El
padre tomaba café en una mesa del bar cuando vio, a través del
espejo del mostrador, entrar a su hijo. El joven llegó con el pelo
empapado por la lluvia torrencial, tiritando y chapoteando. El hombre
estaba seguro de que el muchacho ignoraba su parentesco.
El
hijo se acercó y, con dedos crispados por el frío, le tocó
suavemente el hombro. —Hola —dijo con voz entrecortada. Tras
pedir al barman un café y el reloj de ajedrez, lo invitó a sentarse
para jugar una partida, comentando apenas la inclemencia del tiempo.
Él también estaba convencido de que su padre no sabía que era su
hijo.
Como
cada vez que se encontraban en aquel bar, el silencio se imponía
entre las piezas. Ninguno encontraba las palabras; el secreto les
anudaba la garganta y preferían disputar la partida con una pasión
muda. Al terminar, el hijo se limitó a un escueto «adiós».
Antes
de salir, el joven buscó en el reflejo del espejo el rostro abatido
y barbudo de su padre, cuya frente surcada de arrugas permanecía
fija en las piezas dispersas sobre el tablero. Al mismo tiempo, el
padre divisaba la figura apesadumbrada de su hijo perdiéndose bajo
la intensidad de la lluvia.
Finalista
X Concurso de Cuentos breves. Embrujados.
Incluido
en el libro: Secretos.
Creatividad
Literaria. España. Diciembre 2025.