26/3/22

El peón revoltoso

El peón de ajedrez era revoltoso. Siempre cuestionó todo, y nunca se quedó tranquilo ni callado frente a nada. Tal era su rebeldía que comenzó a cuestionar a los reyes. Según él las monarquías no deberían existir, y armó un grupo revolucionario junto con otros peones descontentos y algunas otras piezas. Finalmente, derrocaron a los reyes luego de una larga lucha y establecieron la república sobre el tablero. Pero fueron benévolos con el rey y la reina, a quienes después de despojarlos de su embestidura, les perdonaron la vida. Poco después, el rey sobornó al peón revoltoso que había encabezado la revolución, para que le permitiera presentarse como candidato a los comicios. Fue así, que mediante utópicas promesas electorales a las piezas, el rey fue elegido presidente del tablero. Entonces, como compensación por su apoyo, designó al peón rebelde como su primer ministro. Y ahora aquel peón revoltoso, envuelto en la misma burocracia y corrupción que había en la monarquía, se siente muy contento con la república.




18/3/22

Ajedrecista fanático

Todos los días veía al anciano llegar y sentarse en un banco del parque, con un pequeño juego de ajedrez de cuero en sus manos, que a mí me gustaba muchísimo. El anciano era un fanático ajedrecista que se concentraba de tal forma en el tablero, que parecía sumergirse en él. Un día vi que el anciano había desaparecido y que el juego estaba solitario sobre el banco del parque. Entonces, imaginé con una sonrisa que el pequeño juego de ajedrez lo había absorbido. Tenía la alegre intención de apropiarme del juego y llevármelo a mi casa, junto con el anciano que estaba adentro. Por suerte pude reaccionar a tiempo de esos malos pensamientos, y salí corriendo a fin de alcanzar al anciano y devolverle el pequeño juego de ajedrez que había dejado olvidado.

 


 

 

17/3/22

La vida es un juego de ajedrez

Mientras me miro al espejo del baño al levantarme, se nota el mal sueño que he tenido. Todavía me retumban en la cabeza aquella frase que siempre me decía mi madre al despertarme cuando yo era chico: "Vamos... que la vida es un juego de ajedrez". Ella que es fanática del ajedrez y fue campeona femenina, siempre deseó fervientemente que la pasión de su vida se transfiera a mi vida.

Pero a medida que fui creciendo, aquello que al principio me parecía emocionante, se transformó en una especie de molesta actividad que complementa la rutina de mi vida: Por las mañanas, desayunar e ir a las clases del secundario, por las tardes almorzar, estudiar para la escuela y el ajedrez y por las noches cenar, ir a jugar ajedrez al club y finalmente dormir.

Debo cumplir mi papel de buen hijo para mi madre y avanzar hasta la meta, que a meses de terminar el secundario no estoy convencido que sea el ajedrez. Es que mi madre cree que armó el tablero de mi vida a mi medida, y como un cobarde, no sé como decirle que yo no encajo en el mismo. Yo hubiese preferido una vida distinta, más tranquila y menos competitiva.

Ahora siento que mi madre me llama para desayunar. Entonces, en esta vida que para ella es un juego de ajedrez, comienzo a lavarme la cara rápidamente, para salir cuanto antes y no llegar tarde a la escuela.

 


 

16/3/22

Penuria ajedrecística

Al terminar un almuerzo de dos familias amigas en un departamento de la Ciudad, los dos padres, fanáticos del ajedrez, desean jugar de sobremesa una partida. Primero debieron esperar que todos terminaran de comer para usar la mesa y sentarse en alguna de las sillas desocupadas. Luego lograron ubicar el tablero de ajedrez con sus piezas en un rincón de la mesa con luz suficiente, desplazando los elementos dispersos que habían quedado del almuerzo. Pero después de instalarse, debieron soportar al jugar, el ruido de la televisión encendida a pocos metros, a sus esposas conversando alegremente mientras lavaban los platos y a sus hijos pequeños gritando mientras jugaban. Todo ello envuelto en el ruido de fondo del ladrido de los perros y la música estridente del departamento lindero.

 


14/3/22

Dados endiablados

El niño estaba muy aburrido y decidió jugar una partida de ajedrez contra un rival imaginario, empleando los dados. Así efectuó con sus piezas blancas e4 y luego tiró los dados con el cubilete, para ver que jugada hacían las negras. Esperaba que no le salieran el uno o el dos, que eran las únicas jugadas posibles de peón y caballo. De ese modo su rival debería pasar, lo que le permitiría desarrollarse, efectuando una nueva movida.

Pero salieron un cuatro y un dos, de modo que movió el caballo negro a c6. Luego de jugar d4, tiró los dados constantemente para mover las piezas negras, las que fueron logrando poco a poco una mejor posición. Y ante su asombro, los designios impredecibles de los dados, fueron acorralando a su rey blanco hacia los últimos casilleros del tablero en el que podía guarecerse.

Finalmente, ante esos dados endiablados, su rey ya no pudo defenderse tras los pocos peones que le quedaban, y todo el tablero quedó sembrado de piezas negras. Frente a esa derrota, el niño descargó su rabia arrojando al suelo con toda su fuerza el cubilete con los dados.

Su madre que oyó el ruido y el portazo que dio al salir de su cuarto, cerró sus ojos, y lamentó que su hijo, al que le gustaba tanto el ajedrez, no tuviera algún amiguito para jugar con ese hermoso juego que le habían traído los Reyes Magos.

 




 

8/3/22

Jugador ventajero

El alma de un famoso ajedrecista llamó a la puerta del cielo y cuando apareció San Pedro le dijo:

Disculpe Señor la molestia, acabo de morir y quisiera pasar al Paraíso para poder jugar con los mejores jugadores del mundo que se encuentran allí.

— Fuiste un hombre de poca fe religiosa, y por eso no te puedo dejar entrar —, le respondió San Pedro.

— No es realmente así Señor. Es verdad que mi fe no ha sido mucha, pero siempre he invocado a Dios para que me ayude cuando me encontraba mal en las partidas de ajedrez. Y gracias a él, que me ha ayudado en todas ellas, he logrado alcanzar el éxito en muchos torneos de mi carrera ajedrecística —, le dijo el maestro.

Tras escucharlo, San Pedro meditó un momento y luego le respondió:

— Bien, te mandaré al Purgatorio para que purifiques tu alma de los pecados que has cometido. Pero antes de dejarte entrar al Paraíso, le pediré a Dios que no te ayude más en tus partidas, porque allí no queremos jugadores ventajeros.

 


 

1/3/22

La revancha

Al sumergirme en el placer de la escritura, en mi último cuento decidí que el personaje principal sea nada menos que el campeón mundial de ajedrez. En la trama, se me ocurrió que pierda sin atenuantes en la partida definitoria por el título, al no ver una combinación brillante, con sacrificio de dama y mate inevitable en tres jugadas. Pero ese triste descenlace, a pesar de pertenecer a la ficción, no cayó bien en algunos lectores fanáticos del campeón, y ello me ha provocado algunos problemas. Me han hecho un petitorio para que escriba otro cuento, dándole la oportunidad de una revancha.

 



La soledad de la casa

En la soledad de la casa envuelta en el silencio, roto tan solo por el crepitar del fuego de la chimenea, el anciano trata de resolver un problema de mate en dos, de un libro que el médico le recomendó para ejercitar la memoria.

De pronto se detiene y alza un instante la vista. Acaba de oír la puerta de calle al abrirse y el tintinear de unas llaves. Es su esposa, que entra en la casa y se acerca lentamente a la chimenea, para extender y calentar allí sus rugosas manos. Luego se acerca y se sienta al lado del anciano, quien deja por un momento el problema de ajedrez .

Ella le comenta la frialdad con que la recibió su nuera en la visita a su casa, los regalos que les compró a sus nietos para verlos contentos, y que ellos le dijeron que cualquier día de estos pasarían a visitarlos. Es allí que de pronto aparece la gata, quien se acerca cariñosa para hacerles compañía. El anciano la acaricia durante un rato, antes que se vaya a dormir junto al fuego de la chimenea.

La anciana suspira mientras los observa y luego le dice con una triste sonrisa, que es seguro que sus nietos no vendrán a verlos, mientras se retira a su dormitorio para cambiarse y preparar la comida. Entonces, la soledad de la casa envuelta en silencio, se abalanza nuevamente sobre el anciano y el problema de ajedrez.