En
una mesa de ajedrez en el parque en la que se jugaba una partida
rápida con un viejo reloj analógico, la verborragia del abuelo
chocaba contra la mudez estratégica del nieto:
—Hola
nene, empezaste con Peón 4 Rey, ¿es lo tuyo, no? —le dijo el
abuelo intentando romper el hielo.
— Perdóname
por lo de ayer, ya sabes que cuando pierdo digo pavadas. ¡Pero ojo
que si ahora te gano, no quiero excusas!
El
nieto movió su pieza sin decir palabra.
—Bueno,
vamos por esa variante de los cuatro caballos entonces —comentó el
abuelo al llegar a la tercera jugada, buscando la complicidad del
niño. Éste solo asintió con la vista fija en las piezas.
A
la jugada siete, el abuelo intentó presionar:
—Veo
que tratas de fortalecer el centro... ¡Voy a intentar romperlo
avanzando este peón!
Para
la jugada once, la tensión subía en la partida. Su nieto propuso un
intercambio que el abuelo rechazó con una carcajada:
—¿Quieres cambiar para simplificar la posición? No te voy a dar el gusto:
¡Jaque al rey!
—El
niño movió su monarca con calma
—.
¡Qué cobardón es tu rey, se esconde tras el peón! Pero ahora me
acerco con mi caballo y ya vas a ver!.
Sin
embargo, para la jugada trece, el abuelo empezó a sentir que el
terreno cedía bajo sus pies.
—¡Estoy
más lento que nunca! —se quejó, mirando el reloj y rascándose la
nuca—. Me quedé pensando, porque estaba convencido de que ibas a
cambiar el caballo. Voy a jugar de una vez, porque si sigo así
pierdo por tiempo. Estoy seguro de que no viste este movimiento de mi
alfil.
Pero
el niño sí lo había visto. A la jugada diecinueve, el abuelo se
tomó la cara con las manos.
—¿Esa
jugada hiciste? ¿Cómo puede ser que no haya visto este jaque
descubierto? ¡Maldición, no lo puedo creer! Muevo el rey, no me
queda otra.
—¿Te
gustó más mi dama, no? continuó el abuelo en la jugada veinte,
intentando mantener la dignidad— Pero con torre y alfil te la sigo
todavía.
El
final fue fulminante. En la jugada veinticuatro, un sacrificio de
torre del nieto dejó al abuelo sin aire.
—Este
sacrificio no lo vi y el mate es inevitable. Bueno, nene, parece que
no tengo nada que hacer: ¡Abandono!
El
abuelo volcó su rey y extendió su mano para felicitarlo, pero antes
de cerrar el tablero, le lanzó un último reproche cariñoso al niño
que seguía allí, mudo y victorioso:
—Pero
te digo una cosa: ¡deberías ser más considerado y no quedarte
siempre callado cuando juegas
al ajedrez con tu abuelo!