23/2/14

El complicado ajedrez de mi vida

Porque esta vida no es
-como probaros espero-,
mas que un difuso tablero
de complicado ajedrez.
Del poema "Ajedrez" de Omar Khayyam  

Luego de aquellos reproches y ese pedido de separación por parte de mi novia en la casa de sus padres, me sentía más triste que nunca y me costaba mucho concentrarme en la partida. Estaba luchando en ese  tablero de ajedrez contra el ejército blanco de mi adversario, observando como sus peones avanzaban en forma arrogante y triunfal. Pensé con cierta excitación que de alguna manera, debería encontrar una variante salvadora para mi debilitada posición, en esa terrible lucha que se avecinaba.
Fue justo en ese momento cuando encontré la jugada milagrosa del sacrificio de un bravío caballo negro, con el que propiné a costa de su vida, un certero jaque al rey blanco. Finalmente, el rey de mi adversario tuvo que retroceder cobardemente para protegerse tras sus torres, muy junto a su dama. Por un instante, presentí que fácilmente podría lograr la paz en esa guerra sugiriendo un armisticio de tablas, que sin duda debería contar con la aceptación por parte de mi rival.
Fue allí, cuando repentinamente mi mente se dejó llevar por el deseo y a pesar de esa pena que tenía en el alma, me sentí estremecido por una brisa cálida y amorosa. Comencé a imaginar nada más y nada menos, que los labios húmedos y tiernos de mi amada en la vida real, eran los de aquella bella dama blanca de marfil. Allí estaba ella cerca de su rey, distante y altiva, bien protegida por el grueso del ejército de mi rival y rodeada por inexpugnables torres amuralladas, que me parecían la casa de sus padres.
Entonces, mi alma enamorada se impregnó por completo de los mismos objetivos por la que lucharía en la vida y con una cierta sensación de sosiego y esperanza, decidí postergar la propuesta de tablas. Sentía en mi espíritu que nada me importaba más en esa lucha ajedrecística que el placer de poder capturarla, como una ilusoria y prodigiosa forma de reconquistar virtualmente aquel sublime amor de mi vida. Por ello, empecé a plasmar en mi mente una estrategia distinta.
Fue así que decidí avanzar en forma enérgica con mi ejército negro, apoyado tácticamente con mi infantería mejor posicionada. Debería evitar a toda costa los flancos, que estaban siendo duramente diezmados por los ataques continuos de las fuerzas de mi rival. Mientras el campo de batalla seguía sembrándose de muerte, avancé firmemente con mi ejército negro. El combate se incrementó y muchos de mis peones cayeron luchando con gran valentía.
Finalmente, con mi otro caballo, que estaba bien cubierto y apoyado por los alfiles, pude llegar en forma lenta y subrepticia cerca de aquella ansiada dama. Allí, mágicamente estaba mi amada ante mis ojos, tan accesible, tan hermosa y apetecible, que hacía que todo mi ser esperara ansioso la jugada de mi rival para reconquistar a mi amada.
Pero cuando ya estaba por realizar el salto con el caballo sobre las defensas enemigas para capturarla, el grito repentino de “¡jaque mate!” de mi rival, me hicieron estremecer, paralizándome el corazón. Y entonces, mi alma se llenó de angustia ante la frustración en esa lucha virtual para lograr recuperar aquel amor perdido, en ese tablero difuso del complicado ajedrez de mi vida.


12/10/13

¡Yo le gané a Kasparov!

El día que cumplí los cinco años mi padre me trajo de regalo un tablero de ajedrez que todavía tengo en mi pieza y lo uso para practicar. Él me enseñó los movimientos elementales y ese día la pasamos jugando. Pero en ese tiempo cometió algunas infidelidades que lo llevaron a separarse de mi madre. Desde ese momento prácticamente dejé de verlo. Ya adolescente y viviendo con mi madre, que muy despechada siempre me hablaba mal de mi padre, me constituí en un ser solitario y taciturno, con algunos problemas psicológicos. 
Comencé a jugar ajedrez en el club de mi barrio, porque sencillamente me gustaba. Sin embargo, mientras mis rivales profundizaban con pasión en las tácticas y estrategias del juego, para mí  resultaba una forma  placentera de evadirme de la realidad.  Siempre fui un jugador mediocre, sin ganas de progresar y el éxito me importaba muy poco, envuelto en esa existencia amarga y sin esperanzas.
Pasados algunos años, una tarde me enteré que Garri Kasparov iba a realizar una exhibición de treinta partidas simultáneas en el club de mi pueblo y decidí participar. Y aunque resulte increíble le gané al mejor jugador de todos los tiempos en la historia del ajedrez.  
Al día siguiente compré el periódico y cuando vi el título que informaba sobre el evento, me sorprendí al leer mi nombre en una parte de la nota. En el artículo me elogiaban sobremanera porque yo había sido nada menos que el único ganador en esas simultáneas y eso me emocionó muchísimo.
Cuando llegué al club a la semana siguiente me senté en una mesa vacía y mientras esperaba que algún amigo se sentara para jugar conmigo, recordé aquella partida. En la jugada veintitrés Kasparov que estaba en posición ganadora, tomó la torre e inmediatamente lo noté algo turbado. Allí me di cuenta que se había equivocado y que no tenía otra opción que jugarla en un lugar que yo se la capturaría. En ese mismo  momento sonriendo gentilmente y dándome la mano abandonó la partida, sin que yo pudiera reaccionar de la sorpresa.
De pronto, una persona que pasó al lado de mi mesa en el club me volvió a la realidad. Me miró y dirigiéndose hacia mí, me preguntó:
- ¿Usted fue el que le ganó a Kasparov?
- Si, fui yo -, le contesté escuetamente, tratando de disimular un sorpresivo orgullo que me surgía con fuerza desde el fondo de mi alma. Se ve que la gente desconocía el hecho de que yo no había tenido ningún mérito en lograr aquel triunfo y luego me mantuve callado. Qué necesidad tenía de contarle que había sido por un error involuntario de Kasparov y que realmente esa causa fortuita permitió que ganara la partida.
Estaba ensimismado en esos pensamientos, cuando escuché a tres personas que hablaban en una mesa contigua.
- ¡Ese tipo le ganó a Kasparov! -, dijo uno de ellos, señalándome con admiración con la cabeza. Entonces permanecí quieto, fingiendo no haberlo visto, ni escuchado.
Pero en esos momentos, yo que siempre había sido un pusilánime, comencé a sentirme inmerso en los dominios de la soberbia. Me parecía como que realmente había conquistado ese éxito librando sobre el negro y blanco del tablero, la gran batalla ajedrecística de mi vida. 
- ¿Pero esa fama no fue en realidad más que un producto del azar? -, preguntaba mi razón con modestia. 
- ¡Claro, pero fuiste el único que ganaste y nada menos que a Kasparov! -, contestaba mi ego con vanidad.
Luego con el devenir del tiempo se me fueron olvidando los detalles, las reacciones y las circunstancias de este acontecimiento ajedrecístico. Pero aunque parezca mentira, el orgullo por ese triunfo fortuito me ayudó muchísimo para recomponer psicológicamente el triste destino que en aquellos momentos estaba llevando el camino de mi vida.

 









Publicado en el libro “La caja del tiempo” 
Editorial Alsina. Buenos Aires. 2013.

27/7/13

Ajedrez de sueños y agonías

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías? 

Jorge Luis Borges.

En el tablero blanco y negro de ese torneo de ajedrez, sus piezas blancas resplandecen y su mente iluminada vuela con ellas, planteando un gambito encarnizado a su adversario. Mas su posición superior en la apertura va diluyéndose en ese vuelo, entre un errante laberinto de sutiles combinaciones. De todos modos, ya en el medio juego, aunque sus sueños van pareciendo lejanos e inalcanzables, la ansiedad del triunfo los ilumina con alguna remota esperanza.
Sin embargo, esos sueños igual que el sol en el ocaso, van apagándose poco a poco, sumiéndolo en una angustiosa inferioridad posicional. Pero de pronto, entre esa misma angustia, aparece milagrosamente una variante táctica que podría conducirlo a las tablas redentoras. Parecía como que en ese ocaso, surgía un destello del sol en su agónico descenso.
Pero el hilo de la combinación le demuestra que era sólo un destello de ilusión. Las piezas negras enemigas con una mágica estrategia, comienzan a dispersar parsimoniosamente a sus blancas piezas, como si fueran hojas marchitas movidas por el azar del viento.
Y así muy lentamente, aún respirando, aún palpitando, va subsistiendo hasta llegar a la fase final de la partida. Allí, ya con inferioridad de material se van extinguiendo sus últimos recursos tácticos, en esa excitante partida de sueños primeros y de agonías después.
De pronto, como un rayo emerge el grito del jaque doble demoledor. Ante ello, sólo le queda inclinar su rey blanco con un respetuoso silencio y extender la mano a su adversario, reconociendo con hidalguía su derrota.
Pero esa angustia no le dolerá mucho tiempo, porque siempre los sueños de triunfo volverán a iluminar su espíritu, como lo hace el alba después del ocaso. Mañana Dios moverá al jugador y éste moverá las piezas en un nuevo y apasionante vuelo ajedrecístico, igual que en esa blanca y negra trama inmortal de polvo y tiempo de la vida, hecha de sueños y agonías.




26/4/13

El programador de ajedrez

Era un programador científico brillante y desde muy joven su vida sólo había tenido como objetivo tratar de destruir al juego de ajedrez. Este sentimiento estaba en su inconciente desde su niñez. Su padre, que era un jugador mediocre, le instaba compulsivamente a jugar, pretendiendo que sea el campeón que no pudo ser él. Para ello, le había enseñado a jugar explicándole algunas variantes básicas y lo anotaba acompañándolo a todo torneo que se organizara cerca de donde vivían.
Él no sentía ninguna pasión por ese juego y por supuesto perdió numerosas partidas, recibiendo los permanentes reproches de su padre. Finalmente llegó un momento que no aguantó más y se negó terminantemente a participar, ante la desesperación y recriminación de su progenitor. Todas estas circunstancias, le hicieron aborrecer con toda su alma y de por vida al juego de ajedrez. Destruir ese juego era además su ansiedad secreta, a la que se dedicaría en gran parte de su vida solitaria y enfermiza, la que estuvo ceñida ya desde muy chico a la realización de programas informáticos.
En su juventud trabajó como programador en IBM, y participó activamente en  la construcción del sistema operativo Deep Blue. Estaba diseñado para jugar al ajedrez aplicando la potencia bruta de un superordenador de procesamiento masivo, capaz de calcular doscientos millones de posiciones por segundo. Ese programa le había dado muchas satisfacciones a él y a sus creadores, porque logró derrotar en un mach, nada menos que a Garri Kasparov, que para ese entonces era el mejor jugador humano de todos los tiempos. Sin embargo, hubo muchos comentarios afirmando que se había ayudado furtivamente al programa en algunas jugadas claves, por expertos ajedrecistas.
De todas maneras y para su desdicha, esa derrota no afectó para nada la reputación del juego de ajedrez en el mundo. Este hecho solo había logrado apaciguar un poco la inmensa soberbia de superioridad que siempre lleva implícita el subconsciente humano. La computadora tal cual es su función, siguió constituyendo de por sí, una herramienta útil de ayuda permanente a los jugadores, para entrenamiento, capacitación,  mejoras en variantes o planteos estratégicos. De esa forma, ese juego divino no fue afectado para nada por el desarrollo de los programas informáticos aplicados al ajedrez. Se siguió jugando lealmente entre humanos, frente a frente, cara a cara, permitiéndoles disfrutar a los contrincantes el placer de la noble competencia, rodeada del arte y la creación estética.
Este hecho exacerbó mucho al programador y lo llevó a pergeñar la idea de construir un programa que jugase tan perfectamente al ajedrez, que le permitiera determinar si la pequeña ventaja de las blancas en la salida era suficiente para ganar. Si ello fuese cierto, ese desequilibrio de fuerzas sería una forma inexorable de destrozar la esencia de equidad de ese juego. De esa manera, en sus horas libres en forma secreta, solo, siempre solo, rumiando en silencio el amargo pasto de sus ideas, se dedicó a elaborar un programa especial a ese fin. A diferencia de Deep Blue, el programa contaría con una vasta cantidad de información y con un motor de inteligencia artificial, capaz de decidir por sí mismo la respuesta más acertada a cada planteo y sin ayuda humana alguna.
Luego de mucho empeño y perseverancia logró elaborar ese programa, que sin lugar a dudas sería el más perfecto y avanzado del mundo. Lo iba a hacer jugar consigo mismo, a fin de develar ese misterio que tanto lo obsesionaba. Según la opinión general de todos los grandes maestros de ajedrez cuyos libros había consultado, la pequeña ventaja de la apertura no era suficiente para ganar y jugando correctamente las negras, todas las variantes terminarían irremediablemente en tablas. Sin embargo, él dudaba de esas aseveraciones y esperaba que la precisión infalible de su programa le proporcionara la respuesta correcta.
Cuando comenzó a realizar los últimos ajustes del programa a fin de empezar el experimento, la incertidumbre lo envolvía por completo. Si llegaba a descubrir que era posible transformar en victoria en todos los casos con la mínima ventaja de la salida, el destino del ajedrez estaría irremediablemente acabado, Por otra parte, se constituiría en el más famoso y reconocido programador de ajedrez del mundo. Durante aquellos días de tensión nerviosa frente al monitor de la computadora, sufrió un estado de excitación como jamás le había sucedido. Cuando se despertaba luego del intenso y febril trabajo, no sabía si realmente había tenido un dormir o un despertar verdadero. 
Al concluir con la puesta a punto, una emoción intensa lo invadió. Tuvo que esperar algunos minutos para tratar de serenarse, antes de decidirse a poner en marcha el programa en la computadora. Cuando finalmente recobró el aplomo, lo ajustó para jugar contra si mismo y después pulsó enter para poner en marcha la partida. Dejó que el propio programa eligiera al azar alguna de las veinte posibles variante de salida de las blancas.
La espera se tornó en una verdadera agonía. Los minutos le parecían una eternidad y mientras la ansiedad lo carcomía, observaba el lento desarrollo de la partida en el monitor. Perseguía en su memoria la luz del discernimiento en cada jugada y la hacía subir a la superficie, pero luego era apagada por la tensión que sufría, justo en el momento que se iba a convertir en comprensión. Sólo temblor y palpitación representaban para él cada respuesta del programa, mientras el corazón le latía intensamente. De vez en cuando se le nublaban los ojos y no sabía si éstos lo engañaban o si se estaba obscureciendo la pantalla. De esa forma, los nervios lo fueron consumiendo más y más, hasta que finalmente estalló su corazón.
Como no tenían noticias de él y no contestaba las llamadas, los familiares comenzaron a impacientarse. Después de unos días, decidieron violentar la cerradura de la puerta de su departamento y allí encontraron su cuerpo sin vida, apoyado sobre la mesa de la computadora. En tanto, en el monitor todavía encendido, observaron sin comprender nada, a dos solitarios reyes, que con el tiempo ya consumido, permanecían estoicamente estáticos. Ellos eran los testigos silenciososo del fracaso del programador y parecían saludar al mundo con solemnidad, desde la trama blanca y negra de ese juego sublime e inmortal.



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Publicado en mi libro La caja del tiempo. 
Editorial Alsina. Buenos Aires. 2013.
Versión ilustrada de Frank Mayer

20/9/12

Una partida hasta la muerte

Un tablero de sesenta y cuatro casillas era un campo de batalla claro oscuro, donde treinta y dos piezas blancas y negras esculpidas en madera emergían tenuemente iluminadas por las luces del viejo salón del club de ajedrez. Se enfrentaban por un lado el hombre que conducía las blancas, representado por un gran maestro internacional ya retirado y por otro, una computadora de última generación conduciendo las negras. Era una partida pactada sin límite de tiempo, hasta que se produzca la muerte del humano, donde la computadora tendría la obligación de contestar en el mismo lapso empleado en su jugada anterior por el hombre.
Se trataba de un mach que había propuesto el gran maestro, que ya tenía ochenta años, afirmando que esa sería su partida final. El desafío era muy difícil y el veterano maestro había dicho que vencería a la computadora regulando su tiempo de reflexión y análisis durante todo el período que le quedaba de vida, considerando la vida util de la computadora y que las partidas de ajedrez pueden llegar como promedio a algo más de cincuenta jugadas.
Luego de pasar algunos años, ya se acercaba el final de la partida y la computadora había efectuado ese día un seguro movimiento analizando con su fuerza bruta un número casi ilimitado de combinaciones, en el mismo tiempo que había empleado el maestro, tal cual lo pactado. Con esa última y precisa jugada la computadora seguía una línea de juego, que según su programa, la conducían hacia un desenlace satisfactorio de la partida.
Le tocaba mover al maestro que no parecía tener prisa porque el tiempo se había detenido ante sus ojos y pensaba realizar un concienzudo análisis de las diversas opciones, ya que realmente su posición no era del todo favorable. Sin embargo, esta vez ocurrió algo milagroso, porque un mágico destello de luz iluminó su mente y con la velocidad de un rayo efectuó una jugada extraordinaria y genial.
Ahora debía jugar la computadora y evidentemente era un movimiento muy complicado para resolver en el poco tiempo que disponía. Ella comenzó a efectuar con toda la premura posible el análisis de las infinitas variantes que se producían, pero los minutos pasaban raudamente y se acercaba el fin del tiempo pactado para realizar su movimiento.
Fue allí que el anciano maestro sonrió para sus adentros, al percatarse en un momento dado que un tenue y casi imperceptible hilito de humo blanco había comenzado a surgir de la carcasa de su adversario.

16/9/12

Ajedrez artístico

El ajedrez crea sus obras de arte

sobre un simple tablero blanco y negro,

donde pueden originar las piezas

un malabarismo hermoso y divino.

Ellas nos inundan de goce estético,

pero nunca calmarán nuestra sed,

dado que los posibles movimientos

están poblados de bellos caminos.

Tal vez, sea esa una de las maneras

con que Dios nos deleita el intelecto,

mientras el lento devenir del tiempo

juega al ajedrez con nuestro destino.





17/11/11

Sueños de triunfo

En el negro y blanco tablero
sus piezas resplandecen,
envueltas en un errante laberinto
de sutiles combinaciones.
Y aunque los sueños del joven
parecen lejanos e inalcanzables,
la ansiedad del triunfo
las ilumina con esperanza.
Sin embargo, esos sueños
igual que el sol en el ocaso,
van agonizando poco a poco
entre sombras amenazantes.
Hasta que un jaque demoledor
apaga sus sueños y agonías,
y sólo le queda inclinar su rey
en un angustioso silencio.
Pero mañana al emerger el sol
habrá un alba tras el ocaso, 
y aquellos sueños de triunfo
volverán a iluminar sus piezas.




Ajedrez y literatura

En la trama blanca y negra
de un minúsculo tablero,
describen ansiosas las piezas
sus sutiles combinaciones.

El ajedrez como la literatura
no tienen limitación alguna,
y sus múltiples contingencias
van más allá de lo racional.

Tal vez, sea una buena manera
para ayudar a saciar la sed,
de ese anhelo mágico y creativo
que inunda de gozo al intelecto.




16/11/11

Homenaje artístico al Ajedrez Jubilado


Video conmemorativo

Nace el Ajedrez Jubilado 
Ha nacido el Ajedrez Jubilado
con solo peones y un rey por lado.
Es una lucha impetuosa y ardiente
donde el rey juega un papel trascendente.
Hasta que con una torre agresora
se logre la posición ganadora.










 







Ver todo relativo a la variante "Ajedrez Jubilado"

Soneto al Ajedrez Jubilado

Son  pocas las piezas de dos colores
que están en el ajedrez jubilado,
solamente hay un rey por cada lado
torres y unos peones agresores.

Sufriendo los jaques acosadores
al final un rey gana alborozado,
pero el gozo en el tablero tramado
son fugases momentos seductores.

También en el devenir de los días,
los hombres son felices al vencer
en sus claras y oscuras biografías.

Mas en la vida deben padecer,
y la duración de sus alegrías
son sólo instantes del acontecer.

15/11/11

Pobres reyes jubilados

¡Pobres reyes jubilados!
Ya en la vejez de su existir
murieron sus damas y viudos quedaron.
Como la jubilación no les alcanzaba
los caballos tuvieron que vender
y los alfiles presurosos se fugaron.

¡Pobres reyes jubilados!
Sólo cuentan con sus fieles peones
esperando la torre prometida.
Y es allá, en el confín del tablero,
donde algún peón la podrá promover
sacrificando valeroso su vida.

La torre alada

En un envite sutil y elocuente 
al rey lo ataca un peón enemigo,
me gritan ¡jaque! y el susto mitigo
para que pueda discernir mi mente.


Si yo tomo el peón es evidente
que la muerte del rey es mi castigo,
pero un peón libre tengo de amigo
y mis ojos ven su avance inminente.

Planteo esa estrategia en la contienda
y encuentro una magnífica jugada
que evade el jaque, sin tomar la ofrenda.

Sigo el hilo de la idea pensada
y avanzo el peón en la libre senda
hasta alcanzar la bella torre alada.


Soneto dedicado al “Ajedrez Jubilado”,
donde la promoción de peón en torre
se convierte en el requisito ilusorio
para obtener el triunfo.