Era el maestro de la escuela de un
pequeño pueblo rural, colindante con un hermoso valle situado entre las colinas,
que vivía allí con su familia y desde muy chico comenzó a practicar el juego de
ajedrez. Sin embargo, si bien lo había apasionado y lo disfrutaba con mucho entusiasmo,
nunca se le dio por estudiar su teoría y adentrarse profundamente en la
infinidad de sus variantes tácticas o estratégicas.
Ya desde muy joven comenzó
a trabajar como maestro, dedicándose a instruir a los niños de la zona en una
pequeña escuela rural. En ese entonces, luego de dictar las clases a los chicos,
se entretenía realizando partidas amistosas de ajedrez en el único bar que
había en el pueblo con los habituales parroquianos que allí concurrían. Pero
después de bastante tiempo de jugar, la
competencia entre los amigos se fue haciendo monótona, porque cada uno conocía
las mañas del otro.
Un día, cuando el
maestro estaba jugando en el bar, se hizo presente el granjero más rico del
pueblo. Ya al verlo de reojo, le causó cierta impresión porque le parecía que
su imagen la había visto en alguna otra parte, pero por más que lo intentó no
podía recordar de donde. Era un hombre pelirrojo, alto y fornido que lucía
costosas botas, sus brazos eran musculosos y tenía grandes manos. Sus ojos
grises parecían siempre estar alertas y por momentos brillaban de malignidad.
Cuando el granjero vio
que el maestro terminó la partida, se presentó estrechando tan fuerte su mano con
la suya, que lo hizo estremecer de dolor. Le dijo que se había enterado por el
barman que él jugaba mucho al ajedrez y que era uno de los mejores del pueblo y le propuso disputar unas partidas porque le apasionaba el juego de
ajedrez y no tenía muchas oportunidades para hacerlo. De modo que sorprendido por
la novedad aceptó contento la invitación para salir de la rutina diaria, aunque
el hombre no le resultaba para nada agradable. Luego que el mozo trajo el
tablero y las piezas, el maestro de la escuela del pueblo se concentró en la partida.
Allí constató que el
granjero jugaba realmente muy bien y la partida le fue resultando favorable
hasta que llegó a una posición ganadora. Finalmente el maestro inclinó su rey y
le tendió la mano al granjero, mientras éste celebraba su victoria con una
sonrisa sobradora. Le dijo que él había pensado en un momento de la partida que
estaba perdido, pero luego ayudado por la mano de Dios se percató de la
brillante combinación con que lo había destrozado. Su voz de barítono resonaba
en el recinto del bar con el brío de un cantor de ópera, mientras le mostraba
su enorme mano.
- Le doy la revancha con
otra partida a ver si tiene más suerte-, le dijo luego. El maestro pensó en negarse,
porque la perspectiva de otra partida de ajedrez con ese hombre soberbio le resultaba
intimidante. Pero consideró que sería una cobardía y aceptó la propuesta a
regañadientes. Decidió que en esa nueva partida se concentraría mucho más, para
ver si de alguna manera podía derrotarlo y destrozar esa aureola de vanidad que
lo envolvía.
Era evidente que el
granjero era un jugador con bastante buena técnica y que se le haría cuesta
arriba llegar a ganarle. Sin embargo, en la nueva partida, con habilidad, el
maestro se las había ingeniado para poner al rey del granjero en una posición
peligrosa y encima le había comido un peón. Se sentía muy contento, porque si seguía jugando sin
cometer errores, podría ganarle por alguna combinación táctica o eventualmente
pasar a un final ganador con el peón de más.
En un momento dado, el
maestro observó que el granjero se rascó la barbilla con su inmensa mano,
dedicando sus ojos grises a la peligrosa tarea de contrarrestar el ataque a su
rey.
- La mano de Dios me
ayudará a encontrar la salida de este atolladero-, le dijo moviendo la enorme mano
sobre el tablero, mientras pensaba la jugada. Al escuchar esas palabras, al
maestro se le hizo la luz en su mente al recordar de donde conocía la imagen
del granjero. Su figura había quedado atrapada en el subconsciente entre los
recuerdos entumecidos de su niñez.
Fue en un verano, cuando
el maestro tenía sólo cinco años de edad y vivía con su familia en ese mismo pueblo.
Una tía residía en ese entonces en la casa con ellos. Era una mujer muy seria y
reservada, bastante regordeta y fanática por las creencias milagrosas. Sólo los
domingos, ella compartía algo de alegría con la familia, cuando se preparaba
para ir a cantar en el coro de la Iglesia del pueblo.
Pero un día, ella cambió
notablemente. Estaban solos en la cocina, y le empezó a hablar de un famoso
predicador que vendría a visitar al pueblo. Lo describía con un entusiasmo tal,
que encendió su imaginación infantil. Le dijo que ese hombre hacía milagros y
vendría al pueblo la próxima semana a bendecir y a salvar a las almas pecadoras.
Entonces, él le suplicó a su tía que lo llevara a verlo, y ella sonriendo, le dijo
que no sólo lo llevaría, sino que además aprovecharía su visita para que le brindara
la bendición.
A la semana siguiente,
cuando partieron caminando para asistir a la reunión del predicador, él estaba
entusiasmado imaginando el suceso conmovedor de ver a un santo del cielo. Pero todo
empezó a intranquilizarlo cuando se dio cuenta que se dirigían a una laguna
cercana que el conocía muy bien y le desagradaba sobremanera. Un día, mientras se
bañaba allí con unos chicos amigos, al divisar en su lecho barroso numerosas culebras,
habían escapado muy asustados.
Cuando llegaron, había cientos
de personas reunidas en la orilla. La mayoría de ellos eran trabajadores de las
granjas de la zona que bailaban y gritaban. Entre esos cuerpos sudorosos
haciendo cabriolas que le tapaban la vista, podía oír una voz potente de
barítono que entonaba salmos y que provenía de la laguna. Su tía inmediatamente
se unió a los cantos, mientras gemía y graciosamente sacudía su obeso cuerpo.
Gritando con todas sus
fuerzas le hizo saber que quería ver al predicador y entonces, un hombre robusto
se le acercó, y a instancias de su tía, lo subió a su hombro. De esa manera, logró
ver al predicador que vestido con una túnica blanca embarrada, entonaba un
salmo metido en la laguna con el agua hasta la cintura. Su pelo rojo era una
masa enmarañada y empapada y con sus grandes manos, extendidas hacia el cielo,
imploraba al sol del mediodía.
Trató de ver su cara,
pero antes de lograrlo, el hombre que lo había alzado lo volvió a depositar en
medio de los numerosos pies en movimiento y los ondulantes brazos de los fieles
que bailaban frenéticamente. Inmerso en ese revuelo, trató de decirle a su tía que
quería volver a casa, pero ella estaba tan enfervorizada que no lo escuchaba.
El sol quemaba y trató de gritarle, cuando de pronto ella lo tomó firmemente de
la mano y comenzó a arrastrarlo hacia la laguna para la ceremonia de la
bendición, mientras la multitud se hacía a un lado y les abrían el paso.
Cuando llegaron a la
orilla, su tía se detuvo, y él quedó impactado por la escena. El hombre de la
túnica blanca, parado en el río, sostenía con sus grandes manos a una niña.
Recitó unas palabras extrañas antes de sumergirla rápidamente en el agua, la
mantuvo allí durante bastante tiempo y luego la sacó con la cara casi morada,
ya a punto de ahogarse.
Después los grandes brazos
del predicador se extendieron hacia él y quiso escapar, pero ya no había tiempo
para nada. Podía oler su pelo rojo mojado, mientras sentía que las enormes manos
del predicador lo impulsaban hacia abajo, sumergiéndome en el agua lodosa de esa
laguna llena de culebras. Cerró los ojos y los labios para no tomar esa agua y
luego de un tiempo sin respirar que le pareció un siglo, esas grandes manos lo
alzaron nuevamente hacia la luz solar.
Estaba completamente
sofocado y trató de respirar con la boca abierta, luchando para llenar sus
pulmones de oxígeno. Respiraba agitadamente y el corazón le saltaba en el
pecho. Cuando abrió los ojos, se encontró con la cara del predicador y sus ojos
grises, emitiendo un fulgor maníaco. Entonces le cubrió toda su pequeña cara
con su mano y le dijo que había recibido en su alma la bendición de la mano de
Dios.
De pronto, escuchó una
risa fuerte y la voz potente del granjero que le decía alzando el caballo con
su gran mano: "¡Jaque mate!". Entonces, en su mente el rostro del predicador
que estaba retirando su mano de su cara, fue reemplazado por un rostro
virtualmente idéntico del granjero.
De modo que había sido muchos
años atrás, donde había visto por primera vez al granjero o por lo menos a su
contraparte, el predicador. Ambos hombres eran pelirrojos y con sus grandes
manos, su voz potente, y sus ojos grises enfervorizados, creían que el destino
estaba signado por la mano de Dios, que
no era otra que sus propias manos. Entonces, el maestro estrechó esa enorme
mano y le dijo que se había distraído inmerso en sus pensamientos, mientras su
ritmo cardíaco empezaba lentamente a normalizarse y la conciencia de la
realidad, lo iba devolviendo nuevamente a ese tiempo presente.
Durante algunos meses el
maestro de la escuela estuvo muy depresivo, dejó de jugar al ajedrez y no volvió al bar. En
ese tiempo mientras dormía siempre le surgía la mano de Dios. A veces el
granjero entraba a sus sueños, con sus ojos grises, gritándome con su gran mano
extendida “¡Jaque mate!”. Pero de vez en cuando le aparecía el predicador, ataviado
con su túnica blanca embarrada, que con sus grandes manos lo sumergía en el
agua, asfixiándolo en aquella laguna lodosa llena de culebras.