ajedrez de Buenos Aires.
Acá en el año 1927 se jugó la final del mundial entre el cubano José Raúl Capablanca y Alexander Alekhine. Si prestan atención en la arquitectura y decorado de éste edificio, podrán sentir el espíritu de aquella época, y como ven, acá están la mesa, las piezas, el reloj, las sillas y las planillas completadas de puño y letra por aquellos famosos protagonistas , les comentaba a los asombrados visitantes.
Nunca pensé que las palabras de aquel hombre fueran tan fieles a la realidad desde que yo vivo aquí. Cada madrugada cuando sea apagan las luces y termina la actividad ajedrecística del club, soy un fantasma ajedrecístico del siglo 21 que tiene el privilegio de asistir a las reuniones ajedrecísticas que los espectros de Capablanca y Alekhine celebran habitualmente en este lugar.
Aunque al principio les incomodó mi presencia, porque no les parecía razonable que alguien de este siglo participara en esos encuentros, terminaron por acostumbrarse, e incluso, a veces me he animado a sugerirles algunas variantes producidas en este último tiempo.



6/7/20

Ajedrecista extraterrestre

Cuando la policía lo detuvo al tratar de ingresar por la fuerza en un club de ajedrez sin poder identificarse y aportar documentación alguna, nadie creyó su historia. Decía que llevaba un disfraz humano y que se había escapado de un grupo de platos voladores, para descender subrepticiamente en este planeta, porque era un fanático ajedrecista y había venido a jugar unas partidas.
Por tal motivo, y considerando que estaba loco, lo confinaron en un hospital neuropsicriátrico. El facultativo que lo atendía sonreía al escuchar su relato, pensando que su paciente se creía un ajedrecista extraterrestre para tratar de evadirse de la realidad. Sin embargo le surgió la duda, cuando vio por la ventana que sobre el cielo del parque del establecimiento sobrevolaban varios platos voladores como si lo estuviesen buscando.