A fines del siglo pasado estaba
disputando la partida definitoria de un torneo internacional de ajedrez por
correspondencia, con un rival de un país vecino. En aquella época, los
movimientos de las partidas, eran comunicados mediante una tarjeta postal
diseñada especialmente para ello, estipulándose el tiempo de juego en días por jugada
realizada.
En esa modalidad ajedrecística, yo podía analizar
cada movimiento sin la presencia de mi contrario esperando que juegue, sin el
agobiante tic-tac del reloj y en la completa tranquilidad de mi hogar. De esa
manera, podía contar con un registro de las ideas o variantes y consultar
libros u otros materiales escritos. En esa época no existían los ordenadores. Lógicamente,
la duración de las partidas se extendía notablemente en el tiempo y esa contienda
ya casi llevaba un año.
Estaba definiendo la última
partida del torneo donde empatábamos el primer puesto, luego de una ardua lucha
con los otros rivales. Se había desarrollado una disputa larga y encarnizada,
pero ya estábamos en la fase final. Con negras a la salida natural del peón rey
de mi adversario respondí con igual respuesta y a la jugada natural de salida
del caballo del rey a tres alfil, contesté con una jugada similar. De esa
forma, entré en una defensa Petroff del cual era un experto y contaba con
muchísima bibliografía y el antecedente de una cantidad enorme de partidas
realizadas en torneos donde se había empleado esa variante.
Luego de la apertura había efectuado
una rápida movilización de mis fuerzas y una correcta disposición de los peones,
a fin de conquistar el centro del tablero. La lucha en el medio juego fue intensa,
no exenta de belleza con maniobras ingeniosas e inteligentes y ahora habíamos
entrado en un final muy complejo. La jugada que debía realizar me llevaría bastante
tiempo de análisis, porque intuía que podía ser la que definiera esa
partida trascendental.
La búsqueda de las variantes adecuadas, me hacían desvariar y encontrarme ausente del mundo que me rodeaba. Sentía una opresiva y
tortuosa sensación, y no podía evitar la impresión de ser
perseguido por una infinidad de fantasmas invisibles que incansablemente me rondaban,
acechaban y perturbaban sin darme tregua. Esa posición aparecía en mi
mente en cualquier parte, en cualquier momento, en las noches, mientras estaba
en la oficina o cuando hacía las cosas de todos los días.
“¿Me estaré
volviendo loco?”, me preguntaba. Después de todo, la locura debía ser algo
parecido, porque mi mente vagaba libre, inalcanzable, lejos de las limitadas
fronteras de lo material, tratando denodadamente de hallar la contestación exacta
de esa partida. Mas la jugada salvadora no aparecía y el fin del día estipulado
para hacerla ya estaba por vencer.
Pero en ese anochecer, cuando estaba
sentado en el ómnibus para retornar a mi casa desde la oficina, un relámpago
estalló dentro de mi cabeza. La certeza de lo que debía hacer me sacudió con
vigor, despertándome de ese estado en que permanentemente me encontraba. Era mi
última oportunidad.
Cuando llegué a mi casa
corrí desesperado a mi habitación y me paré frente al escritorio sobre el cual estaba el juego de ajedrez. Arrimé la silla y me senté. Ubiqué
las piezas con manos temblorosas en la posición de la partida y esperé en una
intensa súplica, con mis dedos reposando sobre el expectante tablero. La jugada
decisiva aparecía allí frente a mi vista y ya al hacerla quedé inmóvil y agotado.
Un creciente cosquilleo me
anunciaba que la incontenible marea se estaba aproximando. Lentamente primero,
desenfrenadamente después, las numerosas combinaciones se desarrollaron sobre el tablero Las sombras chinescas de las piezas se
proyectaban en una danza sin fin, brotando alternativas y variantes que habían
estado ocultas y que fueron cobrando vida, escapándose del oscuro encierro de
mi mente. Me parecía una eternidad el tiempo que había luchado por conseguir esa
ansiada respuesta. Pero el momento tan esperado había llegado por fin.
Aparté las manos del tablero y me
sequé la frente húmeda. Sentía un alivio indescriptible, porque había logrado
la respuesta perfecta a esa posición tan
compleja. Decidí entonces volver a
estudiar la jugada con gran cuidado, para ver si había tenido en cuenta el más mínimo
detalle. Empecé
a repasar todo una y otra vez, y en un momento dado
estaba tan eufórico, que sentía como si esos análisis fuesen conducidos por la mano invisible
del mismo Capablanca. Comprendí finalmente que
había logrado con esa jugada, un final muy promisorio y prometedor.
Luego de enviar la tarjeta
postal, la espera de mi adversario comenzó a carcomerme el alma, porque el tiempo siempre fue para mí una obsesión desde muy pequeño.
Había tratado de olvidar la partida, pensando en otras cosas o sumergiéndome en
el trabajo rutinario de la oficina, pero no lo había conseguido. Me preguntaba que pensaría mi rival de esa jugada, que significado
tendría para él y que emociones pasarían por su espíritu, cuando transitara
silenciosamente el estudio de la respuesta signada en mi tarjeta postal.
En la soledad de mi vida, quería
descansar mi mente, pero no lo lograba. Las noches estaban plagadas de figuras
de ajedrez que me privaban del necesario bálsamo del sueño, transformando ese
tiempo en un sinfín de escaques de pesadilla. Muchas veces me despertaba en la
madrugada bañado en un sudor frío, victima de esos pensamientos. Pasaban los
días y estaba desesperado, con mi cabeza
dando vueltas. Lo que más quería en este mundo era recibir esa tarjeta de
respuesta.
El tiempo pasaba y como la tardanza comenzaba a
hacerse larga, el plazo estipulado para la contestación ya estaba por
vencer. Sabía que mi rival no abandonaría la partida tan fácilmente, ya que la perseverancia en el
análisis era uno de sus atributos más fuertes. Finalmente el día límite que debería recibir
la respuesta había llegado. Al mirar el reloj después de despertarme, consideré
que era temprano y que todavía faltaba algún tiempo para que arribara el cartero.
Eran las diez de la mañana cuando el hombre por fin vino a casa, trayendo la ansiada tarjeta.
Al entregármela traté de ojear la jugada pero no lo
hice. Súbitamente comencé a sentir esa particular y ominosa sensación
paralizante que produce el miedo a lo desconocido y el temor me fue invadiendo
progresivamente. Cuando entré en mi casa y me decidí a ver la jugada, me sentí
desconcertado, aturdido y sin reacción. El tiempo transcurría mirándola, pero mi
mente se negaba a asimilarla. La impotencia me sacudía el pecho con una angustia
que amenazaba mi cordura, mientras sostenía la tarjeta con los dedos,
contemplándola una y otra vez.
Como hipnotizado por la incredulidad, me dirigí hacia la habitación donde tenía el ajedrez, caminando lentamente como un autómata. Mientras los
ojos se me iban llenando de lágrimas, todo a mi alrededor se fue volviendo borroso e
irreal. Lo que tenía en la mano era la jugada decisiva y trascendental, tan
bella e irreal que no la había previsto y en esa tarjeta postal estaba la
prueba irrefutable de mi derrota, que luego constataría fehacientemente con las piezas sobre el tablero.
Tarjeta postal de ajedrez