16/12/20

Pasión ajedrecística

Recuerdo que por sorpresa,

el ajedrez dio a mi vida

una pasión desmedida

y el éxito de promesa.

El tablero me embelesa

con su ritmo palpitante,

y con asedio constante

conduzco siempre las piezas,

tratando de hacer proezas

en cada lucha vibrante.

 



 

 

 

 

 


 

Finalista VI Concurso de Décimas. Recuerda.

Publicado en el libro: Calejón sin salida.

Mundo Escritura. España. Diciembre 2020.

30/11/20

Ajedrez universal

Desde que se conoció el ajedrez,

los humanos gozan de su belleza

como si fueran estrellas del cielo

brillando sobre el tablero del tiempo.


No se sabe bien de donde surgió,

pero forma parte del universo

como si el mundo fuera un gran trebejo

donde están todas nuestras creaciones.


Y tal vez no surgió en este universo

sino en un multiverso paralelo.

¡Ajedrez: maravilloso y sublime,

el que tan solo un Dios pudo crearlo! 

 



13/11/20

La mano poderosa

Una sensación de placer inundó todo mi ser cuando la vi. Por un momento me dejé llevar por la ensoñación, y me sentí como un adolescente estremecido por unos labios húmedos y carnosos que me suplicaban amor.

Allí estaba ella, lejana y atractiva, con una dulce mirada de princesa, que me parecía como una mezcla de ternura y anhelos, cómplices de los míos. En esos momentos nada me importaba más en la vida, y cuando paso a paso me fui acercando lentamente hacia donde ella se encontraba, me parecía como que estaba ingresando en el paraíso.

Finalmente al llegar a su lado, de pronto surgió del cielo una mano poderosa que nos levantó a ambos y mágicamente sentí el roce sensual de su cuerpo con el mío, mientras volábamos juntos por el aire. Pero esa felicidad solo pude disfrutarla por un instante, porque ella fue apartada rápidamente de mi lado.

Fue entonces cuando esa mano poderosa me apoyó con fuerza en el lugar donde ella había estado, y mientras vibraban todas las piezas del tablero, escuché una voz fuerte y atronadora de barítono que decía:

Peón come dama y ¡Jaque mate!


 

15/9/20

Piezas de ajedrez desconcertadas

El niño ha sacado de la caja las piezas de ajedrez. Aún no sabe jugar, pero le encantan sus formas y texturas. Juguetea con ellas al azar, o se las lleva a la boca, hasta que finalmente las junta en sus manos y mientras se ríe a carcajadas, las va dejando caer sobre el tablero. Y es allí, cuando al dispersarse sobre el tablero las piezas se desconciertan. Entonces, las damas acosan a los peones, las torres se parapetan tras los caballos y los reyes cosquillean caprichosos a los alfiles.





 


Finalista VI Concurso de Microrrelatos. Reloj de sol.

Publicada en el libro: El color de las nostalgias.

Letras como Espada. España. Septiembre 2020.

31/8/20

Ansias de ganar

En la partida que estaba disputando esa noche en el club de ajedrez, me encontraba en una posición levemente superior y con algo de iniciativa. Fue allí cuando mi adversario me propuso tablas y me puso en la disyuntiva de aceptarlas o no. Si las aceptaba no habría perdido la partida como lamentablemente ocurrió después al equivocarme. De haber especulado con ese medio punto, podría haber mantenido una ubicación más expectante en los primeros puestos del torneo. Pero yo ansiaba ganar, y por ello no me arrepiento para nada de haber tomado la decisión de rechazar esa proposición. Es seguro que si aceptaba las tablas en aquella mejor posición, mi subconsciente me hubiese perseguido luego de tal manera, que no me habría dejado dormir durante toda la noche.



10/8/20

Niño incomprendido

Evidentemente había una fuerza mágica y misteriosa que lo mantenía atrapado allí adentro, luego que a los seis años había aprendido las instrucciones que venían en el estuche de un regalo que le hizo su hermana mayor. Su madre procuraba alentarlo en la extravagante tarea en la que se había embarcado, pero en el fondo no podía evitar sentirse preocupada y eso la llevó a una consulta con un psiquiatra. Sin embargo, la actitud del niño no varió. Ella no lograba comprender por qué su pequeño hijo Bobby, se la pasaba todas las tardes encerrado en su habitación jugando al ajedrez.

 

25/7/20

Premio a la trayectoria

Cuando el abuelo llegó de hacer unas compras, su nieto que recién había llegado de la escuela, estaba sentado en el sofá mirando un viejo álbum familiar de fotografías. Estaba tan ensimismado en la contemplación, que daba la impresión de que trataba de constatar algo que de pronto lo habría sorprendido.
¿Estás buscando algo en el álbum? le preguntó el abuelo intrigado.
Al verlo el nieto se incorporó con ansiedad, pero tardó varios segundos en responderle.
Hoy en la clase de ajedrez, el maestro nos ha hablado de vos, abuelo —, le dijo finalmente, mirándolo a los ojos con cariño y admiración. 
Y sin darse cuenta, en esos precisos instantes le estaba dando a su abuelo una de las más conmovedoras satisfacciones que había recibido en su larga trayectoria ajedrecística.


22/7/20

Pequeño ajedrez de cuero

El anciano llevaba varios meses concurriendo al comedor social de la asociación comunitaria en la que yo trabajaba como asistente. Desde el principio sospeché que necesitaba mucha más ayuda de la que estaba dispuesto a admitir. Viajaba en una silla de ruedas que él empujaba muy despacio.
Cuando llegaba se sentaba en alguna mesa apartada y abría un pequeño juego de ajedrez de cuero con piezas de plástico para encastrar , con el que siempre se distraía analizando algunas jugadas, mientras esperaba que le traigan la comida.
En cuanto lo vi por primera vez, sentí hacia él una especie de vínculo moral, como si en otra vida hubiera sido el abuelo que no conocí en ésta vida y formara parte de una familia que nunca he tenido. Me acerqué hasta él, me senté a su lado y rápidamente me gané su confianza, mencionándole que me gustaba muchísimo jugar al ajedrez.
Supe después, en las largas charlas que mantuvimos, que en su juventud, él había tenido una actividad profesional ajedrecística exitosa y que había sido maestro de ajedrez. Durante ese tiempo feliz de su vida estuvo rodeado de triunfos y de aplausos, pero con la incapacidad que inevitablemente se produjo con el correr de los años, tuvo que dejar la actividad. Con sus ahorros abrió una pequeño negocio de antigüedades, hasta que finalmente la ruina no tardó en llamar a su puerta.
El resto asemejaba su historia a las muchas que había conocido en los meses que llevaba trabajando como asistente en ese comedor. Deudas, una jubilación escasa y la vergüenza de quien de pronto se ve envuelto en la pesadilla de una indigencia que nunca pensó que formaría parte de su vida. 
¿Y su pequeño ajedrez de cuero? —, le pregunté cuando fui a llevarle la comida junto con un postre postre especial por las fiestas de Navidad. El anciano levantó la cabeza pesadamente, me miró y se encogió de hombros. 
Lo he perdido —, me dijo mientras se agitaba en su silla. Me costaba creer que hubiera sido así, pero cuando se calló estaba claro que sucedía algo en él que yo no lograba descifrar. El viejo temblaba, como si cada uno de sus músculos se afanara en buscar alguna palabra mientras me observaba fijamente. Después de unos segundos, se dio por vencido y desvió la mirada hacia la mesa. 
¿Qué es eso? —, medijo extendiendo su dedo índice hacia el postre especial que le había servido. 
¿No se acuerda? Esta noche es Nochebuena. 
¡Y mañana, Navidad! , me replicó de repente, comenzando a sonreír.   
Allí caí en la cuenta de que hasta ese instante nunca había visto la sonrisa pura de un niño de ochenta años. Un momento mágico, que se esfumó tan rápido como había brotado. El gesto del anciano se tornó de nuevo temeroso y frágil, con la mirada concentrada en sus manos, como buscando algo que le faltaba.
Aquel día después de terminar de servir el almuerzo, varios asistentes del centro comunitario decidimos en forma voluntaria llevar la cena de Navidad a algunas familias sin recursos. Entonces yo, que vivía solo y que no tenía con quien pasarla, enseguida tuve claro que al anciano es a quien dedicaría mi visita.
Salí del comedor social cuando ya había comenzado a anochecer. La mayoría de los negocios ya estaban cerrando y la gente se refugiaba en sus hogares para preparar la cena de Nochebuena. Llevaba en una mano una vianda con la comida y en la otra, la indicación para llegar a su domicilio a varias cuadras de allí. Mientras transitaba por esas calles desoladas y de veredas rotas, me preguntaba cómo se las arreglaría aquel anciano con su silla de ruedas para llegar cada mediodía al comedor social.
Al caminar algunas cuadras divisé un pequeño negocio de antigüedades y fue al asomarme a la vidriera, cuando tuve la revelación del motivo de la tristeza del anciano. Sobre un estante, estaba expuesto a la venta aquel pequeño juego de ajedrez de cuero y entonces decidí entrar a comprarlo. 
Cuando le manifesté al dueño mi deseo, éste me dijo sonriente mientras lo iba a buscar en la vidriera, que había tenido suerte, porque ya estaba por cerrar. Al traerme el juego, aunque lo intenté, no puede lograr regatearle el precio. Me dijo que lo había adquirido a un valor mayor que el normal para hacerle un favor a un anciano ajedrecista, que justamente había sido el anterior dueño de ese negocio.
Mientras me dirigía a la casa del anciano luego de comprar el juego de ajedrez, no podía dejar de sonreír pensando en la sorpresa que le daría, pero cuando llegué hasta su casa se me congeló la expresión. El edificio en el que vivía estaba en un estado ruinoso y amenazaba con venirse abajo en cualquier momento.
Cuando abrió la puerta el anciano quedó completamente sorprendido. 
¿Qué hace usted aquí? —, me preguntó. 
¿Es qué pensaba que lo iba a dejar cenar solo en esta Nochebuena?
—, le contesté con una sonrisa.
Había llegado a temer que mi visita no le agradase, pero, muy por el contrario, el anciano, asistido por su bastón, me condujo lentamente al interior de la casa, en la que predominada un intenso olor a humedad. 
Dígame, ¿no ha venido a verle ningún asistente social para ver como vive en esta casa? —, le pregunté. 
No, pero se preocupe por eso , me dijo, mientras me hacía pasar a un pequeño salón. En la esquina del cuarto, había una mesita de ajedrez con las piezas dispuestas sobre ella y junto a un viejo televisor había colgadas en la pared muchas fotografías que mostraban al anciano cuando era joven, jugando numerosos torneos de ajedrez.
Entonces, mientras extendía sobre la mesa la comida, no quise esperar más y le dije. 
Tengo un regalo para usted —, e inmediatamente saqué el paquete que tenía en el bolsillo de mi saco. 
¡Es mi ajedrez de cuero que siempre usaba para hacer los análisis de las partidas! , exclamó. 
No entiendo, ¿qué significa esto? 
Ya le dije, es mi regalo de Navidad. 
No sabe como lo quería, pero yo a usted no le he comprado nada, me dijo compungido y al borde de las lágrimas. 
Me conformo con que juguemos al ajedrez después de celebrar la Nochebuena —, le dije sonriendo, señalándole el rincón donde estaba la mesita con el juego. 
Hasta ese instante pensaba que era yo quien me había acercado hasta aquella casa para alegrar a anciano, pero al final fue él quien me alegró esa Nochebuena. Después de la medianoche nos quedamos jugando hasta bien entrada la madrugada. Y mágicamente, durante unas horas, yo dejé de sentirme aquel ser solitario asistente del comedor social, y él dejó de ser aquel anciano empobrecido que cada mediodía acudía allí a comer.



19/7/20

Fantasma privilegiado

Entre estas paredes se conformaron uno de los maches de ajedrez por el título mundial más importantes del siglo veinte , les decía el guía que conducía a un grupo de jugadores extranjeros a conocer el edificio del Club Argentino de Ajedrez de Buenos Aires.
Acá en el año 1927 se jugó la final del mundial entre el cubano José Raúl Capablanca y Alexander Alekhine. Si prestan atención en la arquitectura y decorado de éste edificio, podrán sentir el espíritu de aquella época. Como pueden observar, acá están la mesa, las piezas, el reloj, las sillas y las planillas completadas de puño y letra por aquellos famosos protagonistas , les comentaba a los asombrados visitantes.
Nunca pensé que las palabras de aquel hombre fueran tan fieles a la realidad desde que yo vivo aquí. Cada madrugada cuando se apagan las luces y termina la actividad ajedrecística del club, soy un fantasma ajedrecístico de este siglo 21 que tiene el privilegio de asistir a las reuniones ajedrecísticas que los espectros de Capablanca y Alekhine celebran habitualmente en este lugar.
Aunque al principio les incomodó mi presencia, porque no les parecía razonable que alguien de este siglo participara en esos encuentros, terminaron por acostumbrarse, e incluso, a veces me he animado a sugerirles algunas variantes producidas por las computadoras en este último tiempo.




6/7/20

Ajedrecista extraterrestre

Cuando la policía lo detuvo al tratar de ingresar por la fuerza en un club de ajedrez sin poder identificarse y aportar documentación alguna, nadie creyó su historia. Decía que llevaba un disfraz humano y que se había escapado de un grupo de platos voladores, para descender subrepticiamente en este planeta, porque era un fanático ajedrecista y había venido a jugar unas partidas.
Por tal motivo, y considerando que estaba loco, lo confinaron en un hospital neuropsicriátrico. El facultativo que lo atendía sonreía al escuchar su relato, pensando que su paciente se creía un ajedrecista extraterrestre para tratar de evadirse de la realidad. Sin embargo le surgió la duda, cuando vio por la ventana que sobre el cielo del parque del establecimiento sobrevolaban varios platos voladores como si lo estuviesen buscando.
 


29/5/20

Un peón perverso

Cuando un peón negro bastante malvado avanzaba agresivamente por el tablero, fue amenazado por un caballo blanco y al encontrarse encerrado, le suplicó que no lo comiera. El caballo que en ese momento estaba empeñado en amenazar a la dama, lo perdonó y realizó otra jugada sin hacerle daño.
Algún tiempo después, el caballo por una falsa maniobra quedó amenazado por dos peones negros y cuando uno de ellos ya estaba por comerlo, sintió la voz del otro que le decía:
— Ese caballo me salvó la vida.
Al oír esto, el peón negro frenó en su intento apiadándose del caballo. Entonces, el peón perverso aprovechó la oportunidad para comerlo sin remordimiento alguno.





28/5/20

Ser un gran maestro de ajedrez

Un aficionado al ajedrez, después de haberle ganado una hermosa partida a un sacerdote amigo, le hizo un comentario cuando estaban analizando las jugadas realizadas.
— El premio que yo deseo por haber ganado esta partida es que Dios me haga un gran maestro de ajedrez.
— Eso sería muy gratificante, sin duda—, le contestó el sacerdote, pero es una lástima, porque Dios no te va a regalar nada si no te pones a estudiar con dedicación para lograr esa distinción.
— Entonces, ya que no puedo esperar una recompensa del Todopoderoso, me doy por satisfecho con el incentivo que me ha dado para ganarle a su representante —, le dijo sonriendo el aficionado.

 

El peón amenazado

Un peón amenazado por un caballo buscó escaparse, pero al avanzar se ubicó en el tablero junto a una torre enemiga.
— Avanzaste allí inútilmente porque la torre te comerá antes que yo — , le dijo el caballo.
— Me da lo mismo ser comido por una torre o devorado por ti —, le respondió el peón.
— Me apena ver cómo consideras esta cuestión sin ninguna ecuanimidad. Deberías gratificarme a mí, quien fue el que se tomó el trabajo de saltar para amenazarte —, le dijo el caballo.


25/5/20

Alcanzar la cima

Busca en el ajedrez
luchar por ascender
hasta alcanzar la cima.
Y si acaso tropiezas,
trata de levantarte
reiniciando tu intento.
Así irás escalando
peldaño por peldaño
partida por partida.




21/5/20

El niño prodigio

Esa tarde un niño desconocido entró en la sala de juego del club de ajedrez con gesto sonriente, observó al grupo de ajedrecistas y se dirigió hacia una mesa rodeada de aficionados que seguían el desarrollo de una importante partida. Se paró frente al tablero, observó la posición y al ver que el desenlace era inminente, ante la sorpresa de todos, preguntó con un gesto tímido e inocente si podía jugar con el ganador.
El ganador fue nada menos que el campeón del club quien aceptó gentilmente el reto con una sonrisa piadosa. Entonces el niño desafiante se sentó en el tablero conduciendo las piezas negras. Cuando comenzó la partida el silencio era profundo, porque todos estaban expectantes por lo que habría de ocurrir.
Al promediar la partida el campeón comenzó a transpirar dado que el caballo negro se había situado en una casilla estratégica. Los presentes no podían creer lo que pasaba y empezaron a contemplar con respeto al chico desafiante en ese silencio profundo.
Hasta que el campeón sintió que sus piezas blancas estaban acorraladas, porque las jugadas del chico eran como la de un verdugo. Su acometida avanzaba, inexorable y sus piezas lo iban cercando en un círculo fatal. El suspenso era total, nadie se movía y los ojos de los presentes estaban clavados sobre el tablero o sobre la figura del extraño niño desafiante.
Hasta que sucedió lo inevitable. El campeón inclinó su rey extendiendo la mano al desafiante. Poco a poco y mientras el hielo se deshacía, uno de los espectadores de la partida atinó a preguntarle al niño.
—¿Cómo te llamas?
— Bobby... Bobby Fisher —, le respondió el chico.
Cuando Bobby se puso de pie, comenzaron los aplausos y el perdedor se acercó al héroe de esa tarde y felicitándolo, le dijo que si seguía en esa senda seguramente tendría un futuro de éxitos en su vida ajedrecística.

 



16/5/20

El viejo maestro de ajedrez

Cierta vez un viejo maestro de ajedrez estaba bastante cansado después de ganar en una intensa y dura partida en un torneo de ajedrez. Ya en la madrugada se sentó en la barra de un bar que estaba abierto para tomar un café con el fin de reconfortarse. 
El maestro tenía sus ojos vivaces a pesar de sus años, y su cabeza calva estaba rodeada de pelo canoso. Su figura no pasaba desapercibida para el barman, quien lo miraba con cierta incredulidad y el ceño fruncido, tratando de reconocerlo en la tenue penumbra que había en el bar.
Fue cuando le hizo el pedido, cuando el barman cambió el semblante de su rostro por completo al acordarse de quien era. Sonriéndose con simpatía, le dijo que tenía un gran placer de que haya concurrido a su bar y así poderlo conocer personalmente. Le manifestó que como aficionado al ajedrez, siempre le había causado mucha admiración y alegría su larga y exitosa actuación ajedrecística.
El viejo maestro se llenó de orgullo y a la vez de sorpresa ante tamaña distinción, teniendo en cuenta que si bien había ganado algunos torneos importantes, su actividad no era muy difundida y conocida por el público en general.
Usted no sabe cuanto he disfrutado y aprendido de su juego viendo sus partidas , le repetía el barman sin cansarse de declararle su idolatría. El maestro no sabía como hacer para agradecer semejantes elogios, mientras consumía su café, aferrando el mango del pocillo con manos nerviosas.
¿Cuánto le debo? ꟷ, le preguntó finalmente, luego de sorber el último trago.
No, por favor! Después de todas las satisfacciones que me ha dado, no me parece justo cobrarle a un famoso jugador como Miguel Najdorf , le respondió el barman, brindándole una amplia y afectuosa sonrisa, ante la completa sorpresa del viejo y atribulado maestro de ajedrez.



 

16/4/20

Viejas piezas de ajedrez

El maestro de ajedrez estaba aburrido en su casa donde debía permanecer encerrado por la cuarentena, debido a la pandemia producida por un virus que estaba azotando al mundo. Entonces, se dirigió silenciosamente al living con la intención de ver algún programa de televisión. Pero en el pasillo de acceso, le llamó la atención un armario empotrado en la pared y decidió revisarlo, pensando encontrar algún libro para leer. Fue allí, que en la parte superior, descubrió arrumbada una caja que contenía el primer juego de ajedrez de madera de su vida.
Tomó la caja con curiosidad y al llevarla al living y extraer el contenido de las piezas que había en ella, percibió que se encontraban cubiertas de polvillo. Algunas de ellas estaban rotas, con sus bases separadas de los cuerpos.
"Deben haber estado allí más de treinta años", se dijo pensativo, mientras observaba con pesar los rayones y las manchas que salpicaban sus superficies.
Y decidido, como si tuviera que dar los primeros auxilios a un herido, fue a la cocina y volvió al rato con un pegamento, un poco de algodón y una botella de alcohol. Luego humedeció con alcohol un pedacito de algodón y comenzó a limpiar cada una de las piezas, mientras veía como increíblemente revivían el color al eliminar el polvo.
Repitió la operación reiteradas veces, soplando cada tanto para acelerar la evaporación del alcohol. Finalmente, al llegar el momento en que le era imposible seguir mejorando más el aspecto de las piezas, se puso a pegar las partes deterioradas. Después de terminar la tarea, al observar las viejas piezas con detenimiento, pensó que a pesar de todo no habían quedado tan mal.
Para el maestro era como reencontrar a unas queridas compañeras de batallas, desgastadas de tanto ser vapuleadas durante sus primeros anhelos ajedrecísticos, en las partidas que había jugado con su padre y sus amigos. Evidentemente, en un momento dado, la caja con las piezas había ido a terminar sus días en el oscuro estante de ese armario, de donde hoy las había rescatado dispuesto a revivirlas con cariño. 
Y allí permaneció parado, fascinado y sacudido por las nostalgias que lo transportaban a los tiempos lejanos de su juventud. Porque eran justamente ahora esas viejas piezas las que milagrosamente rescataban con cariño sus recuerdos del pasado, los que habían quedado escondidos en algún lugar de su corazón.
 
 

9/3/20

Sueño de juventud

Lanzó una mirada rápida al reloj de la mesita de luz. Eran la cinco de la mañana y sintió una ráfaga de angustia al comprender que ya estaba amaneciendo y que todavía no había podido conciliar el sueño, desvelado por sus pensamientos. Estaba por cumplir los catorce años, había terminado el colegio primario y trabajaba como ayudante en el almacén de su padre en el pequeño pueblo de la zona serrana donde vivía.
Ya desde niño jugaba muy bien al ajedrez y si bien había participado con éxito en todos los torneos que se habían organizado en la escuela, ambicionaba con fervor dedicarse a jugar profesionalmente. Pero para ello debía convencer a su descreído padre que no lo afectaría para nada los estudios que debía comenzar en una escuela secundaria de la Ciudad aledaña a su pueblo, si se capacitaba también allí con un profesor de ajedrez que le habían recomendado en la escuela.
Miró hacia el techo de chapa de su dormitorio pensando que si por lo menos lloviera, el ruido de las gotas le daría una excusa para poder dormir. Entonces dejo de pensar en en la tenaz negativa de su padre y entre sueños decidió levantarse convencido de que lo mejor que podía hacer era ponerse la ropa, salir de su casa y buscar que sus pies lo condujeran caminando a la Ciudad para consultar a ese profesor.
Decididamente había tomado la decisión de perfeccionar su juego ajedrecístico y ser maestro de ajedrez sería el destino de su vida, con sus metas, objetivos y ambiciones. Al caminar por las calles de su pequeño pueblo hacía bastante frío y en esa mañana no se veía un alma en varias cuadras a la redonda. Los negocios estaban todos cerrados cuando ya terminaban de disolverse las últimas sombras de la noche ante el comienzo del amanecer.
Sintió un escalofrío y decidió caminar más rápidamente para que poco a poco su cuerpo entrara en calor. Luego de atravesar su pueblo optó por tomar un sendero extraño e intrincado que apareció repentinamente ante sus ojos, porque tenía la completa seguridad que acortaría notablemente el camino. Era una decisión arriesgada y sonrió al tomar ese desafío, porque pensó que seguir por el largo camino normal sería tan fácil como la de su actual trabajo rutinario de ayudante en el almacén de su padre.
En ese horizonte que le marcaba esa senda sinuosa por la que transitaba, se alegró cuando de pronto se recortó ante su mirada la silueta de la gran Ciudad que lo atraía como un imán y le señalaba que había tomado el camino correcto. Agudizó su mirada para distinguirla bien, pero lamentablemente tenía que atravesar un entorno montañoso rodeado de árboles y el sendero terminaba en una gigantesca muralla rocosa. Buscó por todos los medios la manera de esquivarla, pero no había caso, dado que era tan ancha que se perdía en el horizonte y tan alta y empinada que era imposible escalarla. Finalmente, luego de una paciente búsqueda encontró un túnel oscuro y profundo que estaba oculto tras unas plantaciones.
Si bien era un largo pasadizo lúgubre y húmedo, como estaba apenas iluminado por un reflejo que provenía del final del mismo, tuvo esperanzas que pudiera atravesar la muralla. Se dijo que si había llegado hasta ahí, debía continuar y se introdujo como pudo, caminando lentamente por él. Pero a medida que se aproximaba al otro extremo el túnel se fue haciendo más bajo y estrecho, hasta que finalmente le resultó imposible desplazarse caminando.
La incertidumbre y la claustrofobia habían comenzado a invadirlo poco a poco, pero decidió seguir avanzando apoyado sobre sus rodillas y manos, en medio de una oscuridad que solo alteraba esa pequeña claridad que había al final del trayecto.
A medida que se desplazaba, sus manos se sumergían en una especie de barro gelatinoso, pegajoso y desagradable, mientras sus rodillas resbalaban haciéndole difícil avanzar. El aire se volvía irrespirable y su hediondez lo estaba matando. Quería poder avanzar, pero ello lo estaba obligando a realizar un gran sacrificio en medio de esa realidad adversa y se sentía bastante abatido.
Miró hacia el extremo final del túnel y se reanimó al ver que aquella luz estaba mucho más cerca. Siguió deslizándose laboriosamente y si bien la claridad se aproximaba hacia él, cada movimiento le originaba un gran esfuerzo y tenía un enorme cansancio. Pero no se quejaba y una firme voluntad lo animaba. Hasta que cuando llegó al final del túnel, divisó sorprendido una puerta transparente de cristal que formaba una brillante figura de un tablero de ajedrez con las piezas dibujadas por la luz proveniente del lado exterior.
Se incorporó como pudo y cuando con su mano vacilante empujó la puerta para tratar de salir, una luz intensa lo encandiló. Después de unos segundos cuando volvió a abrir los ojos, quedó atónito, parpadeando con dificultad para ver lo que tenía ante sí. La luz del sol sobre su rostro lo envolvía y fue en ese preciso momento cuando se despertó sobresaltado sacudiendo sofocado la cabeza, y se sentó en la cama como impulsado por un resorte. Miró hacia la ventana, donde los rayos del sol de media mañana se filtraban por las hendijas de la persiana hacia donde él se encontraba reposando.
La conciencia de la realidad lo fue devolviendo poco a poco al tiempo presente, sobre esa cama de sábanas solitarias y revueltas. Un tenue resplandor incidía en las agujas del reloj que indicaban que eran las diez de la mañana. Con la boca reseca, se incorporó lentamente y se dirigió hacia la cocina. Abrió la puerta de la heladera y vertió de una botella una abundante cantidad de agua fresca en un vaso, que bebió de un trago.
Luego se dirigió al baño y se mantuvo debajo del chorro de la ducha un largo tiempo, permitiendo que el agua le recorriera el cuerpo como si fuera un suave masaje. Se secó despacio, pensando en el significado del sueño que había tenido. Evidentemente al abrir esa puerta y despertarse, había atravesado la muralla y allí estaba la luz que finalmente lo conduciría a su destino final. Se encontraba ahora lleno de potencialidades y estaba decidido a convencer de una vez por todas a su padre para tomar esas clases de ajedrez en la Ciudad.
Ese sueño de su juventud fue una premonición y una enseñanza de que no era una tarea rutinaria lograr concretar sus ambiciones y deseos de triunfar en la vida, sino que para ello eran necesarios realizar muchos sacrificios. De esa manera, luego que su padre finalmente lo autorizara, tanto su aprendizaje como su carrera ajedrecística, fueron encontrando igual que en aquel sueño grandes dificultades y obstáculos en su camino, pero siempre trató de sortearlos mientras iba evolucionando en su técnica. Hoy es un consagrado maestro de ajedrez donde el éxito y la fama lo acompañan por todo el mundo.



4/3/20

Ajedrez mutante

Esa noche después de ganar una intensa partida de ajedrez en el torneo del club, el maestro se recostó en la cama para analizarla sobre un pequeño juego portátil, como forma de conciliar el sueño.
Al quedarse dormido tuvo una pesadilla, en la que se encontraba en el universo viendo la misma partida que esa noche disputó con su rival, donde las piezas se movían sobre un enorme tablero flotante de cuadrados blancos y negros.
Pero lo escalofriante de ese sueño fue el comprobar que las piezas de ajedrez se fueron convirtiendo repentinamente en seres humanos de carne y hueso, que luchaban ensangrentados unos contra otros en un violento embrujo endiablado, de acuerdo a las posiciones que se iban produciendo.
Aterrado porque la partida se había convertido en espeluznante y sangrienta, escuchó la voz celestial de la diosa Caissa, quien le dijo que esa estremecedora mutación iba a terminar cuando concluyera esa contienda ajedrecística, y que luego las características físicas de las piezas volverían a ser igual que antes.
Y al despertarse de esa pesadilla justo en el momento en que los seres de su rival abandonaban la lucha, pudo constatar la veracidad de esa aseveración, al ver el tablero y las relucientes piezas del juego de ajedrez, caídas sobre las sábanas revueltas de su cama.