Era un ajedrecista cincuentón, que tarde se le despertaron las ganas de competir en ajedrez y creía que la unión de la teoría y práctica lo llevaría a los primeros puestos en el torneo que estaba por comenzar. En el Club de ajedrez del barrio su grupo de novatos compartía horas de pasión, a veces guiados por veteranos que les explicaban los secretos del tablero. Al revisar la lista de inscriptos, una alegría vanidosa lo embargó: no había jugadores con Elo superior al suyo. Los apellidos desconocidos lo llenaron de una confianza ciega. Se sentía el favorito.
Ganó la primera partida con blancas. Su rival, acostumbrado al "pimponeo", jugó apresurado y pronto estuvo a su merced. Tras un breve análisis de variantes y el saludo de rigor, se dedicó a observar las otras mesas. Y allí lo vio. Era un niño de cuatro a cinco años. Su cuerpo esmirriado apenas sobresalía del tablero, pero su concentración era absoluta. Se acercó por curiosidad y quedó atrapado: el pequeño había destruido el flanco de dama de su oponente, amenazando impecablemente a un rey desvalido. Su madre, una mujer robusta de piel colorada, lo vigilaba desde la puerta. Entre jugadas, el niño buscaba su mirada para calmarla. Una pequeña sonrisa final fue el premio para ambos.
El torneo avanzó a tres fechas por semana. Tras ocho rondas, el niño y él compartían la punta con seis puntos y medio. La última partida definiría al ganador. El chico se había ganado la simpatía del público por su edad y su juego brillante. Aquella noche, preocupado, revisó sus partidas. Sus resultados no eran casualidad; notó la profundidad de sus conceptos y un temor creciente empezó a perturbarlo. Él había apostado a ganar, pero la presencia de ese pibe en su inconsciente lo volvía imposible.
Al nene le tocaban las blancas, lo que le daba ventaja en la apertura. Además, si entablaban, ganaría el torneo por mejor promedio. Sabiendo que era experto en la apertura Italiana, repasó cada variante hasta la madrugada frente a la computadora. Al dormir, las pesadillas lo asaltaron: se veía perdiendo una y otra vez, mientras el niño refutaba sus defensas y le mostraba el camino de la derrota.
Fue un cobarde. No concurrió a la ronda final. Tras el tiempo reglamentario y la caída de la aguja del reloj, la partida se dio por concluida. Imaginó la alegría de los organizadores felicitando al incuestionable ganador y el cruce de sonrisas con su madre. Perder contra ese chico le provocaba un sentimiento insoportable y prefirió evitarlo. Esa fue su última partida; jamás volvió a jugar en ese Club.






















