18/10/18

Triste confesión

Un suave empujón le bastó para abrir la puerta de mi dormitorio y despertarme. El niño entró sin pedir permiso y se paró frente a mi cama demostrando una pena inmensa. Traía sus cabellos rubios revueltos sobre su cabeza. Tenía las pupilas dilatadas y los ojos inundados por las lágrimas que se deslizaban sobre sus mejillas. La mirada imploraba consuelo sin poder emitir palabras, ya que el llanto se lo impedía. 
Su imagen erguida y quieta se aferró al borde de mi cama, ofreciéndome toda la belleza de su ser enmarcada por sus sollozos. No sabía que hacer, ni que actitud asumir, desorientado ante tamaña manifestación de desconsuelo.
¿Quién pudo dañar su inocencia de tal manera y a tal extremo? ¿Qué cosa pudo afectar tan hondo a su corazón para ocasionar semejante tristeza?
Sin medir palabras me extendió sus manos y pude notar en el gesto de su rostro que me exigía cariño. No pude resistir y al incorporarme en la cama, sentí que en un impulso desesperado sus brazos se enroscaban en mi cuello, mientras sus lágrimas empapaban mi camisa al apretarse junto a mi pecho.
Entonces hundí mis manos en su pelo y besé su carita humedecida por las lágrimas. Fue allí cuando con voz entrecortada mi nieto me confesó su dolor.
– Abu, … mi papá me ganó al ajedrez.

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