22/8/21

Los de afuera son de palo

Dicen que en el juego de ajedrez los de afuera deben ser de palo. Pero hoy hay un lazo invisible de ayuda de mi abuelo, que esta mirando la partida de ajedrez que estoy disputando con mi papá. Hace unos instantes, se puso de pronto tenso, y clavó la vista en un punto muy preciso del tablero. Entonces yo me concentré en el lugar de su mirada, hasta que comprendí que era una advertencia. La luz se hizo en mi mente y me di cuenta que con un jaque doble podría perder la dama. Ahora ha vuelto relajarse esbozando una sonrisa, como para decirme que todo está bien. Pero yo me mantengo atento y expectante de su actitud, por si aparece alguna otra jugada de peligro

 


 



 

21/8/21

Volver a jugar al ajedrez

Mi amigo está muy solo, y como me echa de menos, quiere que vaya a buscarlo allí donde se encuentra, para volver a jugar al ajedrez. Cuando le conté a mi psiquiatra que había recibido ese pedido, me aconsejó que me negara, porque ese reencuentro no tendría ningún sentido. Pero yo también estoy muy solo y lo echo de menos, y por eso he comprado un revólver para poder jugar al ajedrez con él.

 


20/8/21

Antiguo reloj de ajedrez

Como tenía que hacer tiempo, aproveché para ir caminando distendido por las calles de Buenos Aires, y me paré frente a una vidriera de un negocio de antigüedades. Al principio miré sin mucho interés las cosas ofrecidas, pero poco a poco, mi imaginación se dejó llevar por la nostalgia de los años pasados. Podía percibir el aroma que se desprendía de los viejos muebles, mientras veía una guitarra y un violín, junto con candelabros y modelos de radios antiguas.

De pronto, sentí una sensación de ansiedad e inquietud, cuando vi a aquel viejo reloj analógico de ajedrez a cuerda, que en su caja de madera estaba apoyado junto a algunas viejas piezas de ajedrez. Luego del paso del tiempo y el uso de los relojes electrónicos, hace rato que dejé de utilizarlo en las partidas y prácticamente ya me había olvidado de él. Pero ahora estaba allí presente, como si hubiese resucitado, mirándome y pidiéndome que lo lleve.

Entonces, tomé la decisión de ingresar y señalándolo con la cabeza le pregunté al vendedor el precio y en que estado se encontraba. Me mencionó que si bien era antiguo, funcionaba perfectamente, y al ser el monto razonable, le dije que lo compraba. Fue allí que con una duda reflejada en su rostro me contestó que previamente iba a consultar al dueño, porque le parecía que habían recibido un pedido de reserva por él.

Demoró unos minutos que me parecieron siglos, durante los cuales me invadieron pensamientos pesimistas, pero cuando el empleado reapareció detrás del laberinto de muebles, una pequeña esperanza comenzó a florecer en mi alma. Al llegar junto a mí, esbozó una sonrisa diciéndome que no tenían problemas para vendérmelo y le dio cuerda para hacerme ver que aún funcionaba.

Mientras lo veía marchar, quería acariciar con mis ojos aquella caja de madera y envuelto en la nostalgia y con mi corazón latiendo de cariño, salí del negocio disfrutando de la compra. Había adquirido ese reloj que me recordaba mi juventud ajedrecística, y especialmente aquellas partidas ping-pong a 5 minutos por jugador, que generalmente terminaban a los manotazos cuando se caía la aguja del reloj.

Hoy con el avance de la electrónica, donde las partidas rápidas blitz se juegan con segundos de recupero, ese viejo reloj de ajedrez a cuerda, junto a mi juventud, lamentablemente ya se ha ido de este mundo, como se van las noches con sus sueños.

 


19/8/21

Trilogía cibernética amorosa

Dos jóvenes gemelos de rostro inexpresivo estaban jugando al ajedrez on-line en los monitores de sus respectivas computadoras, en las oficinas de un centro informático de investigación. De pronto, observaron con frialdad y sin causarle ningún interés, la llegada provocativa de una mujer joven y hermosa, que se paró a unos pocos metros frente a donde estaban sentados. Entonces, ella comenzó lentamente a quitarse la ropa, mientras ellos, como si nada ocurriera, seguían jugando tranquilamente la partida .

Después se le acercó completamente desnuda, los miró de manera insinuante y les sonrió, mientras se desprendía la piel plástica de su rostro, para mostrarle el metal que se ocultaba debajo. Finalmente deslizó la delgada capa plástica que envolvía su cuerpo con un suave y delicado movimiento, y en sólo unos segundos quedó absolutamente desprovista de toda semejanza humana. Era una figura brillante y metálica, que les sonreía amorosamente con sus blancos y delicados dientes de porcelana.

Entonces, aquellos jóvenes imperturbables que estaban impasible e indiferentes jugando al ajedrez en sus respectivas computadoras, atraídos por ese espectáculo, se incorporaron al unísono de sus asientos. Rápidamente se quitaron la ropa, y luego de arrancarse la fina capa de plástico que cubrían sus cuerpos, la abrazaron cariñosamente con sus brazos metálicos articulados.

 


 

18/8/21

Volver al ajedrez tradicional

No quiero jugar más al ajedrez de esa manera, papá.

¿Por qué? ¿No te gusta?

Es que me gusta más jugar al ajedrez on-line, moviendo las piezas en el monitor de la notebook.

Hijo, por favor, solo una partidita.

Pero como el niño no responde, porque está muy ensimismado jugando en su notebook, el padre, tras unos segundos de duda, da media vuelta y sale de la habitación con la caja y el tablero de ajedrez en sus manos.

¿Qué hicimos mal? —, le dice al ver a su mujer, devastado por la actitud de su hijo.

¿Te arrepientes de haberle comprado la notebook? —, le pregunta ella.

Claro que me arrepiento, yo quiero que mi hijo juegue en el mundo del ajedrez tradicional, donde las piezas están sobre el tablero —, se lamenta el padre.

 


 

Amor pasional

Ella era una hermosa dama blanca y el un apuesto y reluciente rey negro. Aquella noche, la dama blanca desató sobre el tablero de ajedrez un sinnúmero de jaques provocativos. Pero al rey negro, a pesar del peligro, le daba mucho placer esquivarlos con movimientos sensuales. Y luego de esas acciones voluptuosas, al concluir el juego, se originó entre ambos un desenfrenado amor pasional. A la mañana siguiente, la encargada de la limpieza los encontró apoyados uno contra el otro, rodeados por las demás piezas dispersas sobre el tablero.

 


 

17/8/21

La planta de mi jardín

Cuando le conté a mi madre que había crecido en el jardín de nuestra casa una planta de ajedrez, me dijo que yo estoy loco de remate. Al principio, la planta se limitaba a analizar conmigo las partidas, con unos libros que yo tenía en mi biblioteca. Pero pronto se cansó y tuve que empezar a jugar algunas partidas con ella. Fue un error. Mis continuas derrotas terminaron por decidirla. Me pidió que la ayudara a salir de mi jardín para enfrentar a los mejores jugadores del mundo. Y por más que insistí e insistí, no logré convencerla que lo que ella pretendía era realmente una locura. Finalmente me he resignado, y ahora, ante la mirada compasiva de mi madre, la estoy trasplantando con mucho cuidado a una pequeña maceta, para poder satisfacer su pedido.

 


 

16/8/21

Mal recuerdo

Estaba analizando en la cama una variante de la apertura, cuando de pronto me invadió el sueño, haciéndome rememorar aquella partida de ajedrez que perdí por un insólito descuido en la final de ese importante torneo. Ese mal recuerdo de mi vida, lo veía en el sueño completamente nítido y claro. Tan claro, que podía tocar las piezas, tan claro, que hasta escuché su grito de jaque mate en aquella partida trascendental.

Tan fuerte era ese recuerdo que me parecía ver como mi rival, que estaba presente frente a mí, tomaba rápidamente el caballo con su mano para dar la sorpresiva estocada final y luego, como yo arrojaba con exasperación todas las piezas por el aire. Una triste historia, que al recordarla en mi sueño, mis manos desparramaron las piezas de ajedrez sobre la cama, el suelo y la mesa de luz.

Fue en ese preciso instante que me desperté con mi corazón palpitando en medio de las sábanas revueltas. No sé cuánto tiempo pasó hasta que logré recuperarme. Entonces, guardé las piezas que habían caído en el suelo, las que estaban en la mesa de luz y algunas que reposaban sobre la cama, mientras hacia fervientes votos para que ese mal recuerdo se vaya de una vez por todas de mis sueños y que no regrese jamás.

 


 

12/8/21

Ajedrecista famoso

Solo una vez visitó un famoso jugador de ajedrez a nuestro pequeño pueblo. Yo lo recuerdo bien, porque era uno de los niños que estábamos estudiando catecismo en la Iglesia. Aquella mañana tuve que colaborar ayudando al cura que lo había invitado, a ubicar las sillas y unas tablas con sus caballetes, que hacían de mesa en el patio. Luego dispusimos sobre ella los tableros y las piezas ajedrez, a fin de que el maestro jugara cuarenta partidas simultáneas. 

En la misa de la tarde, luego de las partidas, el cura que estaba enfadado consigo mismo porque todos los jugadores habían perdido, dijo  que jamás iba a volver a invitar a algún ajedrecista renombrado. Afirmó que estaba seguro que el fracaso fue por su culpa, dado que no había sido claro en su rogativa a la virgen y a los santos, para que ayudaran a sus fieles a tener un buen desempeño.

Ahora, después de tanto tiempo, al recordar aquellas simultáneas en el patio de la Iglesia, pienso con una sonrisa, que cuando al día siguiente el ajedrecista se marchó del pueblo, a la virgen y a los santos no les habría importado demasiado que sus fieles hubiesen perdido. Es que todavía inmersos en la maravilla de esas partidas de ajedrez, estarían muy tristes porque nunca más recibirían la visita de algún otro ajedrecista famoso.

 


 

 

11/8/21

El niño ajedrecista

Un día un niño ajedrecista se instaló en mi cerebro. Pensé que si no le hacía caso acabaría por marcharse, así que no le dije nada. Pero el niño se quedó allí, obligándome a analizar las partidas y haciéndome preguntas sobre una u otra variante de las aperturas.

A partir de ese momento, mi vida de ajedrecista se complicó. En los torneos de ajedrez aparecía a menudo en mi mente ese niño inmaduro e inexperto, y me hacía perder las partidas. Entonces caminaba de deprisa hasta llegar a mi casa, iba a mi cama y hundiendo la cabeza en la almohada, desahogaba mis penas con un grito. Luego me consolaba llorando como el niño que tenía en mi mente. De modo que no tuve más remedio que deshacerme de él para siempre.

Pero me arrepentí de haberlo hecho. Ahora ocupa su lugar un celular que fiscaliza todos mis movimientos con un programa de ajedrez de muy bajo nivel. Él no me hace preguntas ni me pide explicaciones. Pero cuando estoy jugando en un torneo lo siento sonar en mi mente y la excitación por saber que jugada me sugiere se acumula en mi espíritu. Trato de contenerme, pero no puedo, y luego de consultarlo no dejo de perder las partidas. Y para colmo de males, ahora no me queda ni el consuelo de llorar como un niño.



 

La profesión de mi vida

Estaba por entrar a mi casa ubicada frente a el inmenso parque Avellaneda de Buenos Aires, cuando en ese atardecer donde el sol acariciaba el follaje de los árboles, distinguí a lo lejos a unos niños de la escuela jugando al ajedrez. Esa vista impregnó de nostalgia a mi alma, porque me hicieron recordar unos momentos trascendentes de mi infancia. Y como si se hubiese detenido el reloj que mide las horas del tiempo de mi vida, me encontré de pronto sentado en el pupitre de la escuela primaria.

— Ya tienen trece años y ha llegado el momento que empiecen a pensar en la profesión a la qué van a dedicar sus vidas—, nos dijo la maestra. Entonces se hizo un silencio profundo en esa clase del último año de la primaria, cuando nos comenzó a preguntar a cada uno de nosotros, que queríamos ser cuando fuéramos mayores. Locutor, mecánico, médico, aviador, fueron las respuestas que se sucedieron hasta que llegó mi turno.

— Ajedrecista —, contesté con firmeza, como si mi futuro estuviese cincelado sobre un tablero de ajedrez. En ese instante de la tarde, la luz del sol caía sobre mi pupitre, mientras miles de minúsculas partículas de polvo de tiza flotaban a mi alrededor.

— Pero...¿estás seguro? —, me dijo la maestra frunciendo el ceño con un gesto cargado de extrañeza, aunque de inmediato comprendió que no estaba bromeando. Yo no era uno de los alumnos más aplicados de la clase, pero todos me creían inteligente, porque me gustaba el ajedrez y nadie podía ganarme.

Varios días después, en una mañana que estaba desayunando con mi padre, tenía aún algo de sueño y una medialuna a medio masticar, cuando de repente, me preguntó sonriendo y tratando de entusiasmarme.

— ¿Quieres empezar en la escuela industrial? Sería bueno que fueras pensándolo.

— ¡Yo no quiero ser técnico! —, le respondí instantáneamente, mientras observaba en su rostro que esa respuesta le producía una gran decepción. En realidad, mi padre deseaba en el fondo de su alma que yo sea técnico como él, y que me dedicara a la industria de la construcción.

— Quiero ser ajedrecista —, le dije con convicción.

Ante aquella contestación imprevista, parecía como que mi padre fuese víctima de una suerte de confusión, mientras yo lo miraba ensimismado. Aunque en aquel momento de mi vida lo sentía muy próximo a mí y a mis sentimientos, nunca se había comportado así ante mis ojos. Pero rápidamente se repuso de la sorpresa,

—¿Se puede saber por qué quieres dedicarte al ajedrez? —, me preguntó.

— Porque jugar al ajedrez es mi vocación, y por eso quiero estudiar para llegar a ser maestro.

En ese instante, en mi infancia la profesión de mi vida había tomado forma. Yo estaba feliz, porque había comprendido que no sólo le había dado una firme respuesta a mi padre, sino que además, me había formulado una promesa a mí mismo para el futuro. Sin embargo, ante esa ferviente respuesta, mi padre no se dio por vencido.

— Esta bien que te guste el ajedrez, pero paralelamente debes seguir estudiando en alguna escuela secundaria para completar tus estudios.

Y fue así, que después de pasado un tiempo, la realidad de aquellos deseos fueron tomando un camino distinto. Si bien el ajedrez constituyó una parte muy grata e importante de mi vida, nunca me dediqué profesionalmente a él. Al graduarme en la escuela primaria, finalmente acepté la sugerencia de mi padre y me recibí de maestro mayor de obras en la escuela secundaria, para luego seguir la carrera universitaria y egresar como ingeniero. Y como tal, desarrollé luego con mucho placer toda la actividad profesional de mi vida.

Ahora, después de tanto tiempo, ya jubilado y parado frente a la puerta de mi casa, sigo mirando a esos chicos que están en el parque jugando al ajedrez. Y pienso si alguno de ellos tomará la decisión de consagrar profesionalmente el resto de su vida al ajedrez, como tan fervientemente lo deseaba yo en aquella época lejana de mi niñez.

 


5/8/21

Soneto al jaque mate

Jugué inspirado al ajedrez un día

convencido de estar en un concierto,

con las piezas y el tablero cubierto

de deseos de emoción y alegría.


Había en mi ánimo mucha hidalguía

y estaba en esa lucha bien despierto,

encaré la partida con acierto

y así quedé mejor en la porfía.


Las jugadas tenían su exigencia

pero visualicé un plan en mi mente

y comencé a aplicarlo en el tablero.


Entre amenazas que hacían presencia

puse toda la pasión de un valiente,

y al fin logré el jaque mate certero.