16/10/21

Recuerdo de mi madre

En esa tarde de verano disfrutaba del hermoso paisaje caminando por la costanera que bordeaba el mar de una importante ciudad turística. Me dirigía a disputar una partida de ajedrez en un torneo que allí se había organizado, en el que yo había sido invitado. De pronto, pasó junto a mí una combi de turismo que se desplazaba muy despacio, la que me llamó poderosamente la atención, y en la que me pareció distinguir el rostro de mi madre en una de sus ventanillas. Ello hizo que resurgiera nuevamente en mi mente aquella tragedia acaecida hacía ya algunos años, junto con unos gratos recuerdos de mi niñez.

— Por favor mamá, bajá de la combi que quiero que me acompañes a jugar al ajedrez —, le grité con todas mis fuerzas al ver que me miraba, tratando de salvarla antes de que el vehículo se perdiera de mi vista.

 


 


 

3/10/21

Aptitudes naturales

Cuando llegaban a su casa trayendo a su hijo que había ido a buscar a la escuela, la madre se encontró con una amiga que era una pintora renombrada y daba clases particulares, quien luego de saludarla amablemente, le preguntó sonriendo:

—¿Como anda tu hijo en el colegio?

— La verdad es que anda muy bien. La semana pasada ganó el torneo de ajedrez de la escuela y tiene muy buenas clasificaciones en todas las materias. La única excepción es en dibujo, porque no le gusta y como no le dedica mucha atención, voy a tratar de hacer algo especial para incentivarlo —, le contestó.

—¿Qué harás? — le preguntó la amiga.

— Lo pondré de inmediato a estudiar dibujo contigo ¿Que te parece?

La pintora amiga la miró sorprendida. Pero se repuso rápidamente y le contestó dándole un consejo:

— No me parece bien, creo que deberías ponerlo a tomar clases particulares con un profesor de ajedrez. Pienso que es mejor aprovechar el tiempo en desarrollar las aptitudes naturales del chico y no castigarlo a esforzarse inútilmente en hacer algo que no le gusta.

 


 

1/10/21

Viejo grupo pimponero

El antiguo bar de mi barrio es uno de los pocos que todavía resisten el inexorable embate del tiempo y del progreso. Al atravesar sus puertas se emprende un viaje a un pasado no muy lejano, que aunque definitivamente perdido en el tiempo, sigue aún vivo en mi memoria .

El salón cargado de reminiscencias de otra época brinda un ambiente acogedor. Las mesas, las sillas, el mostrador y la máquina de café, son las mismas de antaño. Sin embargo, pueden verse nuevas luminarias, un equipo de aire acondicionado y la computadora, que evidencian algunos signos de adelantos tecnológicos. De todas maneras, lo nuevo y lo viejo conviven en paz, cumpliendo sus funciones y complementándose mutuamente.

Recuerdo como si fuera hoy cuando en mi juventud entré allí por primera vez acompañando a mi padrino, que se reunía con un grupo de amigos todas las tardes para jugar partidas de ajedrez ping-pong. Se llamaban así a las partidas rápidas a cinco minutos por jugador, usando relojes de ajedrez analógicos que contenían unas agujas que caían cuando se cumplía el tiempo. Mi padrino era muy querido y ese afecto se extendió hacia mi persona. Como yo era un apasionado por el ajedrez, me dejaron prender al grupo de inmediato.

Como los ganadores siempre permanecían en los tableros, y los perdedores iban rotando, cuando yo no jugaba, miraba con ojos asombrados todo aquel espectáculo ajedrecístico. A decir verdad, disfrutaba mucho de las discusiones y peleas por algunas jugadas incorrectas o prohibidas, o si se había caído o no la aguja del reloj, pero la sangre nunca llegaba al río. Al día siguiente todos conversaban animadamente como si nada hubiese sucedido.

Los amigos de mi padrino constituian un grupo social de lo más heterogéneo, tanto en sus formas de ser, como en sus simpatías por algún equipo de fútbol o partido político. Parecía como que todos juntos conformaban un cuadro pintado por la paleta de algún genio travieso. Pero con el correr del tiempo el grupo se fue achicando. Mi padrino falleció y algunos de sus amigos le siguieron más tarde. Yo me prometí que seguiría asistiendo y de aquel célebre grupo, ahora solo quedamos unos pocos.

A veces, cuando llego temprano como hoy, pido un café y espero en soledad a algún integrantes de aquella cofradía que aún queda en pie. Y si eventuamente alguno hace su aparición, pedimos rápidamente un juego y nos ponemos a pimponear con uno de aquellos viejos relojes de ajedrez.